27. Complicidad
«La complicidad nace cuando alguien ve tus sombras y se queda».
En los días que siguieron, me descubrí esperando a que Matt llegara con Holly a clases. Ya no lo evadía como antes. Es más, esperaba con ansias el momento en que nuestras miradas se encontraran y su aroma invadiera mi nariz. Sí, era una tonta, pero era una tonta feliz.
―Hola, cariño ―me saludó Carter, besando mi mejilla cuando entré en su oficina por la mañana―. ¿Va todo bien?
―Sí, dentro de lo que se puede ―respondí, sentándome frente a su escritorio―. Hablé con mi madre y sigue muy molesta conmigo por el asunto de mi amistad con Matt, y he tenido que gritarle para que dejara de molestarme con eso. ¿Te lo puedes creer?
Carter me miró, entrecerrando los ojos, tal como hacía cuando me estaba analizando.
―¡Qué! ―bufé, exasperada.
―Nada… es que se me hace extraño que hables de «amistad» con él. ¿Estás segura de que no se trata de algo más?
Apreté los labios y negué rápido con la cabeza. No sabía cómo llamar a lo que teníamos con Matt, pero fuera lo que fuera, me gustaba.
―No lo sé, Carter ―me sinceré. No tenía sentido ocultarle nada a él.
Después de todo, era quien mejor me conocía y quería lo mejor para mí―.
Es que este hombre y el que me dañó en el pasado no son la misma persona ahora; y desde que hablamos el martes por la noche, luego del partido, me siento mucho mejor con él. ¿Crees que estoy cometiendo un error?
Mi amigo me miró y se cruzó de brazos sin dejar de analizarme.
―No, lo que creo es que ese hombre lleva tantos años enamorado de ti que hará cualquier cosa por tenerte, cariño. Solo debes asegurarte de que seas tú la que también quiere lo mismo.
Sus palabras me revolvieron el estómago y aceleraron el ritmo de mi corazón.
―No digas tonterías ―dije, riendo―. Ambos sabemos que eso no es así. Sin embargo, supongo que ahora sí le gusta estar conmigo, y cada vez que nuestros cuerpos están en contacto se me eriza el vello de la piel.
―Entiendo, es de los que tocan. Un roce ocasional por aquí, otro empujoncito por la espalda por acá, sonrisa seductora y palabras al oído…
Ese hombre está en pleno ritual de apareamiento ―aclaró―.
Solo asegúrate de ser tú la que pone los límites.
Lo importante es que tengas claro si puedes o no puedes confiar en él. Tú tienes la respuesta.
Guardé silencio, reflexionando acerca de lo que me había dicho. A pesar de que me estaba agradando pasar tiempo con Matt, también lo era el hecho de que yo era una maraña emocional y que mi vida, así como estaba, era caótica. No podía complicar más las cosas.
―¿James apareció? ―preguntó Carter, cambiando de tema abruptamente, devolviéndome a la realidad.
―Ni me hables de ese desgraciado. Lleva días sin dar señales de vida y yo todavía no puedo vender mi casa por su culpa ―le respondí, haciendo un gesto de hastío con la mano.
―¿Está vigente la orden de alejamiento todavía?
―Sí ―respondí. Miré la hora y me levanté para ir a dar clases―. Tengo que irme.
Justo cuando iba a salir, Carter me habló:
―Paige, tengo que viajar a Seattle mañana y me quedaré más días esta vez. Podría ser una o dos semanas ―se explicó, y yo fruncí el ceño, preocupada por él―. ¿Te quedarías a cargo de la academia otra vez?
―Claro que puedes contar conmigo siempre, pero ¿va todo bien con los negocios de tu familia?
Carter me sonrió y asintió.
―Sí, pero parece que mi padre se ha empeñado en que sea yo quien se encargue de eso ―respondió, entornando los ojos.
―Está bien. Tú confía en mí, que todo estará bien por acá. Reorganizaré tu desorden, como siempre.
Carter me lanzó un beso y yo sonreí. Esos días no me costaba nada hacerlo, a pesar de todo.
∞∞∞
Me encontraba sola en la academia y ya era de noche cuando Matt llegó.
Apenas entró, cerré con llave por dentro y nos dirigimos a mi salón de clases.
Se notaba que se había duchado, seguramente después de su entrenamiento de baloncesto, porque olía a perfume caro y a gel de ducha, y su cabello aún conservaba algo de humedad.
Yo, en cambio, todavía vestía la ropa con la que hacía clases, ya que era más cómoda para lo que tenía en mente con Matt.
―¿Quieres un café? ―le ofrecí, y él aceptó. Serví dos tazas y después las dejé en la mesita frente al sofá donde nos sentamos―. ¿Con quién dejaste a Holly?
