36. Es hora de que te perdones
«Es más difícil perdonarse a sí mismo que a los demás».
Mis latidos se desataron y la tristeza me inundó con una ferocidad inusual. ¿Había escuchado bien? Matt acababa de contarme un secreto oscuro y doloroso y me estremecí.
―¿Cómo? ―pregunté, controlando apenas el temblor en mi voz.
Soltó una risa amarga y me miró en la penumbra. Tuve unos deseos enormes de abrazarlo, pero no quería romper con el momento, ni moverme, ni evitar que sacara fuera esa espina que seguramente lo había atormentado durante años.
―Estaba harto de todo, Paige. Harto de sentirme solo, de estar constantemente decepcionando a mi padre, a mi madre, a las personas en la escuela ―se sinceró―.
Todos los días sentía que el que debió morir era yo y no mi hermano.
Mi padre tenía un arma y yo estaba decidido a usarla esa misma noche, justo aquí.
Cuando lo escuché revelar sus dolores, dejé que mis lágrimas bañaran mis mejillas sin control.
Cuando era una adolescente, solo veía a un muchacho insensible y cruel que disfrutaba haciéndome daño.
Jamás me imaginé que padeciera tanto dolor, tanto sufrimiento, como si día a día muriera un poco más.
Recordé su mirada azul cuando me observaba.
El odio habitaba en sus ojos, pero ahora comprendía que no era hacia mí, sino hacia sí mismo.
Tomé su mano y le di un apretón afectuoso para que continuara hablando. Sabía que necesitaba sacarlo todo.
―Mi padre me hacía sentir un inútil, un bueno para nada que no merecía vivir.
Me convertí en una basura a la que no le importaba nada ―continuó rememorando con dolor―.
Y tú, la chica más hermosa que había visto, la que bailaba como un ángel y conseguía vulnerar mis barreras; esas que había erigido para protegerme del mundo, fuiste la más perjudicada de todos.
Te había elegido como el blanco para descargar mi rabia, y te lastimé.
Por poco moriste por mi culpa, Paige. Ese día, cuando vinimos a casa a hacer un trabajo que yo no tenía ninguna intención de realizar, me hiciste recapacitar.
Yo no podía morir sabiendo que estabas luchando por tu vida.
―¡Oh, Matt! ¡No tenía idea!
Apagó el cigarro en el suelo y tiró la colilla lejos. Después me abrazó.
―¿Sabes lo que más me dolió los días posteriores a tu accidente?
―me preguntó, y yo negué con la cabeza―.
Que veía sufrir a mi madre por lo que yo te había hecho.
Entonces decidí pasarme el resto de mi vida intentando hacerla sentir orgullosa de mí.
Todo esto fue gracias a ti, Paige. Fuiste la luz que apareció cuando todo en mí estaba sumergido en las tinieblas.
Sé que suena retorcido que lo diga, pero el día del accidente, tú me salvaste.
Las cicatrices de sus heridas eran más profundas de lo que imaginé alguna vez.
Matt, en el pasado, escondía su dolor, sus miedos, su culpa y sus frustraciones bajo una imagen de chico popular que tenía el poder de maltratar, dominar y manipular a su antojo su entorno.
Y ahora, al escucharlo, comprendí lo que me había dicho el día en que se había disculpado conmigo en mi apartamento: «Yo solo era un estúpido que tenía demasiada rabia dentro y que se desquitó con quien menos debía».
Acaricié sus mejillas con ambas manos y lo obligué a mirarme a los ojos, a pesar de la oscuridad.
―Matt, escúchame bien ―dije con determinación―. Es hora de que te perdones, ¿me oyes? Debes perdonarte. Tú ya no eres así. Por favor, deja el pasado atrás, déjalo ir de una vez por todas y permítete ser feliz, porque te mereces eso y mucho más. Te amo con cada latido de mi corazón.
Me sonrió con una ternura que calentó mi corazón y apaciguó mis latidos. Luego, soltó el aire contenido y relajó visiblemente los hombros.
―Gracias, Paige, por amarme a pesar de todo.
Matt respiró con agitación, controlando las emociones que revoloteaban dentro de su pecho, y después me besó.
Había en ese beso dolor y sanación, ira y ternura, desesperación y esperanza.
Nunca dejé de acariciarlo. Quería sanar sus heridas con mis besos y mis caricias; quería convertir sus tristezas en alegrías y sus recuerdos amargos en dulce miel.
Este hombre maravilloso había sufrido lo que ningún hijo debería padecer: había sido invisible para el hombre que más debía mirarlo con amor paternal, relegado a un segundo plano, oprimido y exigido sin descanso.
