Los latidos que nos quedan 30. Advertencias
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30. Advertencias

«Amar es un acto de fe, y dudar es el precio inevitable de haber confiado antes».

James había desaparecido otra vez y, después de nuestro desagradable encuentro, me comuniqué con mi abogado para informarle lo ocurrido.

Henry me tranquilizó de inmediato. Hacía semanas que todo se había puesto en marcha: la demanda por fraude, ya aceptada por el tribunal; su desaparición, que jugaba claramente en su contra, y la citación a declarar.

James se había convertido en un completo desconocido para mí, y encima tenía el descaro, luego de engañarme y conseguir dinero a mi costa, de intentar condicionar el divorcio, exigiendo dinero como si tuviera algún poder sobre mí.

Pensé en Carter. Hacía dos semanas que no lo veía y sabía que había regresado el día anterior. Si me daba tiempo después de visitar a mis padres, iría a su apartamento.

Tomé el autobús y me senté junto a la ventana, mirando a las personas pasar frente a mí, sin prestarles demasiada atención. Tenía una llamada perdida de Matt y un mensaje de voz que me apresuré a escuchar:

Hola, amor. Perdona por no llamarte antes, pero he pasado el día en el hospital. Holly se cayó en los juegos y se rompió un hueso del pie. Ella está bien, pero tendremos que quedarnos unos días más aquí, ya que la han operado. Te extraño. Te llamaré más tarde.

Me preocupé y le devolví de inmediato la llamada.

―¡Matt! ¿Qué ha pasado? ¿Holly está bien?

―Hola, amor ―contestó, y de inmediato me alivió escuchar el tono de su voz―. Sí, está bien. Ha sido una tontería. Se ha parado sobre un columpio y se desequilibró. Perdona por no avisarte antes, pero me quedé sin batería.

―No te preocupes. Pobrecita… con lo mucho que le gusta bailar y ahora tendrá que guardar reposo ―comenté, apenada―. ¿Y tú? Debes de estar cansado. ¿Hay algo que pueda hacer por ti?

―Con saber que estás pensando en mí y escuchar el sonido de tu voz me basta. Te llamaré por la noche, ¿de acuerdo?

―Está bien. Intenta descansar y envíale un abrazo enorme a Holly de mi parte.

―¿Y no hay abrazo para mí? ―bromeó, juguetón.

―Para ti también. Te quiero ―dije sonriendo.

―Paige ―dijo antes de cortar la llamada―. Te amo.

Un cosquilleo feliz revoloteó en mi estómago cuando lo escuché.

―Y yo a ti.

Tuve miedo, miedo de sentirme así, tan feliz. Sin embargo, no permitiría que ese temor ensombreciera mi ánimo.

∞∞∞

Cuando me separé de James, mis padres me ofrecieron que viviera con ellos, pero no me parecía bien que tuvieran que recoger los pedazos rotos de mi fracaso matrimonial.

Además, necesitaba estar sola, aunque fuera en ese apartamento feo y roñoso en el que, por increíble que pareciera, podía encontrar algo de paz.

Mi madre fue la primera en abrazarme cuando llegué a visitarlos y, aunque se mostraba alegre y relajada, yo sabía que por dentro se ahogaba en preocupaciones.

Ella tenía miedo de que Matt estuviera cerca de mí, que me lastimara.

La entendía bien, ya que la vi sufrir mis heridas como si fueran suyas. Sin embargo, Matt era mi decisión.

―¿Va todo bien con tus clases, Paige? ―quiso saber mi padre, acomodándose en el sillón junto a mamá―. Has venido poco a vernos.

―Lo siento, papá, pero como Carter está visitando a sus padres en Seattle, he tenido poco tiempo para venir, ya que estoy a cargo de la escuela.

Mi madre frunció el ceño cuando me escuchó.

―¡Qué extraño! ―comentó ella―. Ayer hablé con Catherine y precisamente se quejó de que su hijo lleva meses sin visitarlos.

―Eso es imposible ―me quejé, también extrañada―. Carter estuvo dos semanas en Seattle y llegó recién anoche a su casa. Ha ido nuevamente a ayudar a sus padres con la empresa familiar ―insistí―. Fue su misma madre la que se lo pidió.

