Los latidos que nos quedan 40. Te necesito
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40. Te necesito

«El perdón llega cuando el amor es más grande que el dolor».

Pasaron tres semanas en las que mi relación con Carter parecía haberse congelado, y sabía que era por mi culpa.

Me costaba mirarlo a los ojos cuando nos encontrábamos en la academia o cuando debíamos ensayar, porque estaba herida.

Todavía sangraba por dentro por su silencio y no podía quitarme esa horrible sensación del pecho por su traición.

Pronto nos presentaríamos en el mismo teatro donde debutamos por primera vez juntos con la obra Romeo y Julieta, pero nuestra danza en los ensayos ya no fluía ni tampoco parecíamos dos almas enamoradas, sino más bien dos desconocidos que no soportaban la tensión de estar juntos.

Eran las seis de la tarde cuando el ensayo finalizó. Me dirigí a la barra y realicé algunos estiramientos antes de irme a casa.

―¿Cuánto tiempo más vas a ignorarme? ―me preguntó Carter, de pie, con expresión sombría―. ¿No crees que te estás pasando de la raya?

Me giré con rapidez y clavé mis ojos en los suyos con dolor.

―¿Por qué te preocupa eso ahora? Está claro que no me necesitas, que llevas muy bien tu enfermedad sin mí ―dije, dolida.

Se hizo el silencio. Carter bajó la mirada al suelo y después se llevó una mano a la barbilla en un gesto que claramente era de frustración. Seguía teniendo ojeras y parecía agotarse más rápido de lo normal, pero su manera de bailar no dejaba ninguna evidencia de su enfermedad.

―Se lo conté todo a mis padres ―me confesó con dolor.

Lo miré sin ocultar mi sorpresa.

―¿De verdad? ―pregunté y él asintió―. Debió ser difícil.

―Lo fue.

El silencio volvió a abrazarnos, aunque ya no era tan áspero como antes. Di dos pasos hacia él, impulsada por un deseo profundo de abrazarlo, pero me contuve. Seguía luciendo cansado. Sin embargo, también parecía aliviado de poder quitarse de encima el secreto de su enfermedad.

―¿Cómo lo tomaron? ―pregunté con suavidad.

―Casi tan mal como tú ―reconoció, regalándome una dulce sonrisa que calentó mi pecho―.

Lo siento, Paige. Lamento no haberme sincerado contigo.

No te lo merecías. Creía que te estaba protegiendo, pero la verdad es que ahora entiendo que fue lo peor que pude hacer, no solo por ti, sino también por mí. Te necesito.

Bastó escucharlo decir eso para arrojarme a sus brazos y envolverlo incluso con mis piernas. Me aferré a él casi con desesperación, con el miedo retratado en cada poro de mi piel.

―Soy yo la que lo siente por no apoyarte estas semanas, por haberte dejado solo debido a mi orgullo ―me disculpé, rompiendo en un llanto desgarrador―. No puedes dejarme, Carter. Moriría si a ti te pasa algo.

―Tranquila, cariño, que estaré bien. Lo prometo.

Lo besé en la mejilla y tomé distancia para tomar sus manos frías entre las mías.

―Por favor, dime si necesitas algo. Y no vuelvas a ocultarme nada ni a mentirme, ¿de acuerdo? ―rogué.

―Lo prometo.

―Si algún día te duele algo o te sientes mal, prométeme que me lo dirás.

―Me siento mal ahora ―dijo repentinamente serio y me asusté.

―¿Qué sientes? ¿Te duele algo?

―Sí ―afirmó con gravedad―. Tengo un caso grave de falta de abrazos. El tratamiento exige al menos uno cada cinco minutos.

Le di un palmazo amistoso cuando comenzó a bromear a mi costa. Por un momento me asusté de verdad.

―Te vas a aprovechar de mí, ¿verdad? ―dije, simulando estar molesta y cruzándome de brazos.

―No, qué va… Aunque no me vendría nada mal un masaje en los pies. Sospecho que tendrás que ayudarme con eso.

―Solo si primero te los lavas ―bromeé―. Vamos al café de siempre.

Carter me abrazó y caminamos hacia la salida. Me sentía extrañamente feliz por haber recuperado la normalidad en nuestra relación. Nunca habíamos pasado tantos días enojados y la verdad lo extrañaba.

∞∞∞

Carter había insistido en acompañarme hasta mi casa por la noche, luego de que el café se extendiera por horas. Teníamos muchas cosas de qué hablar.

―Me gusta verte contenta, Paige. Te ha hecho bien el amor.

―¿Tan evidente es? ―sonreí―. Voy a tener que aprender a disimular mejor.

Carter pasó un brazo por encima de mis hombros y reacomodó sus pasos para coordinarlos con los míos.

―¿Se lo contaste a tus padres ya?

―Sí, y aún están furiosos conmigo ―reconocí.

―Dales tiempo, Paige ―me dijo con suavidad mientras caminábamos por la vereda casi desierta―. Tus padres están dolidos, pero terminarán comprendiendo que Matt ya no es el mismo.

―No lo sé. Mi madre apenas puede ocultar lo mucho que le molesta que esté con él.

Y mi padre fue todavía más claro. Dijo que yo siempre tendría un lugar en su casa, pero que no se me ocurriera aparecer con Matt.

Sus palabras textuales fueron estas: «¡Ese psicópata no pondrá ni un solo pie aquí! ¿Me escuchaste, Paige?».

Carter guardó silencio unos segundos.

―Están reaccionando desde el miedo, pero cuando vean lo bien que estás con él, dejarán de verlo como una amenaza.

Asentí sin demasiada convicción. Ya estábamos frente a mi edificio y la temperatura había descendido notoriamente.

―Gracias por acompañarme ―le dije, girándome hacia él―. Si necesitas algo, llámame.

―Sí, mamá ―respondió acariciando mi mejilla con suavidad.

De pronto, alguien tiró de mí hacia atrás con brusquedad y me asusté. James estaba allí, de pie, y me miraba como si quisiera matarme. Su mano se aferraba a mi brazo con fuerza. Apestaba a alcohol y se veía desaseado, con una barba de varios días. De inmediato me tensé.

―James, ¿qué… qué haces aquí? ―pregunté, agradecida al menos de estar en un lugar público.

―Vine por mi dinero ―respondió en un tono colérico―. Dámelo todo, ahora.

Le costaba pronunciar las palabras, pero se mantenía firmemente en pie. Carter dio un paso al frente, colocándose entre nosotros.

―Suéltala y vete de aquí ―dijo con calma, aunque su tono no dejaba espacio para discusión.

Pero James no me soltó. Subió la mano hasta mi cabeza y me agarró del pelo, tirándome hacia él con brutalidad. Lancé un grito de dolor y de terror, y entonces sentí el metal frío en mi cuello y supe que, si no le daba lo que quería, iba a matarme.