37. Indagaciones
«La verdad puede permanecer enterrada por un tiempo, pero jamás para siempre».
Aproveché que Matt tenía asuntos que atender esa tarde para ir a visitar a la madre de Carter.
Catherine era una mujer de carácter afable y me quería como a una hija.
Su sueño siempre había sido que él y yo termináramos juntos, pero eso nunca ocurrió.
Sin embargo, si había algo que alegraba el corazón de esa madre, era saber que yo seguía cerca de su hijo y que me preocupaba por él.
―Pasa, Paige ―me dijo Catherine con una sonrisa cuando llegué a su casa―. Con Jim te estábamos esperando.
Me abrazó con cariño y me hizo entrar. La casa olía a café recién hecho y a canela, como siempre.
Nada parecía distinto a las otras veces que había estado allí durante mi niñez.
Fue inevitable que los recuerdos de nosotros dos riendo, comiendo y bailando se filtraran en mi cabeza.
Aquel sitio había sido uno de mis principales lugares de rehabilitación, no solo física, sino también emocional.
Con frecuencia me hospedaba allí en el cuarto de invitados, pero al final terminábamos durmiendo ambos en la salita de estar, recostados en el sillón, y la televisión encendida, con alguna obra de ballet de fondo.
Lo mismo que cuando él se quedaba en la mía.
Tanto para sus padres como para los míos era de lo más natural que compartiéramos tantas horas juntos y que entre nosotros no existiera más que una relación fraternal.
Jim apareció desde la cocina con una taza en la mano y abrió los brazos al verme.
―¡Paige! ―exclamó con entusiasmo―. Qué alegría verte, hija.
―Hola, Jim ―saludé, devolviéndole el abrazo―. Me alegra mucho estar aquí.
Catherine me condujo hasta la sala y me acomodé en el mismo sofá de siempre. Parecía verdaderamente complacida con mi visita. La verdad es que ese lugar era como mi segunda casa y me agradaba regresar.
―¿Cómo ha estado Carter? ―preguntó Jim mientras se sentaba frente a mí.
―Bien ―respondí―. Trabajando mucho, como siempre.
Catherine suspiró con una sonrisa resignada.
―Dile al ingrato de mi hijo que venga a vernos cuando pueda. Ese muchacho nos tiene abandonados.
Recordé las palabras de Carter sobre la salud mental de su madre: que no estaba muy bien de la cabeza y que estaba comenzando a olvidar cosas.
Así que la observé con atención mientras hablaba, intentando notar algo distinto, alguna señal que indicara que algo no andaba bien.
Pero no vi nada fuera de lo normal. No había indicios de confusión en su mirada ni en sus palabras. Nada.
Solté una pequeña risa.
―Pero si estuvo aquí hace poco, ¿no? ―dije, pensando que bromeaban, pero ambos se miraron extrañados.
Fue un gesto breve, aunque suficiente como para que algo se tensara dentro de mí.
―¿Hace poco? ―repitió Jim, frunciendo el ceño.
―Sí ―dije con convicción―. Hace unas semanas vino a ayudarlos con algunas cosas de la empresa… y hace un par de meses también estuvo aquí unos días por lo mismo.
El silencio que siguió fue extraño. Catherine me observó con desconcierto mientras negaba con la cabeza.
―Cariño… ―dijo ella con suavidad―. Carter no ha venido a Seattle desde hace meses, varios meses.
―¿Cómo? ―pregunté, y un frío incómodo me recorrió la espalda.
―Nos ha dicho que tiene demasiado trabajo en la academia y que por eso no ha podido visitarnos ―aseguró Jim.
Miré a Catherine otra vez y no parecía una persona con problemas de memoria.
No había en su expresión la menor señal de desorientación.
Solo la confusión del momento que, por cierto, yo también padecía.
Ella estaba lúcida. Entonces ¿por qué Carter me había dicho que su madre estaba perdiendo la memoria?
Además, su padre confirmaba lo que ella decía.
Las alarmas se encendieron en mi cabeza y una sensación incómoda comenzó a instalarse en mi interior.
Los ojos de los padres de Carter parecían perdidos, y me vi obligada a mentirles para que se tranquilizaran, al menos, hasta que descubriera qué demonios estaba pasando con él.
Me llevé una mano a la cabeza con teatralidad y me disculpé.
―Lo siento, tienen razón ―dije sonriendo―. Últimamente tengo tantas cosas en la cabeza, con lo de mi divorcio y todo eso, que me he confundido.
Parecieron quedar conformes con mi explicación, pues me miraron con ternura paternal y se relajaron en el sofá.
―¿Te encuentras bien, cariño? ―preguntó Catherine―. Nunca son fáciles las separaciones.
―Sí, no se preocupen. Estoy bien ―les sonreí.
Dos horas después, Matt fue por mí. Mientras nos dirigíamos a casa de sus padres, él se dio cuenta de que algo me pasaba, porque caí en un silencio que, por irónico que pudiera sonar, hacía muchísimo ruido en mi cabeza.
Era incapaz de dejar de pensar en lo extraño que me parecía todo con mi amigo.
¿Qué era lo que me estaba ocultando? Era evidente que llevaba meses mintiéndome.
―¿Qué pasa, amor? ―me preguntó Matt, tomando mi mano y trayéndome de vuelta a la realidad.
―Estoy preocupada por Carter ―le respondí, y él apretó los labios.
―Te lo han contado, ¿verdad?
Lo miré, confundida, y él comprendió que había hablado de más.
―¿A qué te refieres con eso? ―pregunté, alarmada.
―A nada, pensé que hablabas de otra cosa ―se excusó, tenso.
―Dime, Matt. ¿Qué es lo que no me estás diciendo? Por favor ―rogué―. Cuéntame qué es lo que está pasando, porque no logro comprender.
Matt se removió incómodo en el asiento y centró su atención en la conducción.
―No es nada, Paige. Olvídalo.
―No, no puedo olvidarlo, Matt. ¿Qué me estás ocultando?
―Demonios ―se lamentó.
Se sumió en un silencio sepulcral que erizó cada vello de mi piel. No pude evitar sentirme traicionada no solo por mi amigo, sino también por el hombre que amaba, y eso me dolió más que cualquier herida o lesión que tuve en el pasado.
Como él no tenía intenciones de responder, tomé su mano y la apreté, desesperada.
―Matt, por favor… te lo ruego.
―Creo que es mejor que hables con él, amor. No puedo decirte nada. Lo siento, Paige.
Cuando Matt confirmó con esas palabras que algo malo le estaba ocurriendo a mi amigo, mi pecho se oprimió y me abrazó una sensación de vértigo. No sabía lo que Carter me estaba ocultando, pero algo en mi interior me decía que la gravedad de aquello era mucho mayor de lo que yo imaginaba.