Los latidos que nos quedan 31. Una propuesta
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31. Una propuesta

«Algunas verdades se ocultan no por maldad, sino por miedo al dolor que provocan».

Toqué repetidas veces el timbre del apartamento de Carter y, cuando me di cuenta de que no iba a abrir la puerta, comencé a estrellar mi puño con insistencia.

No sé qué me pasó en ese momento, pero me llené de ira, o quizás era dolor.

No lo sabía bien aún. Mientras me dirigía a su casa, todavía reviviendo la discusión que había tenido con mis padres, Matt me llamó, pero no quise contestarle.

Y no porque no quisiera escuchar su voz, sino porque no quería que me notara extraña.

Mis padres habían sembrado la semilla de la incertidumbre en mi cabeza, llenándome de confusión y miedo respecto a él, y yo no quería tener miedo. Estaba harta de sentirlo.

―¡Carter, abre la puerta! ―grité, sin dejar de golpear.

Sabía que me estaba comportando de manera irracional, pero necesitaba respuestas y también recuperar el equilibrio.

Cuando me convencí de que en realidad no había nadie, la puerta se abrió y mi amigo apareció con muy mal semblante.

Tenía puesto un gorro de lana, bata y pantuflas, y con aspecto de estar enfermo.

―Perdona, cariño, pero estaba en el baño y no te escuché ―se disculpó, tiritando por el frío.

Fue cuando me preocupé de verdad y el enojo pasó al olvido.

―¿Qué tienes? ¿Otra vez estás enfermo? ―pregunté con preocupación, tocando su frente y notando que sudaba frío.

―No es nada. Solo es algo que comí y me sentó mal ―se excusó, caminando hasta su dormitorio y metiéndose en la cama.

Lo seguí, notando que el lugar estaba más desordenado de lo habitual y que Arabesque, el gato, dormía apaciblemente a los pies de la cama. En el velador había una serie de medicamentos, un termómetro y un recipiente de plástico para vómitos.

―Carter, ¿qué demonios te sucede? ―lo increpé―. Y no me digas que es algo que comiste, porque tú no sueles tener el estómago tan delicado, y llevas un tiempo enfermándote con frecuencia.

―Nada, Paige, de verdad.

Mentía. Mi amigo me estaba mintiendo en la cara y yo no comprendía por qué. Lo sabía por el color de su piel, las ojeras bajo sus ojos y el caos que era su habitación.

Fruncí el ceño cuando me sonrió con ternura.

―¿Por qué no me dices la verdad? ―pregunté con suavidad―. Te conozco y sé que algo me ocultas. Mi madre ha hablado con la tuya y no es cierto que fuiste a Seattle. ¿Dónde estabas?

―Ya te dije que estaba en casa de mis padres, Paige. Mi madre no ha estado bien de la cabeza. Últimamente se le olvidan las cosas. Es por eso que ayudo a mi padre de vez en cuando.

¿Sería verdad? Carter me sostuvo la mirada unos segundos y luego cerró los ojos, exhausto.

Decidí no insistir. Comencé a recoger la ropa desperdigada entre el dormitorio y el baño, intentando ordenar también mis pensamientos.

En el lavamanos había mechones de cabello corto y, al revisar el basurero, encontré el resto.

No hizo falta pensar demasiado para entender que se había pasado la máquina de afeitar por la cabeza.

Con un sobresalto, regresé al dormitorio y le quité el gorro de lana de un tirón.

―¡Carter! ―exclamé, horrorizada.

Él ni siquiera se inmutó.

―Si es por el corte, tranquilízate ―dijo, sin abrir del todo los ojos―. No es nada dramático. Perdí una apuesta con mi primo cuando fuimos a ver un partido de béisbol y… ya sabes cómo terminan esas cosas ―añadió, encogiéndose de hombros con una calma que desarmaba.

Al escucharlo, me alivió saber que no se trataba de otra cosa.

Sin embargo, no pude quitarme la sensación de inquietud de encima.

¿Sería verdad lo que me había dicho de su madre?

Me parecía extraño, ya que tampoco era una mujer mayor como para padecer enfermedades de deterioro mental.

No, Carter me estaba ocultando algo, y yo no me quedaría tranquila hasta dar con la verdad.

