Los latidos que nos quedan 35. Tensión familiar
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35. Tensión familiar

«Hay palabras que lastiman más que las propias acciones».

Ya había anochecido cuando nos sentamos a la mesa en un elegante comedor.

El padre de Matt, William Lancaster, me saludó con una elegancia propia de los hombres de su posición: seguro de sí mismo, con ojos calculadores y una sonrisa que intentaba ser cordial, pero que en realidad no era más que una mueca tras la que se ocultaba el minucioso análisis al que me estaba sometiendo.

Cuando nos sentamos a la mesa, los platos ya estaban servidos con salmón ahumado, alcaparras y unas rodajas de limón.

Matt se acomodó a mi lado, y frente a mí estaba Holly junto a su abuela.

En el otro extremo estaba sentado William Lancaster.

Durante los primeros minutos noté la tensión en el rostro de Matt.

Permanecía con la espalda recta y tomaba mi mano por sobre la mesa en actitud relajada, pero yo sabía que por dentro libraba una batalla, que se estaba preparando para algo.

Su padre fue el primero en romper el silencio.

Apoyó los codos sobre la mesa y me observó con atención. Se me erizó el vello de los brazos ante su escrutinio.

―Ha pasado mucho tiempo, Paige ―comentó el hombre, clavando su mirada oscura en mí con agudeza―. Entiendo que eres profesora de ballet clásico y que enseñas a mi nieta.

―Sí, señor ―respondí, intentando ocultar mi incomodidad.

―Ya veo. Y ustedes se reencontraron en Filadelfia después de todos estos años. ―Lo dijo en tono casual, pero había algo en la forma en que hablaba que me hacía sentir examinada.

Asentí con una sonrisa educada. Luego él inclinó ligeramente la cabeza hacia un lado y se recostó en la silla.

―Filadelfia parece haberse vuelto muy conveniente para mi hijo últimamente.

Matt dejó el tenedor sobre el plato.

―Padre… ―intentó hablar, pero William lo interrumpió.

―Supongo que es una ciudad cómoda cuando uno quiere empezar de nuevo, lejos de todo lo demás.

―La razón por la que estoy en Filadelfia no tiene nada que ver con Paige ―respondió Matt, controlando su malhumor―. He abierto mi propio bufete allá, papá. Y ya tuvimos esta conversación cuando me marché de tu empresa.

―Interesante ―respondió su padre―. Aunque me pregunto cuánto tiempo más seguirás desperdiciando tu talento allí.

El cuchillo de Matt se detuvo un segundo en el aire. La tensión que flotaba en el ambiente había aumentado considerablemente, volviendo el aire pesado, irrespirable.

―No estoy desperdiciando nada ―respondió con calma, aunque pude percibir su ira bajo esa máscara de impasibilidad.

Nadie se atrevía a decir nada. Holly cruzaba miradas conmigo y yo le sonreía para que se tranquilizara, pero era imposible hacerlo con ese hombre comportándose como si fuera el dueño de todo el maldito país.

William dejó los cubiertos a un lado y miró a su hijo con detenimiento.

―Tu lugar siempre ha estado en Seattle, Matt. El despacho Lancaster sigue creciendo y, te guste o no, sigue siendo parte de tu legado.

Matt soltó una leve risa sin humor.

―Tu legado, querrás decir ―espetó, molesto, pero su padre lo ignoró como si fueran las palabras de un niño con pataleta, y no las de un hombre que quiere hacerse escuchar.

―Podrías estar llevando casos mucho más importantes ―insistió William―. No defendiendo pequeñas disputas en un bufete de segunda categoría.

―Mi bufete no es de segunda categoría.

William alzó apenas una ceja.

―¿Sabes cuál es tu problema, Matt? Todo lo haces a medias, desde que eras un niño. Solías ser problemático e irresponsable, y Paige es el mejor ejemplo de ello ―dijo indicándome con su dedo índice, haciendo referencia a mi accidente.

Me estremecí.

―William… ―intervino Vivian en tono conciliador, pero él la ignoró y continuó con su ataque despiadado, sin importarle nada ni nadie.

―Incluso cuando competías con Marcus, dejabas de interesarte en las cosas cuando te ganaba. No has cambiado nada, Matt. Eres una constante decepción ―espetó con dureza.

―¡Eso no es cierto, papá! El problema no era yo, sino que a ti no había cómo complacerte. ¿Te has preguntado alguna vez si me gusta mi trabajo?

―Eso no importa. Es parte de tu legado.

―¿Mi legado? ―espetó Matt con sarcasmo―. Yo quería jugar baloncesto. Sabes que podría haber llegado lejos en ese deporte, pero no te importó. Fuiste tú quien decidió mi futuro.

Los ojos de William se endurecieron.

―Después de lo que pasó con Marcus ―señaló, categórico―, alguien tenía que hacerse cargo del futuro de esta familia. No había otra elección.

Matt se puso de pie de golpe, haciendo chirriar la silla contra el suelo.

―No vuelvas a usar a Marcus para justificar tus decisiones, papá ―masculló, filtrándose en su voz el dolor y la ira―. Jamás te ha importado nada más que tú mismo.

Matt abandonó el comedor hecho una furia. Holly apretaba los dientes, asustada, y Vivian parecía afligida por las circunstancias.

―¡Matt, ven aquí! ―gritó su padre para detenerlo, pero él lo ignoró.

El momento fue tan incómodo que me vi obligada a levantarme para ir tras él. Por otra parte, sabía que, si permanecía allí, sus padres no podrían hablar con libertad debido a mi presencia.

―Disculpen ―murmuré, y salí tras él, con el corazón apretado.

Luego de vagar por la propiedad a oscuras, con la angustia alojada en el centro de mi pecho, encontré a Matt sentado en el suelo del muelle, fumando un cigarro.

Me acomodé a su lado, pero no le dije nada.

Me limité a acompañarlo en el silencio, esperando el momento en que él quisiera hablarme.

La luz del embarcadero creaba un ambiente de intimidad que parecía abrazarnos a ambos, aunque en mi caso estaba más asociado al dolor y al miedo que a otra cosa.

Matt, en cambio, parecía ausente, perdido en recuerdos de infancia que habían dejado cicatrices mucho más profundas y numerosas de las que se podían contar, y que tenían una relación directa con su padre y su hermano Marcus.

―¿Sabes? ―dijo, rompiendo el silencio―. Un día antes del accidente, cuando te eché la lancha encima y te lastimé, escribí una carta de despedida ―se sinceró, estremeciéndome.

Lo miré en silencio, pero él no despegó los ojos del vaivén del agua y continuó hablando:

―Lo único que evitó que muriera aquel día fuiste tú.

―Pero ¿por qué dices eso? ―me atreví a preguntar, intuyendo su respuesta.

―Ese día iba a suicidarme.