Los latidos que nos quedan 32. Al filo de la confianza
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32. Al filo de la confianza

«Para vivir el presente, primero hay que soltar los fantasmas del pasado».

Por fin el invierno comenzaba a abandonar la ciudad para dar paso a la primavera.

Así como todo cambiaba por fuera, también lo hacía yo por dentro.

Con Matt parecíamos dos adolescentes enamorados, incapaces de separarnos.

Nos buscábamos incluso después de habernos despedido, enviándonos mensajes de voz, emoticonos por WhatsApp y llamadas a deshoras solo para escuchar la voz del otro.

A veces incluso llegaba a medianoche a mi apartamento para dormir conmigo y se marchaba al amanecer, no sin antes dejar la cafetera puesta y mi desayuno preparado sobre el mesón de la cocina.

Cada momento libre que teníamos lo pasábamos juntos y eso me encantaba.

Era viernes y Matt me había pedido la noche anterior que pasara por su oficina a las diez de la mañana para tomarnos un café.

Aproveché que tenía una ventana entre clase y clase para ir, ya que su trabajo no quedaba lejos del mío.

Mientras avanzaba por las calles humedecidas por los deshielos, me di cuenta de que en realidad jamás había amado a James como amaba a este hombre, y que todo lo que creí perfecto alguna vez no era más que una sombra de lo que ahora sentía y vivía.

Subí al ascensor junto con cinco personas más y agradecí el calor y el aroma a limpio que me recibió al cerrarse las puertas. Estaba ansiosa por ver a Matt y el recorrido se me hizo eterno, sobre todo porque el ascensor se detuvo tres veces antes de llegar al piso diez.

Cuando llegué y las puertas se abrieron, me sorprendió ver a mi abogado sentado en la sala de espera leyendo un documento.

―¿Henry? ―pregunté, y de inmediato él levantó la mirada y se puso de pie para saludarme―. ¿Qué haces aquí?

―Hola, Paige. Te he estado llamando desde temprano, pero no he podido dar contigo.

Fue cuando noté que me había quedado sin batería.

―Lo siento. Olvidé cargar el teléfono. ¿Pasa algo?

―Bueno, de eso quería hablarte ―carraspeó, acomodándose los lentes―. Como sabes, yo trabajo independiente, pero el señor Lancaster me ha ofrecido un puesto en su bufete y he aceptado. Quería que lo supieras, y también quería decirte que seguiré a cargo de tu caso.

―¿Trabajarás para Matt? ―pregunté, sorprendida.

―Sí, a partir de hoy. Esta es una excelente oportunidad que no podía dejar pasar.

Algo se tensó en mi interior.

―¿Y esto… cuándo lo hablaron?

―Nos reunimos ayer. Me contactó hace unos días, surgió la posibilidad y yo acepté. No cambia nada respecto a tu situación, Paige. Yo sigo siendo tu abogado.

―Pero ahora él es tu jefe ―susurré, intentando ordenar las ideas en mi cabeza.

―En términos administrativos, sí. En lo profesional, mi compromiso contigo es el mismo.

Lo miré en silencio y después asentí, regalándole una sonrisa forzada. Después de todo, no era su culpa. Sin embargo, no pude evitar sentirme molesta con Matt. Me hacía sentir como si quisiera controlar mi vida y mis decisiones, tal como en su momento lo había hecho James.

―¿Señor Wallace? ―nos interrumpió una secretaria―. Su oficina está lista. Venga conmigo, por favor.

―Te llamaré luego, Paige ―dijo, despidiéndose de mí con un gesto de la cabeza y avanzando tras la mujer.

Me quedé de pie, intentando ordenar mis ideas, hasta que noté que alguien me abrazaba por detrás y me susurraba al oído.

―Hola, amor. Ven conmigo.

Dejé que Matt me condujera con su mano apoyada en mi espalda.

Apenas cerró la puerta de su oficina, me besó como si no existiera un mañana.

