29. Si pidiera un deseo
«Un corazón no late de verdad hasta que conoce el amor».
Habían pasado dos semanas desde que Matt y yo comenzamos nuestra relación, una relación que decidimos mantener oculta a mi familia por razones obvias.
Todavía no me podía creer que él sintiera algo por mí, pero era aún más increíble que precisamente fuera yo la que se enamorara de él, después de nuestra historia juntos.
―Matt ―le pregunté, mientras permanecíamos abrazados en mi cama luego de amarnos hasta saciarnos―. ¿A qué te referías cuando decías que yo no estaba lista para escucharlo, y qué tiene que ver con los latidos?
Él me miró con duda y tomó una inspiración profunda antes de hablar:
―Desde la primera vez que te vi bailar, cuando estabas cerca, mis latidos se descontrolaban.
Sentía el corazón golpeándome el pecho con una fuerza que me daba miedo.
Incluso pánico, porque me gustabas demasiado, más de lo que estaba preparado para admitir ―respondió, alzando la mirada hacia mí, sin dejar de acariciar mi brazo―.
Por eso te dije que no estabas lista para escucharlo.
Porque no se trataba de un momento ni de algo reciente.
He pasado la vida entera enamorado de ti, Paige.
Solo tú has conseguido que mi corazón se sienta vivo otra vez.
Jamás habría pensado que Matt pudiera sentir esas cosas por mí en el pasado. Su manera de relacionarse conmigo era más la de una persona que odia a otra que la de alguien que ama. Sin embargo, ahora comprendía muchas más cosas respecto a su comportamiento de entonces.
―Extraña manera tenías de demostrarlo ―respondí, mirándolo e intentando encajar esta nueva información.
―Lo sé ―afirmó―. Era un estúpido que no supo valorarte como lo merecías y que descargó todas sus frustraciones contigo, la única persona que me hacía sentir vivo ―admitió con pesar.
Su confesión me estremeció y le acaricié la mejilla con suavidad―.
Te amo, Paige, y sé que es difícil de creer, pero es la verdad.
Sé también que jamás me quisiste, que nunca te sentiste atraída hacia mí.
―Matt ―dije, acariciando con mi pulgar su labio inferior―. En ese tiempo yo te tenía miedo. No podía quererte. Cada vez que te acercabas, sentía que debía protegerme. Me hacías sentir pequeña, vulnerable y fea.
Él se tensó apenas, pero no apartó la mirada.
―Lo sé ―respondió en voz baja―. No sabes cuánto me arrepiento. Eras la mujer más hermosa que había visto en mi vida, Paige, pero si no podías ser mía, tampoco quería que fueras de otro. Todo lo que dije e hice fue por mi egoísmo.
Sus dedos se cerraron con suavidad alrededor de los míos y pude notar que otra vez la culpa lo abrazaba, torturándolo.
―Ahora es distinto ―susurré―. Ahora me estás mostrando quién eres de verdad. Y este hombre es el que amo.
Matt se incorporó sobre un codo y me miró.
―¿Me amas, Paige? ―preguntó con un anhelo casi infantil.
Alcé la vista y le sonreí.
―Con todo mi corazón.
Su respiración se volvió irregular y llevó una mano a su pecho, como si intentara calmar sus latidos. Después, acortó la distancia entre nosotros y me besó.
Si pudiera pedir un deseo, pediría que este momento entre nosotros fuera para siempre. Matt me besaba no solo con sus labios, sino con el alma, con cada parte de su ser.
―Matt, si pudieras pedir un deseo, ¿qué pedirías? ―pregunté entre beso y beso.
Hizo una pausa para mirarme.
―Pediría que todos los latidos que me quedan en esta vida sean para ti.
Se me hizo un nudo en la garganta al escuchar la profundidad de lo que me acababa de revelar y apoyé ambas manos en sus mejillas.
―Entonces quédate conmigo, porque yo quiero compartir contigo todos los míos.
