Los latidos que nos quedan 44. Noticias inquietantes
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44. Noticias inquietantes

«Hay batallas que solo pueden librarse con esperanza».

La ambulancia había llegado casi de inmediato.

Todo ocurrió demasiado rápido y, al mismo tiempo, con una lentitud insoportable.

Apenas recuerdo quién me apartó para que los paramédicos pudieran acercarse a Carter.

Solo recuerdo su cuerpo inerte bajo las luces y el miedo aterrador que me envolvió cuando lo vi inmóvil en el suelo.

―Déjenos espacio, por favor ―me pidió un paramédico.

Se arrodilló junto a él mientras otro preparaba el equipo. Vi cómo le colocaban una mascarilla de oxígeno y le tomaban el pulso.

―¿Respira? ―preguntó su compañero.

―Sí, aunque su pulso es débil ―respondió el otro.

Matt me abrazó con fuerza. Su rostro estaba pálido, perdido quizás en algún recuerdo. Los padres de Carter permanecían a un lado, desesperados por un poco de información.

―¿Está bien mi hijo? ―preguntó Catherine con la voz quebrada, intentando acercarse mientras los paramédicos trabajaban alrededor de mi amigo.

Nadie respondió de inmediato. Los paramédicos se movían con rapidez, revisando signos vitales, ajustando la mascarilla de oxígeno y preparando el monitor. Durante unos segundos pareció que la pregunta había quedado suspendida en el aire. Finalmente, uno de ellos se compadeció y dijo:

―Señora, está con pulso y respirando.

Me estremecí. Jamás había visto a mi amigo tan desvalido y la sola idea de que pudiera morir hizo que me largara a llorar contra el pecho de Matt.

―Estoy aquí, amor ―me susurró Matt, sin dejar de abrazarme.

Asentí sin poder responder. Tenía la garganta cerrada y el miedo adherido a la piel. En cuestión de segundos lo colocaron en una camilla y comenzaron a moverlo hacia la salida trasera del teatro.

―Carter… ―gemí cuando se lo llevaron con las sirenas encendidas.

De repente fui consciente del murmullo que me rodeaba.

Holly estaba de pie, un poco más atrás de Matt.

Parecía que había llorado y le hice un gesto para que tomara mi mano.

De inmediato se acercó. Mis padres permanecían a unos cuantos metros de distancia, observándome con evidente preocupación.

Supe que mi madre quería acercarse, pero se contenía porque Matt estaba conmigo.

Aun así, parecía sorprendida por la forma en que él me trataba, aunque intentaba disimularlo.

Ese día comenzó la pesadilla.

∞∞∞

Durante los días en que Carter estuvo hospitalizado, Matt permaneció a mi lado sin decir mucho.

De vez en cuando apoyaba una mano en mi espalda para reconfortarme o me acercaba un vaso de agua que yo olvidaba beber.

Tanto mi familia como la de Carter pasaban el día en el hospital, sumidos en un silencio ominoso, esperando noticias favorables, aunque era imposible no pensar que las cosas podrían no salir tan bien como deseábamos.

Carter permanecía la mayor parte del tiempo dormido o demasiado débil para hablar.

Cuando despertaba, intentaba bromear como siempre, restándole importancia a todo, pero su sonrisa ya no tenía la misma fuerza.

―¿Y Arabesque? ―me preguntó al día siguiente cuando despertó.

―No te preocupes. Holly se está haciendo cargo de tu gato ―lo tranquilicé, tomando su mano y acariciando su piel con el pulgar.

―Paige… si algún día no puedo volver a bailar, quiero que recuerdes esto: nadie ha sido más perfecta que tú.

Tragué saliva para contener las lágrimas y respondí, fingiendo estar molesta con él.

―Déjate de estupideces y no te despidas. Estoy esperando que te sientas mejor para matarte yo misma ―lo amenacé.

―Trato hecho. Pero cuando eso pase, procura hacerlo después de otra función. No quiero irme sin volver a bailar contigo.

