Los latidos que nos quedan 46. Rota
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46. Rota

«Cuando la confianza se rompe, solo un gran acto de amor puede repararla».

La única vez que me sentí así de mal fue después de mi accidente, cuando comprendí que tal vez jamás volvería a bailar.

Así de pesada era la sensación que ahora arremetía contra mí, y fui incapaz de soportarla.

Acababa de descubrir dos verdades dolorosas: la primera, que Matt me había mentido acerca de la madre de Holly, que no había confiado en mí lo suficiente como para decirme la verdad; y la segunda, que tal vez se había jactado ante esa mujer cuando aún estaban juntos, de cómo me había hecho la vida imposible durante nuestro tiempo en la escuela.

¿Acaso todo había sido solo otra forma de burlarse de mí?

Matt acababa de reconocer que esa mujer era la madre de Holly, la que supuestamente estaba muerta. Eso me destrozó.

Durante unos segundos no fui capaz de decir nada. Solo lo miré, intentando comprender cómo era posible que la verdad hubiera estado ahí todo el tiempo y yo no la viera.

―¿Por qué? ―pregunté con la voz quebrada―. ¿Por qué me mentiste?

Matt dio un paso hacia mí.

―Paige, escúchame…

―No ―lo interrumpí―. Primero respóndeme eso. ¿Por qué?

Se quedó en silencio un instante, y luego se aflojó el cuello de la camisa.

Era como si toda la situación lo asfixiara, lo desbordara tanto como a mí.

En ningún momento le quité los ojos de encima.

Quería asegurarme de que me estuviera diciendo la verdad, porque en esos momentos, donde todo estaba patas arriba en mi vida, era incapaz de soportar una mentira más.

―Porque no podía decirlo ―respondió al fin―.

Allison abandonó a Holly. No podía decirle a mi hija que su madre se marchó porque no quería esa responsabilidad, porque no la quería.

Así que decidí que era menos doloroso que estuviera muerta para ella.

De igual modo, no la recuerda. Era demasiado pequeña cuando se largó.

Sentí que algo dentro de mí se apretaba.

―¿La abandonó? ―pregunté, y Matt asintió, cansado.

―Cuando Holly nació, Allison ya no quería estar con ella.

Estaba… enferma, Paige. Tenía problemas muy graves con la comida, con su cuerpo, con todo.

Pasó por clínicas psiquiátricas, intentando adaptarse a los cambios que el embarazo había dejado en su cuerpo y en su mente, pero nada resultó.

Nuestra relación ya estaba mal desde hacía tiempo, y terminó de arruinarse cuando Holly nació.

Me dijo que no podía con eso, que la niña la hacía sentir atrapada.

Las palabras me golpearon con fuerza.

―Entonces renunció a su hija ―murmuré.

―Sí. Firmó papeles, se fue y no volvió a aparecer. Para mí ella está muerta y me niego a decirle a Holly la verdad ―dijo con la voz endurecida.

El silencio entre nosotros se volvió pesado. Por un momento quise comprenderlo. De verdad quise hacerlo, pero el dolor seguía ahí, recordándome que no podía confiar en él.

―Dijo que era tu esposa.

―Mi exesposa ―corrigió―. Tengo los papeles que lo prueban ―me dijo en un tono de voz que rayaba la desesperación.

―¿Le contaste las cosas que me habías hecho en el pasado para reírte de mí? Porque me dio la impresión de que así fue ―aseguré.

―No, Paige. Las cosas no fueron así ―se defendió, dolido―. Le dije cuánto me pesaba haberte lastimado. Solo me desahogué con ella en una noche de borrachera, es todo.

―¿Cómo puedo saberlo? ―exploté finalmente―. ¿Cómo puedo saber qué es verdad y qué no?

Matt se acercó un poco más.

―Porque te amo, porque eres la mujer de mi vida, porque solo tú conoces lo que hay en mi corazón ―dijo, tomando mis manos y aferrándose a ellas como si de ello dependiera su cordura.

Negué con la cabeza.

―Quiero creerte, Matt ―sollocé con la garganta cerrada y los ojos llenos de lágrimas―. De verdad quiero hacerlo, pero ahora mismo no puedo.

El dolor en su rostro fue evidente.

―Paige… ―rogó―, no lo hagas.

―Tengo a mi mejor amigo luchando por su vida en un hospital ―continué―. No tengo fuerzas para más mentiras ni más problemas. Necesito paz. Necesito confiar en la gente que tengo cerca, y ahora mismo no confío en ti.

Lo miré con tristeza y noté que también estaba roto, que cada palabra mía era una daga en su corazón.

Matt cerró los ojos al tiempo que tomaba mis mejillas con ambas manos y pegaba su frente a la mía.

―Solo dame tiempo para solucionarlo todo, amor. No dejaré que Allison destruya lo que tenemos.

―Matt, ¿acaso no entiendes que esto es por ti? Te amo demasiado como para estar contigo. Prometiste que jamás ibas a lastimarme de manera intencional, y esta mentira ha destrozado mi corazón.

―No, mi amor. No me dejes. Lo arreglaré todo. Lo prometo ―pidió, desesperado.

Tenía ganas de abrazarlo, de decirle que me quedaría junto a él para siempre, pero no podía. Tenía miedo y estaba demasiado dolida.

―No ahora, Matt ―dije, negando suavemente con la cabeza―. Quiero que te vayas ―pedí.

Matt se quedó inmóvil.

―Paige, te amo. No hagas esto.

―Si me amaras, me lo habrías confiado, Matt.

―Iba a decírtelo cuando supe que había regresado, pero estaba esperando el mejor momento para hacerlo. Te estaba protegiendo de ella, Paige. Ha estado acosándote con llamadas y también a mí. No está bien de la cabeza, amor. Tienes que creerme.

―Por favor. Necesito estar sola.

Durante unos segundos pensé que insistiría, pero no lo hizo. Se quedó mirándome como si quisiera decir algo más, algo importante, pero finalmente asintió.

―Te demostraré que te amo y que lo único que importa eres tú, aunque ahora no quieras creerlo ―susurró.

Me dio un beso sentido en los labios que no correspondí, y después se dirigió hacia la puerta. Antes de salir se detuvo un instante y observé sus hombros pesados, alicaídos. Se giró, me miró apesadumbrado y luego se marchó.

Y cuando la puerta se cerró detrás de él, me dejé caer al suelo y lloré, abrazada por una profunda tristeza y desazón. Ese día me había roto como una bailarina de cristal.