25. Te perdono
«A veces es necesario romperse para renacer».
La cancha era un espectáculo vivo, palpitante.
Los jugadores del equipo de Ethan parecían decididos a ganar.
Me gustaba el ambiente que me envolvía; era alegre.
Seguí el movimiento de su cuerpo con atención: Ethan era un jugador seguro y preciso que se adueñaba del espacio.
Jugaba como si siempre hubiera pertenecido allí.
A mi lado, Matt no decía mucho, pero su cuerpo hablaba por él.
Estaba inclinado hacia adelante, con los antebrazos apoyados en las rodillas y los ojos brillantes por la emoción.
Todo su ser estaba atento a las jugadas.
De vez en cuando, soltaba alguna palabrota que me hacía reír.
No había ni una pizca de hostilidad en él ni ninguna de las caretas que yo le conocía.
Se veía cómodo, relajado, incluso feliz, y eso me sorprendió más que cualquier canasta o lanzamiento triple.
En ocasiones, durante nuestra época escolar, vi a Matt jugar baloncesto junto a Ethan, y era extraordinario.
No había que ser un erudito en ese deporte para notar cuando alguien se destacaba.
Parecía disfrutar mucho cuando jugaba, pero como para mí era una persona a la que prefería evitar, no le prestaba mayor atención.
Ahora, al mirarlo disfrutar del juego desde la gradería, comprendía que para él el baloncesto era tan importante como para mí lo era el ballet.
―¡Así se juega! ―gritó, eufórico, cuando Ethan saltó para interceptar el balón en el aire y luego se lo entregó a un compañero, que casi al instante lo encestó.
Matt me miró y le sonreí. No pude evitarlo.
Parecía tan contento, casi como si también él estuviera en la cancha y fuera parte del equipo.
Noté el anhelo en sus ojos, una nostalgia que no expresaba con palabras, pero que estaba ahí, acechando.
Una pizca de empatía despertó en mi interior por él, ya que, de algún modo lo comprendía.
Lo entendí, porque al igual que un escenario lo era para mí, esa cancha había sido su sueño, el camino que había querido recorrer y que nunca pudo por causa de su padre.
Un pequeño vuelco me sacudió el pecho al darme cuenta de cuánto desconocía realmente de su historia. El Matt que yo había conocido en mi juventud no tenía nada que ver con el hombre que ahora compartía el asiento conmigo.
―¡Ganamos! ―gritó, eufórico, y me abrazó con tanta fuerza que me levantó del suelo.
Mentiría si dijera que el contacto de su cuerpo pegado al mío no me afectó.
Nuevamente recordé las palabras de mi madre y me sentí como una verdadera tonta.
Lo había llamado «psicópata» una y otra vez, y aun así mis latidos no dejaban de sacudirme por dentro al tocarlo.
Era tan estúpida por enrojecer por él que, cuando me soltó, le di la espalda para que no lo notara.
Su olor se había quedado impregnado en mi nariz.
―¡Ven! Vamos a ver a Ethan ―me dijo al oído, muy cerca; tanto que percibí el calor de su aliento en mi piel.
Matt me tomó de la mano para que no me perdiera entre la multitud hasta llegar a los camarines.
Allí, un guardia que lo reconoció de inmediato le cedió el paso.
Esperamos en el pasillo unos minutos, hasta que su amigo apareció.
Yo no había visto a Ethan desde el día de mi accidente.
Él también había intentado visitarme en el hospital por ese entonces, pero mis padres no se lo habían permitido.
Y ahora yo estaba allí, con Matt, sintiéndome extraña y nerviosa por encontrarme con él luego de tantos años.
Era un encuentro cara a cara con el pasado.
Ethan salió del camarín con el cabello húmedo y oliendo a limpio. Al vernos, sonrió y se fundió en un abrazo con Matt, tan intenso como los que compartían en la adolescencia. Era como si el tiempo no hubiera pasado entre ellos. Después, me miró sin ocultar la sorpresa por verme allí.
―¿Recuerdas a Paige? ―le preguntó Matt, alegre.
