34. Antiguos dolores
«No hay mayor logro que volver a intentarlo, aunque cueste».
Cuando alguien sufre un accidente patinando, esquiando o aprendiendo a andar en bicicleta, lo primero que le dicen es que debe intentarlo otra vez antes de que el miedo lo paralice y le impida volver a hacerlo.
Así me sentía yo en esos momentos en que un taxi nos llevaba a la casa de los padres de Matt.
La misma casa en la que yo había experimentado el miedo más horrible de mi vida.
Apenas el vehículo se detuvo, una parte de mi corazón también lo hizo con él. Podía escuchar mis recuerdos, el sonido de la ambulancia, los sollozos de Matt a mi lado y esos ojos azules mirándome con verdadero terror.
―Paige, amor. ¿Te encuentras bien? ―me preguntó, preocupado, dándome un pequeño apretón en la mano para captar mi atención.
Cuando lo miré, me observaba atentamente. Recién entonces noté que una lágrima rodaba por mi mejilla.
―Sí, lo siento ―dije, secándola con la mano y sonriendo para tranquilizarlo. No lo conseguí.
Frunció el ceño y no dijo nada. Luego ayudó a Holly a bajar y le tendió las muletas.
La casa me pareció aún más imponente y amenazante que cuando vine la primera vez, aunque ahora aprecié desde otra perspectiva su belleza. Matt besó mi mano y me sonrió. Seguía más retraído de lo normal, pero hacía esfuerzos por disimularlo.
―Vamos, amor ―me animó a avanzar hasta la entrada.
La puerta se abrió y apareció Vivian Lancaster con una sonrisa resplandeciente al ver a su nieta.
Le dio un abrazo efusivo y luego la niña entró en la casa, contenta por pasar unos días con sus abuelos.
La madre de Matt no había perdido atractivo con el paso de los años, y se podía apreciar en sus ojos azules una calidez genuina y acogedora.
Llevaba el cabello rubio hasta los hombros, con un corte moderno y casual que resaltaba su elegancia natural.
Matt se parecía físicamente mucho más a ella que a su padre.
―Paige, qué alegría recibirte en nuestra casa ―me saludó la mujer, acercándose a mí para darme un pequeño abrazo que me sorprendió―. Cuando Matt me contó que estaban saliendo, supe que él estaría bien.
Luego me tomó por los hombros y me miró con intensidad sin dejar de sonreír. Noté que se había emocionado, aunque no sabía por qué.
―Gracias, señora ―respondí con timidez.
―Por favor, llámame Vivian. ―Asentí en respuesta―. Adelante, entren. Ya está lista tu habitación, cariño, para que se acomoden.
―Gracias, mamá ―respondió Matt, abrazándola por los hombros con una mano, sin soltar la mía.
Durante todo el viaje me pregunté dónde dormiría yo. Ahora sabía la respuesta y me sonrojé. Matt me miró con expresión divertida mientras avanzábamos hasta el segundo piso.
―Cuando estén listos, bajen para cenar. Tu padre está por finalizar una reunión en su despacho ―nos comentó antes de desaparecer por la puerta.
Matt se quitó la chaqueta y se recostó sobre su enorme cama.
Me sorprendió lo bonito y amplio que era su cuarto.
Todo mi apartamento cabía dentro y todavía sobraba espacio.
Si bien ya no era la habitación de un adolescente, aún había rastro de su juventud.
En una de las paredes colgaba una colección de fotografías de él junto a su hermano.
Eran tan parecidos que por momentos parecían el reflejo el uno del otro.
Entre ellos se respiraba complicidad, una cercanía que solo algunos tienen el privilegio de vivir.
Aparecían esquiando en la nieve, sobre una lancha bajo el sol, jugando baloncesto o abrazados junto a sus padres, despreocupados, como si nada pudiera romper aquella armonía.
Ver a Matt de niño y tan feliz me conmovió.
―Recuéstate conmigo un momento, amor ―me pidió, haciendo un gesto con la mano.
Me acerqué a él y me senté despacio, pero Matt jaló de mí y terminé encima de su cuerpo. Luego me dio un beso. Me pregunté con cuántas mujeres habría dormido en esa cama y no pude evitar que me abrazaran los celos. Matt notó mi cambio de actitud, porque de repente me miró con una ceja levantada.
