28. El beso del perdón
«Un beso puede cambiarlo todo entre nosotros».
Cuando Matt me dejó en el suelo, se encargó de hacerlo despacio, asegurándose de que nuestros cuerpos se rozaran por completo.
Me estremecí. Había un brillo juguetón en sus ojos, pero también un destello amenazador; aunque lo que me produjo no fue miedo, sino una tensión deliciosa que me recorrió de pies a cabeza.
―No existe manera alguna de que baile con eso puesto. Prefiero hacerlo desnudo que con mallas ―me advirtió, sin dejar de sonreír.
―Solo bromeaba ―lo tranquilicé―. Eres fuerte, así que algo podremos hacer con esto ―dije refiriéndome a sus brazos―. Veremos cómo se te dan las elevaciones.
―Estoy listo ―dijo, rebotando y soltando los músculos.
―Ven ―le dije, acercándome un paso―. Lo que haremos no es tan difícil. Solo tienes que obedecerme.
―Soy muy obediente ―agregó con una sonrisa que nuevamente hizo que se me subieran los colores al rostro.
Matt sabía bien lo que hacía. Sabía cómo mirarme, cuándo acercarse y cuándo alejarse.
Disfrutaba de cada una de mis reacciones, de ese leve temblor que yo intentaba disimular cuando me tocaba y de los frecuentes sonrojos de mi piel.
Y lo peor ―o quizás lo mejor― era que yo también lo sabía, y aun así no hice nada por detenerlo.
―Coloca una mano aquí ―dije tomándolo por la muñeca hasta dejarla en mi cintura, justo por encima de la cadera.
―¿Aquí? ―preguntó, con la mirada oscurecida.
―Ahí. Firme, pero sin apretar. La otra mano debe sostener la mía en lo alto ―dije, entrelazando nuestros dedos―. Ahora giraré sobre mi eje mientras tú me guías, impulsándome desde la cintura.
―Eso suena peligroso ―bromeó.
―Concéntrate, Matt ―advertí y me sonrió en respuesta. Después se puso serio.
―Estoy listo ―me dijo.
Adopté la posición, erguida, alargando el cuello y llevando el peso hacia la punta de un pie.
La otra pierna la elevé hacia arriba mientras él me ayudaba a girar.
Lo hizo con torpeza, pero se notaba que disfrutaba de la experiencia.
Matt no tenía la gracia de un bailarín, pero cada movimiento suyo era una danza de seducción y yo estaba cada vez más atrapada entre sus garras.
―Bien ―dije, deteniéndome frente a él―. Sujétame con ambas manos por la cintura, y cuando te diga «ya», flexionas un poco las rodillas y me levantas. No tires con tanta fuerza. Soy yo la que salto. Tú sostienes.
―¿Y si me caes encima? ―preguntó con un brillo malicioso en los ojos.
―Te castigaré ―amenacé en un tono burlón.
Salté con ligereza y, para mi sorpresa, sus brazos respondieron con precisión. Me elevó sin esfuerzo, sosteniéndome a la altura de la cintura, y por un instante quedé suspendida por sobre su cabeza, con el cuerpo alineado y una pierna extendida hacia atrás.
―Vaya… ―susurró―. No pesas nada.
―Porque no me estás cargando ―le corregí, divertida―. Me estás acompañando. Ahora gira despacio ―añadí―. Solo un poco… sí, así.
Me giró con cuidado, concentrado, sujetándome como si yo pudiera romperme. Cuando volví al suelo, lo hice con suavidad. Nuestros cuerpos se encontraban otra vez demasiado cerca. Matt parecía absorto, y no pude evitar mirarlo con diversión.
―¿Ves? No era tan terrible.
―No ―admitió, con una sonrisa lenta―. Me siento muy varonil ―respondió, recuperando el buen humor.
La magia del momento se rompió cuando mi teléfono comenzó a vibrar. Caminé hacia la mesa para ver de quién se trataba y, al notar que era un número desconocido, respondí con cautela:
―¿Diga?
Nadie respondió. Volví a hablar, pero nada. Miré la pantalla y noté que los segundos seguían avanzando. Era como si alguien estuviera escuchando y no se decidiera nunca a decir algo.
Me encogí de hombros y corté. Sin embargo, no pude evitar pensar que era James. Aún nadie daba con su paradero, lo que era lógico. Se escondía como el cobarde mentiroso que era, porque sabía que las deudas y las demandas acabarían alcanzándolo.
Antes de girarme, sentí la presencia de Matt tras de mí.
Lo supe por cómo se me erizó el vello de la nuca y por el agradable aroma que inundó mi nariz.
Me paralicé, notando que el ambiente que nos envolvía había cambiado.
Podía sentir su respiración cerca de mi oído como una caricia y sus brazos envolverme con suavidad por la cintura.
Su mentón descansó sobre mi cuello e inspiró, como si quisiera guardar en su memoria mi olor.
Mis latidos se aceleraron hasta tal punto que creí que él los escucharía.
Cerré los ojos disfrutando de la sensación de su cuerpo pegado al mío, de sus manos acariciándome con suavidad, de sus labios recorriendo mi cuello hasta llegar a mi mejilla con una lentitud que me pareció dolorosamente maravillosa.
―Paige ―susurró mi nombre.
Abrí los ojos apenas un instante y lo vi.
Me miraba con un deseo que pocas veces había percibido en los ojos de alguien, como si, de no hacerme suya en ese momento, pudiera morir.
Y entonces me giró con lentitud, sin dejar de rodearme con sus brazos, y me besó.
No fue un beso cualquiera. No. Era un beso cargado de años de pasión contenida, de culpa y de sanación.
Era un beso que pedía perdón y que a la vez liberaba.
Todo mi cuerpo respondió a su calidez, a la suavidad de sus labios y a la paciencia con que tomaba lo que yo le daba.
Me perdí en él, y correspondí a ese beso como si mi vida también dependiera de ello.
La intensidad del momento aumentó y el mundo exterior desapareció.
No existía nadie que cuestionara mis acciones ni mis sentimientos.
Solo estábamos nosotros y ese instante; nuestro instante.
Supe que no había marcha atrás, que me estaba entregando sin reservas, confiando en que era lo que yo quería. Todo era respiraciones agitadas, latidos y un deseo tan intenso que apremiaba apagar. Nunca me habían besado de ese modo, con tanta pasión. Nunca me había sentido así con nadie. Jamás.
Matt me levantó por las piernas y me sentó sobre la mesa mientras él permanecía de pie, y continuó besándome con ansias. No quería que nuestro momento finalizara, pero el teléfono nuevamente comenzó a vibrar de manera insistente, y nuestra magia se rompió.
Miré el teléfono y me di cuenta de que era el mismo número desconocido de antes.
―Contesta ―me dijo.
―Lo siento ―me disculpé antes de aceptar la llamada―. ¿Diga?
Nada. Nuevamente guardaron silencio al otro lado de la línea. Después, la comunicación se cortó. Me encogí de hombros.
Cuando miré a Matt me estaba observando con tanta ternura que me estremecí.
Le sonreí y me besó con suavidad, antes de apoyar su frente en la mía.
Podía sentir el calor de su aliento mezclándose con el mío, y supe que nada volvería a ser igual.
Habíamos cruzado otra línea que no tenía retorno y, por primera vez, supe que estaba exactamente donde debía estar. Con él.