45. La peor de las mentiras
«La verdad no siempre libera; a veces solo rompe aquello que creíamos seguro».
Carter seguía hospitalizado y prácticamente todos nuestros familiares y amigos se habían sometido a la prueba de compatibilidad para donarle médula.
Matt fue uno de los primeros en hacerlo, y lo amé aún más por ese gesto.
Era miércoles y yo ya había retomado las clases en la academia, por petición e insistencia de Carter, y me encontraba mucho más estable emocionalmente que tres días atrás.
El apoyo de Matt había sido fundamental.
Por otra parte, recibí la buena noticia de que mi casa ya se había vendido, lo que me permitió cerrar de manera definitiva ese capítulo de mi vida.
Matt parecía más preocupado de lo normal, pero yo lo atribuía a que con todo esto que estaba pasando con Carter se habían despertado recuerdos dolorosos de la pérdida de su hermano Marcus.
Luego de hacerse la prueba de compatibilidad, tuvo que ausentarse unos días para revisar unos asuntos de la empresa, pero me había avisado que llegaría ese mismo día. Estaba ansiosa por verlo.
Finalicé de organizar el calendario semanal en la academia y después me fui a mi salón.
Las niñas ya me estaban esperando. Mientras comenzaba la clase, me llamó la atención la presencia de una mujer sentada al fondo junto a algunos padres.
Su rostro me resultaba extrañamente familiar.
Durante un momento no logré ubicarla, hasta que lo recordé.
Era la mujer del teatro; la misma que había recogido la pulsera de Holly.
Aquello me pareció curioso, pero no le di demasiada importancia y continué con la clase.
Cuando terminamos, las niñas comenzaron a recoger sus cosas. Holly fue una de las últimas en quedarse cerca de mí, guardando sus zapatillas en su mochila. Fue entonces cuando la mujer se levantó de su asiento y caminó hacia nosotras, sonriendo.
―Hola ―dijo con naturalidad―. Vine a buscar a Holly.
La miré con sorpresa.
―¿Perdón?
―¡Oh!, veo que no te informó. Soy de la familia ―explicó con calma―. Matt me pidió que pasara por ella hoy. ¿No te lo dijo?
Algo en su forma de decirlo me incomodó.
―Lo siento, pero Matt no me ha avisado nada ―respondí con educación―. Si quiere que alguien retire a Holly, siempre me lo comunica antes.
La sonrisa de la mujer se tensó apenas.
―Bueno, seguramente olvidó decírtelo ―insistió―. No hay problema, yo me la llevaré.
Negué con la cabeza.
―Lo lamento, pero no puedo permitirlo ―contesté, y su expresión se endureció.
La dulzura desapareció de su rostro y me miró con agudeza, como midiéndome.
―Escucha ―dijo con un tono más firme―. No puedes negarte. No tienes derecho.
Un escalofrío me recorrió la espalda, y Holly se ubicó detrás de mí, atemorizada. Me giré hacia ella y me agaché hasta quedar a su altura.
―Cariño, ¿puedes ir un momento a mi oficina? Guarda tus cosas ahí y espérame, ¿sí? Voy enseguida.
La niña asintió un poco confundida, pero obedeció y caminó hacia el pasillo. Esperé a que desapareciera antes de volver a mirar a la mujer.
―Lo siento ―repetí―. Pero sin la autorización de Matt no puedo dejar que te la lleves. ¿Quién eres tú?
Ella cruzó los brazos.
―Te estoy diciendo que soy de la familia de Matt.
―Eso no cambia nada ―me envaré.
La tensión comenzó a crecer entre nosotras cuando ella dio un paso hacia mí.
―¿No sabes con quién estás hablando? ―me increpó.
―Lo que sé es que Matt no me avisó nada y eso es lo único que importa.
―No, tú no entiendes ―respondió, manteniéndose firme―. Me la voy a llevar porque Holly es mi hija.
Por un momento me fue imposible pensar. El aire desapareció de mis pulmones y el mundo se detuvo frente a mis ojos.