Aunque quiso bromear a mi costa, estallé en un llanto desgarrador y me abracé contra su pecho.

―No me dejes… ―le rogué entre sollozos―. No puedes dejarme, Carter.

De solo pensarlo, el mundo se desmoronaba a mis pies. La idea de perderlo me resultaba insoportable, tan horrible como si me arrancaran una parte del alma.

―No me iré a ninguna parte, cariño. Esto es solo un bache en el camino. No me iré, lo prometo ―susurró con ternura.

―Si tú te vas… yo también me moriré ―dije con la voz rota, aferrándome a él con más fuerza, como si mi vida dependiera de ello―. Promete que te quedarás.

―Lo prometo ―susurró.

Yo pasaba las horas sentada junto a su cama, observando el ritmo de las máquinas o vigilando el movimiento de su pecho en cada respiración. Comía mal, dormía poco y había suspendido todas mis clases en la academia.

Tres días después, el médico pidió hablar con nosotros. Nos reunimos en una pequeña sala del hospital. Estaban los padres de Carter, mis padres, Matt y yo. El doctor cerró la puerta detrás de él y tomó asiento frente a nosotros. Por su expresión, supe que no tenía buenas noticias.

―Hemos revisado los resultados de los exámenes de Carter ―dijo con suavidad―. Lamentablemente, el tratamiento que estaba recibiendo ya no está funcionando como esperábamos.

El estómago se me apretó al escucharlo.

―¿Qué significa eso? ―preguntó Catherine.

―Bueno, algunos tipos de leucemia pueden volverse resistentes al tratamiento. ―El médico entrelazó las manos sobre la mesa―. Sin embargo, todavía existen opciones. En este momento la mejor alternativa es realizar un trasplante de médula ósea.

A pesar de que el panorama era desalentador, un rayo de esperanza atravesó mi pecho. Un trasplante era mejor que nada.

―Necesitamos encontrar un donante compatible lo antes posible ―continuó el doctor―. Puede ser un familiar o alguien que comparta suficientes características genéticas con Carter. Cuanto antes iniciemos la búsqueda, mayores serán las posibilidades.

―¿Quiénes pueden hacerse ese examen? ―pregunté.

―Cualquier persona cercana que esté dispuesta ―respondió el médico―. Normalmente comenzamos con familiares directos, porque las probabilidades de compatibilidad son mayores, pero también pueden participar amigos o conocidos. A veces encontramos coincidencias inesperadas.

―¿Cuánto se demoran los resultados? ―preguntó el padre de Carter.

―Generalmente entre dos y cinco días ―explicó el médico―. Tomaremos muestras de sangre y las enviaremos para el análisis. Si encontramos un donante compatible, podremos iniciar el proceso de preparación para el trasplante.

Sentí cómo el peso de aquellas palabras caía sobre nosotros. Dos a cinco días en los que era muy probable no recibir noticias favorables. Dos a cinco días en los que la vida de mi amigo podía escaparse entre sus manos. Dos a cinco días. Era poco tiempo y, al mismo tiempo, una eternidad.

El médico se puso de pie.

―Si están de acuerdo, podemos comenzar hoy mismo con las pruebas.

En cuestión de segundos, todos parecíamos estar tomando la misma decisión: evaluarnos. Si existía la más mínima posibilidad de salvarlo, ninguno de nosotros pensaba quedarse de brazos cruzados.

La reunión terminó poco después y salí de la sala con las piernas temblorosas.

Envié un mensaje a todas nuestras amistades para pedir que se realizaran las pruebas de compatibilidad y después regresé a la habitación de mi amigo.

Mientras avanzaba por el pasillo del hospital, la sensación de tener el pecho oprimido parecía haberse aligerado y un destello de esperanza se abrió camino en mi interior, permitiéndome respirar.

La vida de Carter dependía de encontrar un donante compatible y no pensaba detenerme hasta lograrlo.