38. La verdad sale a la luz
«Hay verdades que destrozan el alma, pero que también la fortalecen».
El ambiente entre Matt y yo se había enrarecido después de la conversación que tuvimos, luego de visitar a los padres de Carter.
Él hacía intentos por acercarse a mí, pero estaba tan disgustada y asustada que era incapaz de relajarme a su lado.
¿Por qué Carter le había confiado a él su problema y no a mí, que era su mejor amiga?
―Lo siento, Paige. No puedo decirte nada ―me dijo Matt por la noche en su habitación―. Habla con él, pero por favor, no te desquites conmigo. Yo solo soy su abogado.
―¿Su abogado? ―grité al enterarme de esta nueva parte de la historia―. ¿Y por qué demonios querría Carter un abogado?
Matt se me acercó. Quise alejarme de él, pero me abrazó con fuerza, obligándome a tranquilizarme.
―Mira, sé que tienes miedo y que no logras entender nada ahora, pero te aseguro que, si hablas con él y le exiges que te diga la verdad, lo hará.
Me deshice del abrazo y tomé mi teléfono para llamarlo por videollamada. Quería mirarlo a los ojos cuando me mintiera descaradamente. Sin embargo, me fue imposible contactarlo.
―Paige, llámalo mañana. Seguro que ya está durmiendo.
Entonces corté la llamada y me eché a llorar. Matt me abrazó otra vez y me acarició la cabeza mientras me susurraba tiernas palabras al oído, igual como había hecho la noche que me derrumbé en mi apartamento, luego de encontrar destrozada mi colección de bailarinas.
―Tranquila, mi amor. Todo estará bien. Ya verás.
Ese fin de semana, que prometía ser perfecto, se arruinó por culpa de las mentiras de mi amigo.
∞∞∞
El regreso a Filadelfia fue un tormento.
Durante el vuelo no pude dejar de pensar en Carter y en sus mentiras.
Las últimas semanas se había enfermado con frecuencia y su semblante tampoco era el mejor, pero no le había dado importancia.
Ahora que lo pensaba bien, mi amigo lucía más cansado de lo habitual y había perdido peso, signos evidentes de que algo pasaba con su salud.
Apenas salí del aeropuerto, pedí a Matt que me llevara directamente al apartamento de Carter. Tendría que escuchar unas cuantas cosas que tenía que decirle.
―Paige ―dijo Matt cuando el taxi se detuvo―. ¿Estás segura de que no quieres que te acompañe?
―No, Matt. Ve a casa con Holly. Ella está cansada del viaje y yo debo hacer esto sola.
Iba a bajar del vehículo sin despedirme, pero Matt me tomó por el brazo para detenerme.
―Iré a casa a dejar a Holly, pero avísame si necesitas algo. ¿De acuerdo? ―pidió, preocupado.
Suspiré, intentando tranquilizarme. En mi interior bullía la ira, la incertidumbre y el miedo. Tres emociones que me desgarraban por dentro y que luchaban por imponerse. Matt me acarició la mejilla y de algún modo eso apaciguó mi malestar.
―Está bien ―respondí, exhalando con fuerza―. Te llamaré luego.
Me dio un beso cargado de ternura y esperó a que yo entrara al edificio para marcharse.
Me armé de valor y subí al ascensor. La sensación de estar adentrándome en terreno pedregoso aumentaba con cada paso que daba.
En mi cabeza imaginé cientos de maneras de afrontarlo, pero decidí esperar para ver hasta dónde sería capaz de llegar con sus mentiras.
Era domingo y estaba segura de que encontraría a Carter recostado viendo alguna película romántica.
Entonces toqué el timbre y de inmediato escuché a Arabesque maullar.
―¡Voy! ―escuché que gritaba mi amigo.
La puerta se abrió unos segundos después y Carter apareció en el umbral. Al verme, sus ojos se iluminaron.
―¡Paige! ―exclamó con alegría. No me dio tiempo de decir nada. Me rodeó con los brazos y me apretó contra su pecho―. ¿Cuándo llegaste? ―preguntó, separándose apenas para mirarme―. Pensé que volverías mañana.
―Hace un rato ―respondí con una sonrisa tranquila.
Entré al apartamento mientras él cerraba la puerta detrás de mí. Arabesque se acercó maullando y se restregó contra mis piernas.
―Hola, hermoso ―le dije al gato, inclinándome para acariciarlo.
Cuando volví a mirar a Carter, lo observé con atención.
Sonreía, pero en su rostro observé las señales que había intentado ocultar.
Las ojeras bajo sus ojos eran profundas y parecía cansado.
Una vez más comprendí que mi amigo tenía problemas de salud y que esto no se trataba de algo menor.
Sin embargo, él parecía genuinamente feliz.
―No sabía que ibas a venir ―dijo―. Me habrías avisado y habría preparado algo para cenar.
―No quise molestarte. Vengo de pasada ―respondí con naturalidad―. Además, tenía ganas de verte.
Carter sonrió y pasó una mano por mi hombro con cariño.
―Yo siempre tengo ganas de verte, ya lo sabes.
―¿Te quedaste en cama hoy? ―pregunté mientras avanzábamos hacia su dormitorio.
Aproveché de observarlo unos segundos mientras se apresuraba en guardar los medicamentos que había en su velador. Intentó que yo no lo notara, distrayéndome con temas triviales, pero era demasiado tarde.
―Sabes que me gusta pasar el día echado los domingos ―respondió, guiñándome un ojo.
Me senté a los pies de la cama y clavé mis ojos en los suyos para observar su reacción.
―Por cierto ―dije con tono casual―. Fui a visitar a tus padres.
Carter se quedó inmóvil por una fracción de segundo.
Fue un gesto breve, casi imperceptible, pero lo suficiente para que yo supiera que lo había descolocado.
―¿A mis padres? ―repitió, intentando que su voz sonara natural. Se pasó una mano por la nuca y esbozó una sonrisa tensa―. ¿Por qué fuiste? Te dije que no iban a estar, que saldrían unos días, ¿recuerdas?
No aparté la mirada de él. Incapaz de seguir fingiendo, me puse de pie y lo encaré.
―¡Ya basta! ―estallé―. ¿Hasta cuándo vas a mentirme, Carter?
Él levantó la mirada, sorprendido, y apretó los labios.
―Paige… ―quiso explicarse, pero levanté la mano para silenciarlo.
―¡No! ―lo interrumpí, negando con la cabeza―. No inventes otra excusa. Estuve con ellos. Hablé con tu madre, hablé con tu padre y ninguno de los dos te ha visto en meses ―espeté con rabia―. ¡Quiero que me digas la verdad!
Carter se quedó en silencio y comprendí que estaba a punto de revelarme su secreto, uno que sabía que iba a romperme como una bailarina de cristal.
Se puso de pie y se alejó de mí. Me dio la espalda unos segundos mientras se pasaba la mano por la cabeza. El silencio que nos abrazó era sinuoso, frío y, antes de que dijera algo, dejé que mis lágrimas contenidas mojaran mis mejillas. Ya no aguantaba más la tensión y el dolor.
―Paige, cariño ―dijo, volviéndose hacia mí―. Estoy enfermo. Tengo leucemia.