―Eso… eso es imposible ―logré decir―. La madre de Holly está muerta ―murmuré, recordando lo que Matt me había contado.
La mujer soltó una pequeña carcajada sin humor.
―Eso es lo que él te dijo. Soy Allison Lancaster, la esposa de Matt ―confesó con la expresión de quien se deleita dando una mala noticia, y el suelo pareció moverse bajo mis pies―. Soy la madre de Holly.
Justo en ese momento se abrió la puerta del salón y Matt apareció en el umbral, evidentemente alterado. Su mirada pasó de mí a la mujer y sus facciones se endurecieron. Era como si acabara de comprender lo que estaba ocurriendo.
―¿Se puede saber qué haces tú aquí? ―espetó Matt, tomando a la mujer por el brazo para girarla con brusquedad.
Ella alzó el mentón, desafiante y, luego de zafarse, lo acribilló con los ojos.
―¿No es evidente? He venido por mi hija.
―No es tu hija. ¡Lárgate!
La mujer no pareció intimidarse en lo más mínimo. Por el contrario, sus labios se curvaron en una sonrisa provocadora.
―Tranquilo ―dijo con una calma que resultaba irritante―. No hace falta ponerse así.
―Te dije que no volvieras a acercarte a nosotros.
Ella me miró de arriba abajo y después volvió a centrar su atención en él.
―¿No es esta la mujer con la que te divertías en la escuela? Sí, es ella. La bailarina de la que te reías ―comentó con intención de hacerme daño, y lo había conseguido.
Matt palideció y yo fui incapaz de esconder el dolor que me causó que ella tuviera esa información.
¿Acaso había hablado con ella acerca de mí?
Si eso era cierto, entonces era muy probable que esta mujer no estuviera mintiendo respecto a su identidad.
Pero ¿por qué Matt me había mentido sobre ella?
¿Acaso lo hizo para conseguir un cupo para su hija en la escuela?
Mi pecho se apretó dolorosamente y el aire comenzó a faltarme.
Matt me miró, negando con la cabeza, intuyendo mis pensamientos. Luego la miró a ella y endureció la voz cuando le habló, haciéndola sonar mucho más amenazante.
―Deja de decir estupideces, y no tienes ningún derecho de estar aquí.
―No son estupideces. ¿Acaso no recuerdas lo que me decías? Te encantaba molestarla porque la odiabas. Le hacías bromas y te reías a su costa ―prosiguió ella mientras yo palidecía cada vez más.
―¡Ya basta! ―gritó Matt―. ¡Las cosas no fueron así! ¡Lárgate de aquí!
―No me iré hasta hablar con Holly. Quiero que conozca a su madre.
―No vas a verla, y ella no es tu hija. ¡Es mía! ―rugió.
―No puedes impedirlo para siempre ―insistió ella, irritada.
―Pruébame ―amenazó Matt.
La mujer avanzó hacia la puerta, furiosa, no sin antes destinarnos una mirada de desprecio.
―Esto no se quedará así ―amenazó―. Recuerda que mi padre también es abogado.
Desapareció por la puerta, dejándonos sumidos en un silencio tenso que volvía el aire irrespirable. Matt dio dos pasos hacia mí, pero yo retrocedí, dolida.
―¿Quién es esa mujer? ―pregunté con la voz temblorosa―. ¿Por qué dijo que Holly es su hija?
Matt se pasó una mano por la barbilla, evitando mirarme.
―No le hagas caso, Paige. No sabe lo que dice.
Negué con la cabeza. Algo dentro de mí se resistía a aceptar esa respuesta.
―No ―insistí―. Dime la verdad.
Matt guardó silencio y apretó los labios. Ese silencio y ese gesto me helaron la sangre.
―Matt… ―susurré, sintiendo que el corazón me latía con agonía en el pecho―. ¿Ella es realmente la madre de Holly?
Se pasó la mano por el pelo en un gesto de frustración. Finalmente, levantó la mirada hacia mí.
―Sí ―admitió.
Y en ese instante el mundo se desmoronó bajo mis pies.