Los latidos que nos quedan 33. Una llamada misteriosa
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33. Una llamada misteriosa

«Las señales siempre encuentran la forma de decir la verdad».

Me costaba todavía acostumbrarme al lujo en el apartamento de Matt.

Los espacios eran amplios y luminosos, y transmitían cierta calidez que les daba alma.

Nada que ver con su casa de infancia: aquella mansión imponente junto al lago, que para muchos habría sido un privilegio habitar, pero que para mí era amenazante y hostil.

Quizás se debía a que por ese entonces yo le temía a Matt y a todo lo que tuviera que ver con él, o tal vez no me gustaba porque era el lugar donde sufrí el accidente que dio un vuelco a mi vida.

―¿Podemos verla otra vez? ―pidió Holly en cuanto aparecieron los créditos de la película Bailarina, una de mis animaciones favoritas.

―Ya es tarde, princesa ―le respondió Matt, levantándose del sofá para llevarla a su habitación.

Me dio risa la mueca de disgusto que hizo la niña al escucharlo, pero el enojo se le quitó de inmediato cuando Matt la alzó en brazos y le dio un sonoro beso en la mejilla que la hizo sonreír.

―Despídete de Paige ―le pidió.

―Yo la ayudo a acostarse, Matt ―dije, ganándome una sonrisa de Holly que calentó mi corazón―. Así podemos hablar de cosas de chicas ―le dije, guiñándole un ojo con gesto cómplice a la niña.

―Está bien ―accedió, dejándola sobre la cama―. Te esperaré en el salón, amor. No te tardes ―dijo, besándome suavemente en los labios, para luego besar la frente de su hija.

Mientras ayudaba a Holly con su pijama, hablamos de la película y de lo bonito que es poder cumplir los sueños.

―¿Crees que yo pueda volver pronto a bailar? ―me preguntó Holly, esperanzada.

―¡Claro que sí! ―exclamé, sentándome a su lado en la cama―. Puede que te tardes un poco en hacerlo, ya que debes darle tiempo a tu pie para sanar, pero ya verás que luego de eso nada te detendrá para que brilles en un escenario. Yo misma me encargaré de que estés bien para el baile de fin de año.

La niña se acomodó en las mantas radiante de felicidad. Qué bonita me parecía. Era tan parecida a su padre que no pude evitar regalarle una sonrisa. Con solo saber que esta pobre niña no tenía a su mamá, el corazón me dio un vuelco. ¿La recordaría?

―Buenas noches, Holly.

Besé su frente y acomodé su almohada. Luego apagué la luz y abandoné su habitación.

Matt me esperaba sentado en el sofá y bebía una copa de vino. Había bajado las luces y encendido el equipo de música, creando un ambiente más íntimo y acogedor para nosotros. Apenas me vio, los ojos le brillaron con una calidez que me desarmó.

―Por fin solos ―me dijo, dejando la copa en la mesa de centro y abrazándome hasta sentarme en su regazo―. Ya te extrañaba, amor.

Su comentario me dio risa, porque apenas habían pasado unos cuantos minutos, pero mentiría si dijera que no me saltó el corazón al escucharlo hablarme así, con ese tono que no escondía su deseo por mí.

Nos besamos despacio, con una calma casi reverente, recorriéndonos con las manos con suavidad para memorizar cada rincón del otro.

Nuestros latidos comenzaron a acompasarse, acelerándose a medida que el momento se volvía más intenso.

Se estaba tan bien ahí que habría querido quedarme para siempre, aferrada a él, con nuestros cuerpos encajando con una naturalidad que hacía que todo lo demás dejara de importar.

―Paige ―susurró sin dejar de besarme―. Te amo como jamás he amado a nadie.

―Y yo a ti.

Enredé mis dedos en su cabello y lo besé con fuerza.

Después, cuando nuestros labios rompieron el contacto, Matt me miró con una intensidad tan grande que se me erizó el vello de la nuca.

Me perdí en sus ojos azules, en el aroma de su piel y en el sabor de sus besos mientras nos recostábamos en el sofá.

Entonces, la vibración del teléfono rompió el momento, pero Matt siguió besándome como si no lo hubiera escuchado.

Segundos más tarde, el teléfono vibró otra vez, insistente, y abrí los ojos, apartándome apenas de él.

―Matt… contesta ―murmuré―. Podría ser algo importante.

Él dejó escapar un suspiro, molesto, pero no hizo ademán de levantarse. El teléfono volvió a vibrar.

―Contesta ―insistí.

Se incorporó a regañadientes, soltando una maldición que estuvo a punto de hacerme reír, y tomó el teléfono, mirando con el ceño fruncido la pantalla. Algo había cambiado en su expresión. Entonces se levantó.

―Debo atender esto. Ya regreso ―dijo, tratando de disimular la inquietud que, pese a sus intentos por ocultarla, noté en su voz.

A los pocos minutos regresó con el cuerpo tenso y la mirada perdida en algún tormentoso pensamiento.

―¿Pasa algo? ―pregunté cuando se sentó a mi lado y se llevó una mano a la barbilla.

―No. Nada importante ―respondió con una sonrisa que no llegó hasta sus ojos.

Después, comenzó a entrecruzar sus dedos como intentando ordenar sus ideas.

―¿Estás seguro? ―insistí.

―Sí, todo está bien. ―Se levantó y tomó mi mano para ponerme de pie―. Es tarde. Será mejor que te lleve a casa.

Me extrañó su cambio de actitud. Con frecuencia insistía en que me quedara con él y siempre era yo la que se negaba.

Era evidente que algo lo había alterado para que se comportara así.

Comencé a preocuparme de verdad cuando el silencio se plantó entre nosotros como un tercer invitado.

¿Qué había pasado para que no quisiera confiármelo?

Hicimos el viaje en silencio hasta mi apartamento.

Ya no había rastro de diversión ni de momentos de intimidad.

Todo se había enfriado de golpe luego de esa llamada misteriosa que me tenía los nervios de punta debido al cambio brutal en la actitud de Matt.

¿Tan grave era lo que había pasado que se comportaba así?

De igual modo, si él no quería contármelo, debía tener sus motivos, aunque eso no impidió que me doliera.

Matt me acompañó hasta la puerta.

―Tendré que ausentarme unos días por un asunto familiar, amor, pero te llamaré ―dijo, acariciando mi mejilla.

―Me gustaría acompañarte ―propuse sin pensar.

Luego consideré que no sería una mala idea hacerlo y que a Carter seguro no le importaría prescindir de mí en la academia unos días. Era evidente que Matt me necesitaba, aunque no me confiara su preocupación.

Matt me miró unos instantes y luego asintió.

―¿De verdad vendrías conmigo a Seattle?

―Sí ―contesté con mayor seguridad―. Sea lo que sea que te ha pasado, me gustaría estar contigo.

Matt me abrazó. Me aferré a él, transmitiéndole con ese abrazo que podía contar conmigo, que yo siempre estaría para él cuando me necesitara.

―Gracias, amor ―dijo sonriendo―. Compraré de inmediato los pasajes para los tres.

Me dio un beso profundo que me tranquilizó solo en parte y luego se marchó. Me quedé con una sensación extraña en el pecho.

Esa noche no recibí mensajes de Matt.