Los latidos que nos quedan 43. Bajo las luces del escenario
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43. Bajo las luces del escenario

«Hay instantes en que la esperanza y el miedo se encuentran en el mismo lugar».

Era la primera semana de mayo cuando Carter y yo llegamos al teatro para interpretar Giselle, como tantas veces lo habíamos hecho en el pasado.

Mentiría si no reconociera que estaba nerviosa, pero no solo debido a la tensión propia de la actuación, sino que mis padres y Matt compartirían el mismo espacio físico por algunas horas, y no tenía certeza de que mi madre no perdiera los papeles con él.

―No te preocupes tanto ―me había dicho Carter por la mañana cuando hablamos por teléfono―. Mis padres también estarán, y les he encargado especialmente que mantengan distraídos a los tuyos para que no ocurra ningún desliz, por decirlo de alguna manera.

Me tranquilizaba el hecho de que Holly también estuviera ahí. Ni siquiera mi madre podría resistirse a esa niña, por muy hija de Matt que fuera.

Mientras me preparaba en los vestidores del teatro en los minutos previos a comenzar, recibí un mensaje de Matt.

«Todo va a estar bien, amor. Si tu madre me mira feo, fingiré que soy parte de la escenografía».

No pude evitar soltar una carcajada cuando lo leí. Después me envió una foto donde aparecía haciendo una mueca divertida, sentado junto a Holly. A unos cuantos asientos de distancia se veía a mi madre junto a los padres de Carter, ignorándolo por completo.

Le envié unos corazones y continué retocando mi maquillaje. Esa noche me sentía especial, brillante, igual que una estrella, y sabía que se debía a él. Amaba tanto a Matt que me asustaba que fuese todo tan perfecto entre nosotros.

La puerta se abrió y Carter, ya listo para salir al escenario, me abrazó y besó la frente.

―¿Estás lista, cariño?

―Sí ―respondí con una sonrisa que no pude contener―. No veo la hora de bailar contigo otra vez.

Carter frotó mis brazos con emoción, tal como hacía cada vez que íbamos a presentarnos. Me encantaba que todo se sintiera igual entre nosotros, a pesar de los años. Fue entonces que noté su palidez y sus ojos más brillantes de lo habitual.

―Oye… ―dije, levantándome de la silla e inclinando un poco la cabeza para observarlo mejor―. Estás más pálido. ¿Te sientes bien?

―Estoy bien, mamá ―respondió entornando los ojos―. Es el maquillaje.

―No es el maquillaje ―insistí, tomándolo del brazo para que no se alejara de mí.

Después, puse mi mano en su mejilla y fruncí el ceño.

―Carter… ¿Estás seguro de que te sientes bien? Te noto la piel caliente ―dije, preocupada.

―Estoy bien ―insistió con suavidad―. No te preocupes por mí. Estaba calentando hace un rato, por eso estoy acalorado.

Me tomó las manos y las apretó con cariño. Quise insistir, pero en ese momento alguien asomó la cabeza por la puerta.

―Cinco minutos.

Carter me guiñó un ojo y besó mis nudillos.

―Vamos. El público nos espera.

―Si me estás mintiendo, yo misma te mataré cuando finalicemos la obra ―amenacé con un dedo acusador.

―Ni se me ocurriría mentirte, Paige. Miedo me das cuando te enojas.

―Es hora ―volvió a gritar alguien.

Abandonamos el vestidor y nos ubicamos en nuestros respectivos lugares en el escenario.

Cuando el telón se abrió y la música comenzó, el teatro apareció ante mí como un espacio lleno de vida, y podía distinguir las siluetas del público ocupando cada asiento del lugar.

Estaba lleno y un cosquilleo nervioso y feliz revoloteó en mi estómago.

Pero bastó que ejecutara el primer giro metiéndome en mi papel, para que todo lo demás desapareciera.

Y por supuesto, bailar con Carter siempre había sido algo especial.

Nos movíamos como si fuéramos uno. Él anticipaba cada gesto, cada giro y cada respiración.

Bailar con él era la expresión perfecta de la armonía, del amor y la amistad.

Era el lenguaje silencioso de nuestras almas.

Que Carter fuera mi pareja de baile era una de las cosas más hermosas que me habían pasado en la vida.

Durante uno de los giros miré hacia el público.

Matt estaba sentado en primera fila, con Holly a su lado.

