39. Cristales rotos
«Hay emociones tan frágiles que pueden romperse como el cristal cuando se desbordan».
¿Había escuchado bien? Porque por un momento me sentí como si el tiempo se hubiera detenido y los sonidos hubieran desaparecido. ¿Carter tenía cáncer?
―¿Cómo dices? ―pregunté cuando conseguí hilar la pregunta en mi cabeza.
Carter se me acercó y se sentó a mi lado, repentinamente serio. Había en sus ojos la calma y resignación de alguien que ha aceptado su destino y que ya ha procesado la devastadora noticia.
―Tengo leucemia, Paige, pero estoy bien. De verdad. No tienes que preocuparte por mí.
Tragué saliva mientras por dentro las emociones se debatían entre sí para tomar el primer lugar. La ira y el miedo llevaban la delantera.
―¿Desde cuándo lo sabes? ―pregunté con aparente calma.
Carter suspiró y se pasó una vez más las manos por la cabeza. Ahora, al mirarlo, comprendía muchas cosas, y entre ellas, que yo no era tan importante para él como para que me lo hubiera confiado. Me dolió, y mucho.
―Desde hace algunos meses ―respondió―. Paige, llevo tiempo tratándome y los doctores están muy optimistas. No tienes que preocuparte. Estoy bien.
―¿Desde hace algunos meses? ―repetí, incrédula.
La aparente calma que había intentado sostener de pronto se desmoronó.
Me levanté con rapidez y me llevé la mano a la cabeza.
La ira tomaba ahora la delantera sobre todas las demás emociones que habitaban en mi interior.
El impacto emocional que recibí fue aún más grande que la vez en que vi a Matt entrar a la academia luego de todos esos años sin verlo.
Morí al comprender que podía perder a mi amigo, que quizás estaba muriendo, pero estaba tan decepcionada de su silencio que descargué toda mi frustración contra él.
―¿Desde hace meses, Carter? ―mi voz se elevó sin que pudiera controlarlo―. ¿Y se supone que ahora debo quedarme tranquila porque dices que estás bien?
Carter también se levantó.
―Paige, escucha…
―¡No! ―lo interrumpí, con la garganta cerrándose por el llanto―. ¡Tú escucha! ¿Cómo te atreves a pasar por algo así completamente solo? ¿Cómo pudiste ocultarlo de esta manera?
Carter intentó acercarse, pero di un paso atrás.
―Cariño… por favor.
―¡No te acerques! ―grité, fuera de mí.
Arabesque se asustó tanto que abandonó la habitación de un salto. Carter negó con la cabeza, desesperado.
―No quería preocuparte ni a ti ni a mis padres. Por favor, entiéndelo, cariño. Tú más que nadie has enfrentado situaciones muy difíciles. ¿Cómo iba a cargar sobre tus hombros con la responsabilidad de mi enfermedad?
―¡Porque eso es lo que hacen los amigos! ―grité―. Me mentiste durante meses, a mí ―me golpeé el pecho al hablar―, que soy como tu hermana. Tú eres yo y yo soy tú, ¿recuerdas? ―sollocé sin control.
Mi pecho subía y bajaba con dificultad al ritmo eufórico de mi respiración. Carter se quedó de pie, observándome consternado, arrepentido quizás de haber decidido hacer esto sin mí.
―No quería lastimarte, Paige. Perdóname por favor. Si pudiera evitarte todos los sufrimientos que has tenido lo habría hecho de tener ese poder.
―Soy tu mejor amiga, Carter. He estado contigo toda la vida. ¿Cómo pudiste quitarme el derecho de estar a tu lado cuando más lo necesitabas?
El silencio que siguió fue insoportable.
Carter me miraba con una tristeza profunda y después se me acercó para abrazarme.
No lo quería cerca, pero su fuerza era superior a la mía y no permitió que me alejara.
Mi mejilla quedó apoyada sobre su pecho y podía escuchar el ritmo frenético de su corazón, ese sonido que siempre parecía tan pausado y acogedor.
Ahora, en cambio, me hacía pensar en la muerte.
―No fue por desconfianza, Paige ―dijo sin soltarme―. Creía que te estaba protegiendo. Iba a decírtelo, pero estaba buscando el momento para hacerlo. No quería lastimarte, cariño ―se explicó, acariciando mi espalda con movimientos suaves y repetitivos.
Lloré durante lo que me parecieron horas, no solo porque me sentía defraudada y dolida por sus mentiras, sino porque me aterró la posibilidad de perderlo. Carter era mi sostén, mi alma gemela, mi otra mitad. Mi vida sin él estaría incompleta, vacía.
Cuando me tranquilicé lo suficiente para hablar sin que me temblara la voz, me distancié de él y le pregunté:
―¿Cómo lo supo Matt?
―Me vio en el hospital cuando me estaban dando el alta, después de haber estado hospitalizado por mis tratamientos. Él había llevado a Holly a control por su pie.
―No me dijo nada ―susurré, dolida.
―Fui yo quien se lo pidió ―se explicó―. No te molestes con él. Lleva tiempo diciéndome que hable contigo. Le pedí que fuera mi abogado y no podía romper el secreto profesional.
Me dejé caer a los pies de la cama y fijé la vista en la pared.
Carter continuó hablándome de sus tratamientos, de lo que se venía por delante y de sus planes en caso de que las cosas no salieran bien.
Hablaba con una calma que yo era incapaz de comprender, con la mente fría, asumido en su papel de enfermo de cáncer.
Me pregunté si hubiera hecho lo mismo que él si la situación hubiera sido al revés; si me habría callado algo tan importante, y la respuesta siempre era «no».
Me levanté del suelo cuando el aire comenzó a faltar en mis pulmones y la necesidad de estar sola me abrazó. Carter seguía hablando, pero yo ya no quería escucharlo.
Negué con la cabeza mientras las lágrimas seguían rodando por mis mejillas. Tomé mi bolso con manos temblorosas y caminé hacia la puerta. Carter me siguió.
―Paige, por favor…
―No ―dije sin mirarlo―. Ahora no. Necesito pensar.
Abrí la puerta con brusquedad y salí del apartamento sin volver la vista atrás.
Estaba rota por dentro como una bailarina de cristal.
Mi teléfono comenzó a vibrar. Tenía una llamada entrante del mismo número desconocido de siempre.
Lo ignoré. Era incapaz de ver bien a mi alrededor, de observar a las personas o de pensar con claridad.
Solo quería alejarme de allí antes de que el dolor terminara de despedazarme.
―Paige ―escuché detrás de mí.
Me giré con lentitud y lo miré con los ojos enrojecidos.
Matt estaba ahí, esperándome, observándome con genuina preocupación.
Me abrazó sin decirme nada. Tenía el alma adormecida, entumecida por el dolor, pero de algún modo, refugiarme entre sus brazos me confortó. Fue lo único que me sostuvo de pie.