―¡¿Qué pasa, Paige?! ―quiso saber, sin dejar de mirarme.
En ocasiones no comprendía cómo un hombre tan atractivo se había fijado en alguien como yo.
Y no es que fuera fea o poco interesante, pero Matt era un verdadero Adonis.
No pude evitar pensar que muchas de las chicas con las que él estuvo eran físicamente superiores a mí.
Sabía que era un pensamiento superficial. Sin embargo, era inevitable.
―No es nada ―mentí.
Matt se apoyó en un codo, y con la otra mano elevó mi barbilla para que no esquivara sus ojos.
―Vamos, pequeña bailarina. Algo te está molestando y quiero saber qué es ―pidió, y apreté los labios en respuesta.
―Está bien ―accedí―. Solo pensaba que debieron ser muchas las chicas con las que estuviste aquí, en esta cama.
Me sonrió con picardía y me sentí como una tonta por habérselo confesado.
―¿Estás celosa? ―quiso saber. El hoyuelo en su mejilla se acentuó cuando sonrió medio de lado―. Estás celosa ―afirmó, complacido.
―Un poco ―reconocí con un leve encogimiento de hombros.
Mi respuesta pareció satisfacerlo y me besó con fuerza, recostándome sobre él otra vez. Poco a poco me fui relajando, aunque todavía la idea de que otras mujeres compartieran intimidad con él allí me molestaba.
―Puedes estar tranquila, amor, porque jamás estuve con ninguna aquí ―dijo, tomando mis mejillas con ambas manos.
―¿Estás bromeando?
―No, es cierto. No bromeo ―reconoció, poniéndose repentinamente serio―. Nadie, salvo Ethan, entraba en mi cuarto. Aquí guardaba mis recuerdos con Marcus. No me gustaba compartirlos con nadie, ni siquiera con mis antiguas conquistas.
Mentiría si dijera que escucharlo decir eso no me agradó, porque sí lo hizo. Me sentí especial, aunque no fuera esa su intención.
Se incorporó de un salto y me tomó la mano para que lo siguiera.
En una repisa había una extensa colección de copas y medallas.
También había una vitrina con prendas de vestir, expuestas como en un museo: zapatillas, gorras, una camiseta de baloncesto con el número 23, un reloj con diseño de superhéroes y una libreta que decía «Notas de Marcus».
―Estas son las cosas de mi hermano con las que me quedé ―me reveló con nostalgia―. Son sus medallas y sus objetos favoritos. Era bastante competitivo, y a pesar de que era un año menor que yo, solía ganarme la mayoría de las veces en los juegos y competencias.
Se parecía mucho a ti ―reconocí mientras miraba la foto en que ambos se abrazaban por sobre los hombros, mirando la cámara.
―Es cierto ―admitió, perdido en el recuerdo―. Lo extraño.
Acaricié el dorso de su mano con mi pulgar como muestra de apoyo.
―No tengo hermanos ―expresé, luego de un silencio reflexivo―, pero Carter es como uno para mí, y puedo imaginar lo difícil que debió ser para ti perder a alguien tan cercano.
Matt me abrazó y luego depositó un beso suave en mi frente.
―Lo fue. Lo que más extraño es su voz. Por más que intento recordarla, se diluye en mi memoria como si el tiempo la hubiera borrado ―comentó con pesar―. Tengo algunas grabaciones que lo traen de vuelta. Algún día te las enseñaré.
―Me encantaría.
Matt me dio un beso suave en los labios y luego me invitó a salir del cuarto.
―Vamos. Mis padres nos esperan para cenar.
Lo seguí por el pasillo intentando mantener la calma, pero cada paso hacia el comedor me tensaba.
No era solo la casa ni los recuerdos que guardaba, sino la sensación de estar entrando en un mundo que no era el mío.
Matt apretó mi mano antes de bajar el último escalón y yo le sonreí.
Pero sabía que mi nerviosismo no era solo por la cena, sino porque los fantasmas del pasado me acechaban cada vez con más fuerza, y no sabía si podría hacerlos a un lado sin romperme.