Incluso había sido comparado injustamente con su hermano fallecido, agrandando las heridas de su pérdida.
Quizás ninguno de los dos podía cambiar lo que había ocurrido en el pasado. Las heridas estaban ahí, marcando nuestras historias de maneras diferentes. Pero en ese instante comprendí algo que me llenó de paz: el dolor que alguna vez nos separó era el mismo que ahora nos unía.
―Paige ―dijo, mucho más tranquilo y en paz consigo mismo, acariciando mi rostro con suavidad―. Mi mayor deseo en esta vida es que todos los latidos que me quedan sean para ti. Te amo.
Me regocijé en sus palabras y mi pecho ardió de dicha. El beso, ahora, fue pausado, y nuestros latidos acompasados sellaron nuestro destino para siempre.
∞∞∞
Desperté por la mañana con la luz del sol entrando por la ventana y cayendo directo sobre mis ojos.
La cama de Matt era espaciosa, y extendí la mano para buscarlo a mi lado, pero no lo encontré.
Me incorporé y noté las sábanas arrugadas.
Entonces, los recuerdos de la apasionada noche que habíamos pasado juntos se agolparon en mi mente y sonreí.
Después, cuando estuve lista, bajé a la cocina para buscar a Matt, pero no estaba. Holly y Vivian estaban decorando unos panqueques con manjar, dibujando caritas felices, corazones y flores.
―Buenos días ―saludé.
―¿Dormiste bien, querida? ―preguntó la madre de Matt con gentileza.
―Sí, muchas gracias. Este lugar es muy tranquilo ―respondí, llevando un mechón de cabello detrás de mi oreja.
―Miss Paige, mira qué bonitos están mis dibujos ―dijo la niña al verme―. ¿Quieres decorar los tuyos?
Me acerqué a ella y asentí con una sonrisa. Ya no me sentía incómoda allí. Tal vez se debía a la ausencia del padre de Matt, o quizás a la calidez que desprendía esa mujer.
―Te advierto, Holly, que dibujo unas bailarinas muy bonitas ―dije bromeando, y a ella se le iluminaron los ojos.
A Holly le gustó tanto mi dibujo que insistió en que le enseñara a hacerlo. Aprendió rápido y pasó gran parte del tiempo sumida en la actividad, ignorando nuestras conversaciones.
Cuando Holly fue a lavarse los dientes, Vivian tomó mi mano sobre la mesa y me dio un apretón afectuoso.
―Me alegra mucho saber que estás bien, Paige, y sobre todo que estás con mi hijo. Tú lo haces muy feliz.
―Gracias, Vivian. Tu hijo merece serlo.
Me miró con ternura y luego se perdió en algún recuerdo doloroso que intuí quería compartir conmigo.
―Yo tengo parte de la culpa de lo que viviste, Paige ―dijo con profundo pesar―. Estaba tan sumida en mi dolor por la pérdida de Marcus que no supe ver cuánto sufría Matt. Lo descuidé cuando más me necesitaba.
―No fue tu culpa ―la tranquilicé―. Además, eso ya quedó en el pasado. Ahora somos felices juntos.
―Lo sé. Mi hijo te ama, y me di cuenta de ello hace muchísimos años, pero él no estaba listo para ti por ese entonces.
―Lo he perdonado, Vivian ―reconocí, y ella me sonrió, aliviada―. Fue un proceso muy doloroso y largo, pero finalmente he comprendido que Matt tenía sus propias heridas y que ahora sería incapaz de dañarme de manera intencional.
La puerta se abrió y por ella entró Matt. Al vernos, sonrió, besó a su madre en la mejilla y después me abrazó.
―Perdón por no desayunar contigo hoy, pero tuve que salir porque había algo que debía atender ―me explicó.
Lo noté un poco alterado, pero intentaba disimularlo. Sin embargo, aunque sonreía, sabía que había algo más.
―Los dejo para que hablen ―dijo Vivian, abandonando la cocina.
Matt me ayudó a levantarme y me abrazó como si quisiera ocultarse del mundo. Entonces noté su cuerpo estremecerse.
―Matt, ¿qué tienes? Me estás preocupando.
Soltó un suspiro forzado y luego me miró.
―No es nada… ―mintió. Lo supe por el brillo en sus ojos y por el tono de su voz―. Todo está bien ahora que estoy contigo.
Sabía que me ocultaba algo. La manera en que me abrazaba, como si temiera perderlo todo, me hizo comprender que aquello no era algo pequeño.