41. Una amenaza real
«No hay mayor peligro que un alma desesperada».
Debía estar soñando, porque nada de lo que estaba pasando parecía algo real. El hombre con el que alguna vez estuve casada acababa de someterme contra mi voluntad con un cuchillo en el cuello. Podía sentir su desesperación en el temblor de su cuerpo y en la fuerza con la que presionaba mi cabello.
―Aléjate de ella, Carter, o la haré pedazos igual que sus bailarinas de cristal.
Carter alzó las manos para tranquilizarlo.
―Está bien, tú ganas ―dijo, dando un paso hacia atrás―. ¿Quieres dinero? Yo te lo daré, pero déjala ir.
James me sostuvo con fuerza mientras observaba a Carter sacar billetes de su cartera.
―¡Apresúrate! ―exigió.
El metal del cuchillo presionaba mi cuello y apenas me atrevía a respirar.
―Tranquilo ―dijo Carter con voz serena―. Nadie quiere problemas. Toma el dinero y vete.
Carter extendió la mano con los billetes. James me obligó a avanzar un paso con él, arrastrándome.
―¡Déjalos en el suelo! ―ordenó y Carter obedeció.
Mientras James se agachaba despacio y alejaba el cuchillo de mi cuello para recoger el dinero, sin soltarme, escuché un golpe seco detrás de mí, al tiempo que alguien gritaba:
―¡Policía! ¡Manos arriba!
Todo ocurrió en segundos. Lo habían golpeado por detrás. Uno de los policías se abalanzó sobre él por la espalda y lo redujo con fuerza. El cuchillo cayó al suelo y por fin me vi liberada de su agarre.
―¡Suéltenme! ―gritaba James, fuera de sí, mientras trataba de resistirse.
Los policías lo inmovilizaron con rapidez, presionándolo contra el suelo antes de colocarle las esposas. Yo temblaba. Carter me rodeó con los brazos y me apartó unos pasos, protegiéndome.
―Ya todo terminó, cariño. Tranquila ―me susurró―. Todo estará bien ahora.
Pero era tal mi conmoción que no podía dejar de temblar. Uno de los policías se acercó a nosotros para preguntarme si estaba bien. Asentí con los ojos llenos de lágrimas, intentando recuperar el aliento.
Mientras se llevaban a James en una patrulla policial, yo intentaba comprender qué era lo que había pasado con él.
En algún momento de nuestras vidas estuvimos casados, nos quisimos.
Y ahora, todos esos recuerdos se reducían a un hombre esposado en la parte trasera de una patrulla, convertido en alguien a quien apenas reconocía.
Carter sacó su teléfono con una mano y, sin dejar de abrazarme, habló:
―Matt… tienes que venir. Paige te necesita.
No sé si yo había perdido la noción del tiempo o realmente mi novio había llegado en cosa de minutos. Poco después del incidente, Carter me había conducido a mi apartamento y también había preparado té. Sinceramente, prefería un café, pero él se había negado rotundamente.
―Nada de cafeína, cariño. Necesitas tranquilizarte.
Y entonces, cuando había conseguido recuperar en parte la calma, llegó Matt y me rompí igual que un cristal al estrellarse contra el suelo.
―¡Paige! ―exclamó con la voz angustiada, antes de abrazarme con fuerza―. ¿Estás bien, amor?
―No, no estoy bien ―reconocí ante los dos hombres más importantes de mi vida―. Tuve mucho miedo, Matt.
―Shh, tranquila. Él ya no puede hacerte daño ―dijo acariciándome la espalda con seguridad―. Me encargaré de que ese maldito se pudra en la cárcel.
Nos sentamos en el sofá mientras Carter dejaba la taza de té sobre la mesa y después se acomodaba en uno de los taburetes de la cocina.
―¡No entiendo qué es lo que pasa con él! ―exclamé, angustiada―. ¿Por qué me hace daño? ¿Tanto es que me odia que casi me lastima con un cuchillo por dinero?
―Está enfermo, Paige ―dijo Carter mientras se cruzaba de brazos―. No lo digo para justificar lo que hizo, pero alguien que llega a ese punto… no está pensando con claridad. Está desesperado.
Matt soltó una risa seca, cargada de desprecio.
―¿Enfermo? No, Carter. Ese tipo es un maldito lunático. No es la primera vez que irrumpe con violencia contra Paige.
Era irónico que precisamente él fuera tan tajante con James, teniendo en cuenta que también en algún momento de su vida me había agredido, y de manera intencional. Quizás por eso era tan implacable con él, porque lo concebía como algo imperdonable.
Le lancé una mirada agradecida a Matt y noté la ira recorrer cada una de sus venas. Estaba furioso como jamás lo había visto.
―Tiene una adicción ―insistió Carter para apaciguar los ánimos―. El juego puede destruir a una persona. La arrastra hacia el abismo si pierde el control. Desaparece la dignidad y, cuando todo se derrumba, solo queda la desesperación.
Matt negó con la cabeza.
―Es un infeliz ―afirmó con dureza―. Se cree que ella, por aún ser legalmente su esposa, le debe algo, pero no es así. Esto dejó de ser un problema de pareja para convertirse en un delito. Esa basura no va a volver a acercarse a ti.
Su tono era tan frío que me estremecí.
―Tienes razón ―admitió Carter, soltando el aire por la nariz―. James cruzó una línea esta noche.
El sonido de mi teléfono me hizo dar un pequeño respingo. Miré la pantalla apenas un segundo y después lo volteé sin responder.
Matt frunció el ceño.
―¿No vas a contestar?
―No, es un número desconocido. Nadie habla cuando contesto, ni tampoco cuando llamo de vuelta ―expliqué con un encogimiento de hombros, mucho más tranquila que cuando habíamos llegado―. Y cada vez que lo bloqueo, vuelve a llamar desde otro número.
Matt tomó mi teléfono con preocupación y devolvió la llamada. Supe que alguien había contestado por la manera en que se apagó el brillo de sus ojos. Era la mirada de un depredador, listo para atacar a su presa. Era la mirada de quien protege lo suyo con uñas y dientes.
―¿Quién es? ―exigió a su interlocutor.
Su expresión cambió de golpe. Durante unos segundos no dijo nada; se limitó a escuchar. Alcancé a oír una voz al otro lado de la línea, pero no pude entender lo que decía.
―Te estás equivocando ―respondió Matt, antes de cortar.
Se levantó del sillón y se pasó la mano por la cabeza, visiblemente alterado. Miré a Carter y este se encogió de hombros, sin comprender.
―¿Quién era? ―pregunté, movida por la curiosidad.
―Nadie. No hagas caso, bloquearé el contacto ―informó.
Mientras Matt manipulaba mi teléfono para bloquear el número, traté de convencerme de que no tenía importancia. Durante días había creído que aquellas llamadas eran de James intentando intimidarme, para recordarme que aún seguía ahí, acechando. Pero ahora ya no estaba tan segura.
Algo en la reacción de Matt me llamó la atención.
Tal vez solo intentaba protegerme, o quizás no quería añadir una preocupación absurda a mi cabeza.
Aun así, mientras lo observaba en silencio pasearse por la habitación, no pude evitar preguntarme quién estaba realmente al otro lado de esa llamada, y por qué Matt parecía tan decidido a que yo nunca lo averiguara.