Por un momento, caí rendida a sus caricias y a sus besos, pero el asunto de mi abogado no dejaba de darme vueltas y me separé de él, empujándolo con suavidad por el pecho para tomar distancia.

―Matt, detente ―pedí.

No podía pensar si lo tenía así de cerca.

―¿Qué pasa, Paige? ¿Estás bien?

―No ―dije, llevándome la mano a la frente―. ¿Por qué no me dijiste que ibas a contratar a mi abogado?

Matt parpadeó, sorprendido.

―Necesitábamos a alguien y pensé en él. Es bueno, Paige.

―Eso no responde mi pregunta.

Se hizo un silencio breve que lo puso en alerta.

―No creí que fuera necesario avisarte ―dijo con cautela―. Es trabajo.

Me aparté un poco más y le di la espalda.

―Matt, me ofreciste ayuda con mis asuntos personales y te dije que no era necesario, que estaba bien y que confiaba en mi abogado. ¿Recuerdas? ―pregunté, girando la cabeza para mirarlo a los ojos.

―Y sigues confiando en él ―replicó con suavidad―. Nada ha cambiado.

Lo miré fijamente.

―Pero lo contrataste sin decirme nada.

―Para la firma, Paige. No para llevar tu caso.

―Pero ¿de verdad no ves lo que eso parece?

Su expresión se endureció apenas y tomó una inspiración profunda, seguramente para tranquilizarse.

―Parece que estoy contratando a un buen profesional.

Negué con la cabeza.

―Lo que parece es que necesitas controlar mi vida, tal como hacía James. Sé que tienes buenas intenciones, pero cuando haces algo así… sin decírmelo, me haces sentir que no confías en que puedo hacerlo sola.

Matt dio un paso hacia mí y suavizó el gesto.

―Solo intento ayudarte, amor, pero también es cierto que necesitábamos a alguien y pensé en tu abogado ―dijo, abrazándome con suavidad―. ¿De verdad crees que estoy intentando controlarte?

¿Lo creía realmente? No estaba segura. Cuando Matt se proponía algo, no se detenía hasta conseguirlo, y yo era el mejor ejemplo de ello.

―No lo sé ―confesé―. Solo sé que ya viví algo donde las decisiones empezaban siendo por mi bien y terminaron siendo otra cosa.

Matt comprendió de inmediato cuál era la verdadera raíz de mi miedo. Lo vi en sus ojos.

―No soy él, Paige. Y no tienes que pensar que debes vigilar cada uno de mis pasos. Jamás te haré daño otra vez de manera intencional. ¿Lo entiendes? ―me aseguró, acariciando mi espalda con dulzura.

Me apoyé en su pecho y escuché los latidos constantes de su corazón. De inmediato me relajé.

―Sí, lo siento, Matt ―murmuré, avergonzada―. Es solo que mi situación con James me tiene alterada y me he desquitado contigo injustamente.

―No lo sientas. Debí decírtelo, amor ―admitió, acariciando mi mejilla―. No quiero que sientas que decido por ti.

Matt me sostuvo con suavidad y me besó la frente. Después repartió pequeños besos en mi rostro que apaciguaron mi espíritu.

―Ven esta noche a cenar ―pidió―. Holly preguntó por ti. Está aburrida con el pie así y le hará ilusión verte.

No pude evitar sonreír.

―¿Ella está mejor?

―Sí. Y mandona como siempre ―dijo con una mueca divertida y me reí.

―Habrá tenido a quien salir.

―Sí ―respondió Matt, abrazándome―. Por suerte, también tiene mi buen gusto. Te adora.

―Entonces tendré que ir ―dije, besándolo en los labios―. No puedo negarme a una invitación así.

Matt me sonrió con tanta ternura que mis latidos se aceleraron en respuesta. Era imposible no sumergirme en el azul de sus ojos y en la dulzura de su mirada. Definitivamente, había perdido la cabeza por él.