―Con una niñera ―respondió, bebiendo un sorbo de la taza―. Puede que suene tonto, pero te he extrañado estos días.
―Pero ¡si me has visto toda la semana! ―le respondí, sorprendida y controlando con respiraciones los acelerados latidos de mi corazón.
―Extraño hablar contigo, Paige. A ti te cuento cosas que no le confío a nadie, ni siquiera a Ethan.
Mentiría si dijera que el cumplido no me agradó, porque sí lo hizo. Sin embargo, no supe qué decir, así que me limité a mirarlo y a sonreír, sintiéndome repentinamente tímida.
―¿Sabes? La última vez que lloré fue cuando murió mi hermano ―comentó con tranquilidad―. Después de eso, canalicé mi dolor en forma de ira. Por eso siempre me metía en problemas. Pero el martes, contigo… bueno, fue liberador.
Lo soltó sin más, sin vergüenza ni arrepentimiento. Por extraño que pudiera sonar, me sentí orgullosa de él y del hombre en el que se había convertido.
―Eso es mucho tiempo ―dije, y él asintió, serio―. ¿Y tus padres cómo lo han llevado?
―Mal ―dijo sin rodeos―. Mi padre sufrió la pérdida de Marcus, no lo niego, pero poco tiempo después descubrí que tenía una amante y lo odié por engañar a mi madre en el momento en que más lo necesitaba.
Ella fingía que todo estaba bien, aunque yo sabía que no era así.
No sabía cómo ayudarla, así que me enojé con el mundo, con él y conmigo, porque no era capaz de hacer nada para ayudarla a lidiar con todo.
Supongo que esa ira fue la que me mantuvo de pie durante años.
―No era tu responsabilidad ayudarla, Matt. Eras un niño que sufría también la pérdida de un hermano.
―Ahora lo sé, pero por ese entonces no. El baloncesto me salvó de terminar muy mal, y también tú ―se sinceró.
―¿Yo?
―Sí, tú ―afirmó, asintiendo con la cabeza―. Todo a mi alrededor me parecía gris, áspero y feo. Yo mismo lo era. Pero, incluso entonces, en medio de toda esa hostilidad en la que me sentía atrapado, tu danza era el único lugar donde todavía podía encontrar belleza.
Algo se acomodó dentro de mí al escucharlo.
Era como si una verdad ignorada durante años acabara de revelárseme.
Recordé las veces que sentí su mirada mientras bailaba, y también la historia de la caja musical.
Tal vez Carter no estaba tan equivocado respecto a él; tal vez Matt había encontrado en mi danza algo más que una distracción en medio de su situación familiar.
Tragué saliva, sintiéndome extraña con su confesión.
―Matt… ―dudé―. ¿Por qué me cuentas estas cosas? No me malinterpretes, me agrada que lo hagas, pero hay algo más, ¿verdad? Algo de fondo.
―Ya te lo dije antes. No estás lista para escucharlo, pero tiene que ver con los latidos.
Dejó la taza sobre la mesa y se puso de pie. Me tomó de la mano y me ayudó a incorporarme. Parecía un animal al acecho, decidido a hacerse con su presa. Sus ojos azules se clavaron en los míos con una intensidad casi sobrenatural, y me estremecí. Luego me abrazó, sin dejar de mirarme.
―Gracias, Paige ―dijo, sin soltarme y sin romper el contacto visual.
Me pregunté si me besaría y, en cuanto esa idea cruzó mi mente, ya no tenía tan claro si quería que lo hiciera o no.
Me paralicé cuando miró mis labios y una sonrisa tierna apareció con lentitud en su viril rostro.
Qué atractivo me pareció, y temí que pudiera notar el ritmo frenético de mis latidos y el sonrojo de mi piel.
Carraspeé.
Con el fin de ganar tiempo para recuperarme, miré hacia el rincón donde descansaba una prenda oscura. Él siguió la dirección de mi mirada con curiosidad.
―Ha llegado el momento de que cumplas con tu palabra ―le informé, y arrugó el rostro en una mueca divertida que me hizo reír―. Es hora de bailar, pero deberás utilizar esas mallas.
Me soltó y caminó hasta ellas para levantarlas con los dedos como pinzas.
―Es una broma, ¿no? ―preguntó, horrorizado.
Estallé en una carcajada al mirar su expresión de terror. Fue tan divertida que no pude contenerla. Matt soltó las mallas como si quemaran y, luego de un salto, corrió hasta mí y me cargó sobre el hombro para castigarme.
Suspendida así, tan cerca de él, entendí que habíamos cruzado una línea y que ninguno parecía tener prisa por volver atrás.