26. Una nueva oportunidad
«El pasado seguía ahí, pero ya no me alcanzaba».
Acababa de hacerlo, de perdonar al hombre que me había destruido en el pasado, que había roto todos mis sueños y que me había dañado de todas las maneras posibles, y lo más increíble de todo era que me sentía bien, en paz.
Apenas pronuncié las palabras que sanaron las heridas que se habían abierto con nuestro reencuentro semanas atrás, mis cicatrices dejaron de sangrar:
«Te perdono».
Bastó que las dijera para que Matt me mirara con una mezcla de incredulidad y esperanza.
Estaba oscuro dentro del vehículo, pero yo podía notar el enrojecimiento en sus ojos y la humedad de sus mejillas.
Nos miramos fijamente y me estremecí. Me estremecí por su cercanía, por la sinceridad que leí en sus ojos, por la pasión con que me analizaba, como si no se creyera aún las palabras que le había regalado.
Me tomó las mejillas con ambas manos y me las acarició con una suavidad que contrastaba con el tamaño de su cuerpo. Podía sentir el calor de sus dedos traspasar mi piel, y fue inevitable que mi corazón se acelerara otra vez.
En un movimiento reflejo, me atreví a acariciar también su mejilla y apoyé mi frente sobre la suya. Cerramos los ojos y nos quedamos así por un buen rato, respirando una paz que ninguno de los dos parecía haber experimentado en años, y me encantó.
―Gracias ―susurró bajito, tanto que casi no le oí―. Te compensaré… por todo.
Me incliné hacia atrás para romper el contacto y lo miré con agradecimiento, incluso con cariño.
―Matt, estoy bien ―lo tranquilicé―. No tienes que compensar nada, de verdad.
―Sí, tengo que hacerlo ―respondió, apasionado―, porque cada cosa que tuviste que soportar, cada herida tuya lleva tatuado mi nombre. Y necesito hacerme cargo de eso para devolverte lo que te arrebaté.
No le dije nada, ya que comprendí que, mientras no lo hiciera, jamás dejaría de avergonzarse de sí mismo.
El silencio volvió a envolvernos. Ya no era incómodo ni tenso, sino que había cambiado en densidad. Se había llenado de emociones, de dolores ocultos y de verdades, y, por increíble que pareciera, ya no dolían.
Me recosté en el asiento y cerré los ojos un instante, dejándome llevar por esa nueva y extraña sensación de calma.
Se había roto la última barrera que había erigido entre nosotros.
Sabía que había pasado poco tiempo para hacerlo, pero estaba convencida de que era lo correcto.
Podía sentirlo en mi interior como una certeza.
Yo ya no tenía miedo de que él pudiera lastimarme, o al menos no de la manera en que lo había hecho.
Cuando volví a mirarlo, su expresión era distinta: más ligera, menos atormentada.
―Podrías comenzar por llevarme a comer algo por ahí ―dije con humor para aligerar los ánimos―. Muero de hambre.
Funcionó, ya que sonrió soltando una carcajada corta y alegre que me desarmó.
―Te propongo algo ―comentó, girándose hacia mí―. ¿Qué te parece si después de comer jugamos baloncesto?
―¿Los dos? ―Tragué saliva, fingiendo nerviosismo―. ¿No crees que sería un poco injusto? Tú eres muy bueno y yo… bastante terrible.
―Entonces podemos equilibrarlo de otro modo ―replicó sin pensarlo―. Tú podrías enseñarme algo de ballet. Pero, eso sí, algo masculino ―se apresuró a decir.
No pude evitar sonreír.
―¿Matt Lancaster quiere bailar? ―bromeé, arqueando una ceja.
―Solo si implica usar los brazos y las manos en el cuerpo de la bailarina ―respondió, acercándose un poco más, juguetón―. Ya sabes… levantar a la chica, sostenerla en lo alto pegada a mi cuerpo, acariciar su piel. Ese tipo de cosas ―aclaró con fingida inocencia.
Su sonrisa se volvió ladeada y oscura, y comprendí con estupor que esa versión de él me gustaba más de lo que quería admitir.
Parecía relajado, espontáneo, y se mostraba verdaderamente interesado en pasar tiempo conmigo.
Había recuperado su humor y parecía ansioso por que yo le diera una respuesta positiva a su propuesta.