∞∞∞
Matt se había marchado al mediodía de mi apartamento, ya que ese fin de semana llevaría a Holly a Seattle para visitar a sus abuelos.
Insistió en que yo lo acompañara, pero no me sentía lista para ir con él y enfrentar con su familia esta nueva situación.
Además, mis padres querían que fuera a almorzar con ellos.
Bajé las escaleras del edificio sumida en mi nube de felicidad, tan absorta que no me di cuenta de que había un hombre esperando por mí, obstaculizándome el paso.
En un comienzo no lo reconocí: llevaba un abrigo oscuro, un gorro de lana y una bufanda que ocultaba casi la totalidad de su rostro, dejando libre solo los ojos.
James.
Mentiría si dijera que no le temí, porque así era. Su mirada tenía un brillo amenazador, mezclado con algo parecido a la desesperación.
Me detuve de golpe e intenté normalizar mi respiración para que no notara que me había intimidado.
―¡¿Qué haces aquí, James?!
―Quiero saber por qué has puesto una orden de alejamiento en mi contra ―respondió, subiendo con lentitud los peldaños hacia mí.
―Exacto, por lo tanto, debes irte si no quieres que te lleven detenido ―respondí, armándome de valor.
James soltó una risa seca, sin humor.
―Quiero que me digas por qué lo hiciste ―exigió saber, esta vez con más dureza.
―Porque sé que fuiste tú quien entró a mi casa y destruyó mis cosas. ¿Qué buscabas, James? ¿Los papeles de mi propiedad?
―No tienes pruebas de que fui yo ―rebatió.
―Sé que fuiste tú. Te conozco.
James se detuvo a un escalón de distancia.
―Está bien, lo reconozco. Fui yo quien entró, pero ¿de verdad creíste que sería tan fácil deshacerte de mí?
―Lo que creo es que no tienes ningún derecho a estar aquí ―dije, apretando el bolso contra mi cuerpo como un escudo―. Te pedí el divorcio hace meses. No quiero seguir siendo tu esposa.
Su mandíbula se tensó.
―No has tardado nada en revolcarte con otro…
y nada menos que con Matthew Lancaster ―escupió―.
El mismo que te humilló, que se rio de ti, que te quitó lo único que amabas.
―Se inclinó apenas hacia mí―. Qué tonta eres, Paige.
¿De verdad piensas que alguien así puede amarte?
No está contigo por amor, sino para dominarte, para controlarte.
Está jugando porque sabe exactamente dónde tocarte para romperte.
James quería hacerme daño, y lo sabía bien. Cada palabra estaba pensada para tocar las heridas que Matt había dejado en mí, las mismas inseguridades que arrastraba desde entonces, pero no pensaba darle ese poder.
Me pregunté qué tan cerca de mí había estado James como para saber con quién salía.
Conocía mi historia porque se la había contado durante nuestra relación, pero nunca imaginé que la usaría en mi contra de forma tan deliberada.
Eso fue lo que más me dolió. Era evidente que había investigado a Matt y que hablaba contra él por pura crueldad.
Aunque, muy en el fondo, una pregunta incómoda se abrió paso en mi mente: ¿y si no se equivocaba?
No. James quería dañarme, quería desajustarme emocionalmente, y yo no se lo permitiría.
―Aléjate de mí y firma los papeles de una vez ―exigí con una seguridad que estaba lejos de sentir.
―Ya te dije que no voy a firmar nada ―masculló.
―No puedes obligarme a seguir casada contigo ―insistí.
―Si quieres el divorcio, Paige, consigue dinero. Y entonces firmaré.
―Eso es extorsión ―protesté.
―Llámalo como quieras ―dijo, y sus ojos brillaron, amenazantes―. Es el precio de tu libertad.
Luego se dio la vuelta y desapareció, dejándome a solas, lidiando con un cúmulo de emociones que no sabía cómo gestionar.