∞∞∞

―Paige, cariño, despierta ―escuché que me decía Carter sacudiéndome con suavidad por el hombro―. Te dormiste y ya es de noche.

―¿De verdad es de noche? ―pregunté, llevándome una mano a la frente―. Siento que apenas acabo de llegar.

Me incorporé en el sillón hasta quedar sentada y noté con agrado que mi amigo tenía mucho mejor aspecto que cuando llegué.

―Sí, pero si no te quieres ir a casa, puedes dormir aquí.

―No, tengo cosas que hacer y además no traigo ropa deportiva conmigo. ¿Irás mañana a trabajar?

―Si amanezco mejor, sí ―respondió, acomodándose el gorro de lana sobre la cabeza.

Carter se sentó a mi lado y luego tomó una carpeta.

―¿Qué es eso? ―quise saber.

―He estado pensando en algo desde hace un tiempo y me gustaría saber si estás de acuerdo en convertirte en mi socia.

―¿Yo? ―pregunté, extrañada.

Carter asintió y abrió la carpeta sobre sus piernas. Había documentos y algunas notas escritas a mano.

―No quiero a cualquiera a mi lado, Paige, y Dios sabe que yo solo no soy capaz de mantener el orden que requiere la academia, y que bastante me he apoyado en ti para tener éxito. Necesito a alguien en quien pueda confiar sin reservas. Y esa persona eres tú.

Negué con la cabeza, todavía desconcertada.

―Carter, yo no…

―Déjame terminar ―me interrumpió con suavidad―.

Eres la persona más honesta que conozco, Paige, y amas lo que haces.

No te mueves por ambición ni por conveniencia, sino por principios.

Y eso, en este negocio, vale más que cualquier cosa.

Confío en ti ―continuó, sosteniéndome la mirada―.

Sé que, si algo va mal, serías la primera en decírmelo de frente. Y también sé que nunca me utilizarías.

Habló con determinación y cariño, pero había algo vulnerable en su expresión que no supe descifrar.

―Pero ¿por qué crees necesario convertirme en tu socia? Sabes que puedes contar conmigo siempre. No necesito serlo para respaldarte.

―Lo sé, pero… ―dudó, buscando las palabras adecuadas― si algún día tuviera que entregarle todo a alguien, sería a ti. Eres la única persona a la que le confiaría absolutamente todo, y a quien dejaría todo.

El aire se me quedó atrapado en el pecho.

―Carter… ―susurré―. Me estás asustando.

Él tomó mi mano con firmeza.

―No lo hagas. No es algo de ahora. Lo he pensado mucho.

Quiero que formes parte de esto conmigo.

No solo porque te quiero, amiga, sino porque creo en ti.

Tú eres yo y yo soy tú. ¿Recuerdas? ―me besó el dorso de la mano―.

¿Qué dices? ¿Te gustaría ser socia de Nova Dance?

Te subiré el sueldo ―bromeó, haciéndome reír.

―Creo que estás loco ―murmuré, todavía con el corazón acelerado―. Pero no voy a ser una socia complaciente. Si algo está mal, te lo diré. No voy a callarme nada.

Carter sonrió y sus ojos se iluminaron.

―Nunca te callas de todos modos ―agregó con humor antes de abrazarme.

―Tonto ―le dije, golpeando su brazo con cariño.

Después de darme las gracias repetidas veces, me besó la mejilla y me dijo:

―Revisa el documento y firma los papeles, cariño. Sabía que podía contar contigo.

Le acaricié la mejilla con ternura y de pronto me invadieron unas enormes ganas de llorar. ¿Qué había hecho yo para merecer a un amigo como él? Era tierno, cariñoso y me quería. Era tanto el amor que sentía que no me cabía dentro y lloré.

―No llores, Paige. Es una buena noticia ―dijo, abrazándome con fuerza.

―Lo sé. Te quiero, Carter, y gracias por ser mi amigo ―susurré, emocionada.

―Y yo a ti, cariño. Te adoro. Eres mi otra mitad.

El calor de su cuerpo acarició mi mejilla y sonreí. Se estaba tan bien ahí, que me habría quedado para siempre.