Incluso desde la distancia, sumidos en una oscuridad parcial, podía notar el brillo en sus ojos mientras me observaba.

Me miraba con una mezcla de orgullo, ternura y amor.

Y por una breve fracción de segundo reconocí en sus ojos al muchacho que me observaba practicar en el gimnasio de la escuela.

Aquella mirada fue como una chispa dentro de mí y me impulsó a darlo todo.

Giré con más fuerza, me elevé con más ligereza, dejé que la música me atravesara por completo. Quería que esa noche fuera perfecta, que él me viera brillar más que nunca y que jamás Matt olvidara que, pese a todo nuestro pasado, era feliz junto a él.

La historia avanzaba sobre el escenario como tantas veces la habíamos contado antes.

Carter y yo, cuando bailábamos Giselle, éramos la representación encarnada del amor, la pérdida, la locura y el duelo.

Pero también este ballet era especial para mí porque representaba el perdón, y me sentí más identificada que nunca con la protagonista.

En uno de los cambios de escena abandonamos el escenario por unos minutos y nos refugiamos tras bambalinas. Desde allí se escuchaba la música mientras el acto continuaba.

Aproveché ese instante para acercarme a Carter.

―¿Cómo te sientes? ―le pregunté en voz baja―. Te noto cansado.

―Estoy bien. Quédate tranquila.

No me convenció. La luz lateral del escenario iluminó su rostro; parecía más ojeroso que nunca y respiraba más rápido, como si todavía no recuperara el aliento luego de bailar. Eso no era propio de él y supe que me estaba mintiendo.

―Carter… ―insistí, tomándolo por el brazo―. Estás agotado. Podemos pedir a Billy que te reemplace.

―Ni hablar ―se negó, mirándome con esa mezcla de cariño y obstinación que conocía demasiado bien―. He bailado esta obra contigo más veces de las que puedo contar, y no voy a dejar que alguien más termine esta función.

―Pero si no te sientes bien…

―Paige ―me interrumpió con suavidad―. Quiero bailar contigo porque es importante para mí hacerlo, ¿de acuerdo?

Sus palabras no lograron tranquilizarme, pero advertí su necesidad por hacer esto, quizás para demostrarse a sí mismo que todavía era capaz de bailar, que aún estaba vivo.

Desde el escenario llegó la señal de entrada y Carter me guiñó un ojo.

―Vamos, cariño. Démoslo todo.

Le sonreí, orgullosa de él, de su fuerza, de su preocupación constante por mí desde el primer día en que nos conocimos. Sin él no habría sobrevivido a ninguna de mis desgracias. Le sonreí, agradecida.

Respiré hondo y tomé su mano.

Llegamos finalmente a la última escena. El cementerio.

No pude evitar estremecerme, porque, aunque era yo la que en la obra había muerto, era él quien lidiaba en la vida real con una enfermedad mortal.

Y mientras Giselle protegía a su amado con su delicada danza, yo lo protegía con mi amor, con mi preocupación por él y con la silenciosa promesa de no soltar su mano, pasara lo que pasara.

Las luces se volvieron más frías y la música adquirió ese tono doloroso que siempre me estremecía.

Carter avanzó hacia la tumba de Giselle y yo lo seguí, envuelta en la tristeza del personaje.

Una tristeza que, en ese momento, era parte de mí.

Sin embargo, mientras bailábamos, algo en él comenzó a inquietarme.

Sus movimientos seguían siendo precisos, pero había algo distinto.

Una ligera pesadez en sus brazos y respiraba con agitación.

Estaba cansado. Muy cansado. Intenté ignorar el impulso natural de pedirle que se detuviera y seguimos bailando.

Carter soportó la coreografía hasta llegar al momento final.

Me acerqué a él lentamente, sosteniendo la flor que debía entregarle.

Mis manos temblaban apenas, aunque no sabía si era por la escena o por aquella inquietud que no lograba hacer a un lado.

Se la entregué. Carter se arrodilló frente a la tumba, tal como marcaba la coreografía, y se quedó mirándome mientras yo desaparecía detrás de ella.

Fue cuando su cuerpo se inclinó hacia adelante hasta que desapareció.

Se desplomó sobre el escenario y yo solo pude escuchar el murmullo inquieto que brotó del público.

―¡Carter! ―grité. El telón comenzó a cerrarse con rapidez mientras yo me arrojaba sobre su cuerpo inerte―. ¡Llamen a una ambulancia!