―No, eso es imposible, Paige ―contradijo mamá con certeza―. Sabes que con Catherine somos muy amigas y hablamos con frecuencia, y puedo asegurarte que su hijo lleva tiempo sin visitarla. De hecho, ella está muy preocupada por él. ¿No te ha llamado? Ella dijo que lo haría para preguntarte.

―No ―respondí, confundida―, pero sí he hablado con él. Esto es muy extraño.

Si Carter no estaba yendo a Seattle como me decía, entonces, ¿a dónde iría? Y de ser así, ¿por qué me mentía?

Repasé cada detalle de nuestras conversaciones con atención, pero nunca hubo algo que me arrojara alguna luz sobre que se encontraba en otro lugar o de que me ocultaba algo. Es más, su voz siempre sonaba alegre, serena y convincente, demasiado convincente.

Si no estaba en Seattle, entonces llevaba tiempo mintiéndome, ocultándome una verdad, pero ¿por qué mentirme precisamente a mí?

Esa era la pregunta que más dolía. No era solo la posibilidad de que me ocultaba algo importante, sino que había sostenido la mentira durante meses, y eso había requerido cuidado y planificación.

―Paige, te estoy hablando ―dijo papá, elevando la voz para traerme de regreso.

Me había perdido en mis pensamientos.

―Perdona, ¿me dijiste algo? ―dije, aún con la mente puesta en mi amigo.

―Te preguntaba si seguías dando clases a la hija de ese hombre.

―¿Por qué les importa tanto? ―espeté, furiosa.

Me puse de pie y comencé a caminar de un lado a otro, incapaz de quedarme quieta―.

Entiendo que Matt fue un desgraciado conmigo y que arruinó mis sueños cuando era niña, pero eso no significa que siga siendo el mismo hombre.

―La voz se me quebró, aunque intenté mantenerla firme―.

Lo único que ha hecho es cuidarme, pedirme perdón y demostrarme que ha cambiado.

¿Por qué no pueden entenderlo? Ya no soy una niña.

Soy una mujer adulta y puedo tomar mis propias decisiones.

―Porque no queremos que te equivoques otra vez ―respondió mi padre―. Apenas estás intentando reconstruir lo que quedó de tu matrimonio con James y ahora aparece este infeliz que solo te está utilizando, Dios sabe para qué.

―¡Eso no es cierto, papá!

―Le resultas conveniente ahora que tiene una hija ―dijo mi madre con dureza―. La usa a ella para llegar a ti.

―¿Otra vez con eso, mamá? ―bufé, exasperada―. Ya te dije que esa niña no tiene la culpa de nada y que Matt ha cambiado. Es asunto mío si lo dejo o no entrar en mi vida. ¡No se metan, por favor!

―Está bien ―sentenció mi padre―, pero no digas que no te lo advertimos.

La tensión en el ambiente podía cortarse con un cuchillo, pero yo ya tenía edad suficiente como para tomar mis propias decisiones, sean estas buenas o no.

―Será mejor que me vaya ―anuncié, molesta, y caminando hacia la puerta.

―Paige… ―dijo mi madre con voz conciliadora, pero levanté la mano y no la dejé hablar.

―Ahora no, mamá. Hablemos en otro momento ―pedí, abandonando la casa con el corazón apretado. Si me quedaba un minuto más, terminaría gritándole cosas que no quería decir. O lo que era peor, empezaría a dudar.

¿Por qué tenía que ser todo tan complicado? Solo a mí se me ocurría enamorarme de Matt Lancaster, y sabía que sería muy difícil arrancar esa etiqueta de «psicópata maltratador» que llevaba tatuada en la cara desde que era un joven adolescente.

Tomé el autobús y me limpié con los dedos una lágrima que se me había arrancado sin permiso, mientras pensaba cómo demonios les iba a explicar a mis padres que Matt y yo ahora estábamos juntos.

Ya me había tocado vivir la guerra que ellos le hicieron a mi primer marido, aunque ahora que lo pensaba bien, ellos tenían razón en no confiar en James.

Sin embargo, sabía que con Matt sería distinto.

Aun así, no pude evitar que una pequeña parte de mí dudara.