―Está bien, pero tendrá que ser otro día, porque es tarde y mañana debo levantarme temprano.
―Nada de eso, Paige. Hoy iremos a cenar, y luego jugaremos un partido corto de baloncesto tú y yo. Solo serán unos minutos. El ballet podríamos dejarlo para otro día si quieres.
―Lo que quieres es librarte de bailar ―reproché con humor y él entrecerró los ojos, divertido.
―Está bien, me has pillado ―suspiró con dramatismo.
Miré la hora y me di cuenta de que todavía era posible cenar y jugar al baloncesto.
Tal vez dormiría un poco menos esa noche, pero al menos lo haría feliz, ya que muy en el fondo no quería que nuestro tiempo juntos finalizara aún.
Me gustaba estar con él, más de lo que debería, pero era inevitable.
Todas esas sensaciones burbujeantes que experimentaba a su lado eran más agradables de lo que estaba dispuesta a admitir.
Al final nos decidimos por comida rápida y después Matt me llevó a la cancha donde entrenaba.
Estaba cerrada a esa hora, pero le bastó hacer un par de llamadas para lograr que la abrieran solo para nosotros.
Ya no quedaba rastro de tristeza en ninguno de los dos; al contrario, parecíamos dos adolescentes disfrutándose mutuamente, como si nada importara más en el mundo que pasar tiempo juntos.
En ese momento, mientras Matt me guiaba por el pasillo hasta el gimnasio con la mano apoyada en mi espalda baja, deseé que siempre hubiera sido así conmigo, pero no tenía caso pensarlo. De todas maneras, era el hombre que tenía a mi lado el que me interesaba conocer, y no la sombra de lo que fue.
Ya en la cancha, nos despojamos de nuestros abrigos y luego nos posicionamos frente a frente. Matt comenzó a botear el balón frente a mí.
―Muéstrame lo que sabes ―me dijo, lanzándome el balón con un bote.
Lo atrapé y rodé los ojos.
―No te confíes ―le advertí, antes de empezar a botar yo también―. Que sea una bailarina no significa que no sepa jugar.
Avancé con cautela al principio, probando su defensa, hasta que encontré un pequeño espacio y lancé. El balón golpeó el aro y salió despedido, pero Matt no se burló; al contrario, sonrió, claramente divertido.
―Nada mal ―admitió―. Otra vez.
Esta vez fui más rápida. Amagué hacia la izquierda, cambié de mano y pasé por su costado. Escuché su risa justo antes de que me alcanzara y me rodeara por detrás, atrapándome en un abrazo inesperado que me dejó sin movimiento y sin balón.
―¡Eso no vale! ―protesté, riendo, mientras intentaba zafarme.
―Todo vale si no hay árbitro ―respondió, sin soltarme de inmediato.
Me agaché para zafarme y le quité el balón. Era evidente que me había subestimado. Corrí hacia el aro con una sonrisa triunfal y, para mi sorpresa, encesté. Matt se quedó mirándome con una mezcla de asombro y orgullo.
―¡Vaya! ―dijo, apoyando las manos en sus caderas―. Definitivamente te subestimé.
Seguimos jugando así durante un rato entre risas, empujones suaves, intentos fallidos y otros inesperadamente buenos de mi parte.
Sin embargo, aunque me permitió anotar en un par de ocasiones, de igual manera me ganó.
Sus lanzamientos eran impecables, su agilidad se contradecía con su estatura y envergadura.
No tenía que hacer mucho para evidenciar el gran talento que tenía para este deporte, y una parte de mí se enorgulleció de él.
―Victoria ajustada ―anunció―, pero victoria al fin.
Me acerqué, fingiendo fastidio, y le di un pequeño empujón en el pecho. Ya me sentía lo suficientemente cómoda con él para hacerlo.
―La próxima vez no tendrás tanta suerte.
Él pasó un brazo por mis hombros y me atrajo hacia sí mientras caminábamos hacia la salida de la cancha.
―Esperaba que dijeras eso ―dijo, con una sonrisa que me calentó el pecho.
―Ya veremos cómo se te da el ballet ―comenté, y él abrió grandes los ojos, haciendo un gesto de horror.
―Está bien… retiro oficialmente lo de que podía con el ballet ―admitió, entre una risa nerviosa y una mueca de pánico.
Me fue imposible no reír.