42. Noticias que sanan
«A veces basta una noticia para que el mundo vuelva a abrirse».
Luego del incidente con James, me había recuperado lo suficiente como para continuar trabajando en la academia sin sentir que alguien iba a matarme en cualquier momento.
A diferencia de otras ocasiones, ahora me refugiaba con mayor frecuencia en casa de Matt.
Necesitaba sentirme segura, y él había insistido en que no me quedara sola en mi apartamento, aludiendo a que no era un lugar seguro para mí.
Concluí que su miedo había sido casi tan grande como el mío, porque, a pesar de que James estaba preso y ya no representaba un peligro, no parecía sentirse seguro si me encontraba a más de cien metros de distancia.
Holly había retomado poco a poco los entrenamientos, aunque procuramos que no forzara demasiado su pie.
Nos enfocamos en que aprendiera la coreografía para el evento de fin de año, así como en mejorar la postura del tronco y los brazos.
Todo el brillo que había perdido en su mirada cuando tuvo el accidente lo había recuperado con creces al volver a bailar. Parecía una estrellita en Navidad.
Ese día íbamos a realizar el primer ensayo general con las alumnas más pequeñas en el teatro, y los padres estaban encantadísimos con la idea de ver a sus niñas en un escenario de verdad. Mientras las niñas se preparaban con evidente ansiedad y entusiasmo, los adultos se acomodaban en los asientos.
Con Holly habíamos llegado antes al teatro. Como Matt en esa oportunidad no la podía acompañar, me había ofrecido hacerme cargo de ella.
―Miss Paige, creo que perdí mi pulsera de corazones ―me dijo la niña cuando se percató de que no la tenía puesta.
Me puse en cuclillas para quedar a su altura y le sonreí.
―Holly, puedes llamarme Paige, ¿de acuerdo? Y no te preocupes por la pulsera, la encontraremos.
Asintió y comenzamos a buscarla en el mismo pasillo por donde habíamos caminado. Entonces la vi tirada en el suelo y, antes de que yo pudiera reaccionar, una mujer que pasaba por allí se agachó para recogerla.
―Esto debe ser tuyo ―le dijo a Holly con una sonrisa amable.
―Sí, gracias ―respondió con timidez.
La mujer le entregó el objeto y se agachó un poco para quedar a su altura.
―¿Bailas ballet? ―preguntó con dulzura.
Holly asintió con entusiasmo.
―Sí. Hoy tenemos ensayo en el teatro.
―Qué maravilloso ―dijo ella, observándola con una expresión que rozaba la adoración―. ¿Te gusta mucho bailar?
―Mucho ―respondió Holly―. Quiero ser bailarina.
La mujer soltó una risa suave. Después se irguió y me miró con agudeza.
―Y tú debes ser su entrenadora ―afirmó y yo asentí.
Era alta, delgada, rubia y con unos ojos azules muy claros y bonitos.
Su mirada era aguda, penetrante, y me observaba con estudiada atención.
Aquello me produjo una leve incomodidad.
Sin embargo, desapareció cuando volvió a mirar a Holly y su expresión recuperó aquella dulzura que había vislumbrado antes en sus ojos.
Le revolvió el cabello con cariño, se despidió con un gesto breve y desapareció por el corredor.
Pocos minutos después, mientras nos encontrábamos en el ensayo, la vi sentada al fondo del teatro observando el escenario en silencio.
Al principio pensé que era familiar de alguna de las niñas, pero no parecía acompañar a ninguna.
Tal vez trabajaba allí. Me pregunté si sería una antigua bailarina a la que no recordaba.
Eso me pasaba con más frecuencia de lo que me gustaba admitir.
Siempre me había costado recordar rostros.
Me encogí de hombros y volví a concentrarme en el ensayo. En ese momento mi teléfono vibró en el bolsillo. Era mi abogado. Contesté esperando alguna actualización del proceso con James, pero su tono fue distinto desde el primer segundo. Estaba contento.
―Paige, tengo buenas noticias ―dijo―. Ganamos el juicio. El juez anuló el documento que James te hizo firmar, así que ya puedes vender la casa sin ningún problema.
―¡Oh, Henry! ¿De verdad? ―pregunté, incapaz de ocultar la emoción.
―Y hay algo más ―añadió―. James finalmente firmó los papeles del divorcio. Eres libre.
Me llevé la mano a la frente y respiré profundo, conteniendo la oleada de adrenalina que me abrazó de pronto.
Por fin el aire volvió a entrar en mis pulmones con normalidad.
Llevaba tanto tiempo con esa sensación de opresión en el pecho por todo este asunto con James que casi había olvidado cómo respirar.
―Estoy… feliz ―dije, emocionada.
―Lo sé. Lo logramos ―agregó con entusiasmo―. Te llamaré más tarde para que revisemos los detalles.
―Gracias, Henry, por todo.
Corté la llamada todavía con el corazón acelerado. Durante unos segundos me quedé mirando el teléfono en mi mano, tratando de asimilar lo que acababa de escuchar. Había ganado el juicio y James había firmado el divorcio. Todo lo que podía sentir era felicidad.
Lo primero que pensé fue en Matt. No veía la hora de darle la noticia.
Imaginé su sonrisa al escucharme y me sorprendí deseando marcharme pronto del teatro para ir a celebrarlo con él, con Carter, con Holly.
Incluso invitaría a mis padres. Sabía que probablemente ellos se negarían a asistir porque Matt estaría presente, pero aun así los llamaría. Tal vez, solo tal vez, aceptarían.
De pronto el futuro dejó de parecer una pared cerrada. Vendería mi casa y dejaría atrás los malos recuerdos para empezar en otro lugar. Por primera vez en mucho tiempo la vida parecía volver a sonreírme.