―Claro que sí ―contestó Ethan, destinándome una sonrisa sincera―. Me alegra mucho volver a verte, Paige.
Su saludo fue cálido, respetuoso y medido.
Había genuinidad en el gesto, pero también una prudencia que no me pasó desapercibida.
Yo sabía por qué. Ethan había estado allí el día del accidente.
Había sido parte del juego estúpido de Matt.
Y aunque no lo dijera abiertamente, podía leer en sus ojos el peso de la culpa.
Pese a ello, se esforzó por ser amable, atento e incluso entusiasta.
―Me alegra verte también, Ethan ―dije, tratando de que mi sonrisa no delatara demasiado mi incomodidad―. Ha pasado mucho tiempo.
―Matt me ha contado que enseñas ballet a su hija ―dijo él, buscando un tema de conversación seguro.
―Sí, Holly aprende muy rápido ―me apresuré en responder.
―Mi hija aprende rápido porque tiene a la mejor maestra de ballet ―dijo Matt, haciéndome sonrojar.
Su amigo le palmeó el hombro y luego nos invitó a la celebración que tendría con sus amigos del equipo, pero Matt se negó, sorprendiéndome.
―Ven a verme cuando tengas un rato libre para que juguemos ―le dijo Matt―. Te gané la última vez y todavía no has tenido tu revancha.
―Si te gano, ya sabes lo que tienes que hacer ―advirtió Ethan, y Matt negó con la cabeza y una sonrisa.
Nos despedimos y Matt apoyó una mano en mi espalda para guiarme hacia la salida. No sabía si estaba nerviosa porque me tocaba como si le perteneciera o por el reciente encuentro con su amigo.
Mientras avanzábamos hacia el vehículo, no pude evitar satisfacer mi curiosidad, sobre todo ahora que Matt parecía dispuesto a responder cualquier cosa que le preguntara.
―¿A qué se refería Ethan? ―pregunté cuando ambos ya estábamos en el interior del automóvil.
Matt encendió el motor y la calefacción, pero no se movió del lugar.
―Quiere que me pruebe en su equipo desde hace años, pero siempre le digo que no.
―Pero ¿por qué? Creía que era lo que más querías.
―Es… complicado ―respondió, regalándome una sonrisa melancólica―. Holly me necesita ahora más que nunca, y si entro a los Houston Orbiters en este momento, casi no me vería. Sigo entrenando a diario, aunque no como quisiera, ya que apenas me queda tiempo, pero intento mantenerme en forma.
―Entiendo ―dije, porque comprendía que sacrificaba su sueño por el de su hija, y saber eso me conmovió.
―¿Y tú? ―dijo en un tono de voz cauteloso―. ¿Todavía sueñas con bailar profesionalmente?
Era la primera vez que Matt me preguntaba al respecto y me sorprendí al darme cuenta de que no me costaba decirle la verdad, de que otra de las barreras que había erigido entre nosotros se había derrumbado.
―Mi sueño cambió hace años ―le expliqué, pensativa―.
Hago justo lo que quiero, y es enseñar. Además, de vez en cuando me presento en alguna función con Carter, ya sea en nuestra academia o porque nos invitan otras escuelas.
Ya no tengo limitaciones físicas para bailar y estoy en constante contacto con un escenario ―dije sonriendo―. Vivo a diario mi sueño.
―Paige ―dijo, con una solemnidad que me erizó la piel. En ese instante supe que iba a hacerlo, que por fin iba a pedirme perdón―. Lo siento.
Tragó saliva y bajó la mirada. Las palabras en sí mismas pesaban demasiado y era evidente que quería deshacerse de esa carga.
Como no lo interrumpí, continuó hablando:
―Siento haberte hecho daño, no solo aquel día que lo cambió todo, sino también por cada vez que descargué mi frustración contigo en el pasado. No tenías la culpa de nada, y aun así te herí.
Levantó los ojos hacia mí y me percaté de que estaban brillantes, llenos de humedad contenida.
Me estremecí y mis ojos también se inundaron.
No me atrevía ni siquiera a decir nada. Tampoco podía romper el contacto visual con él.
De alguna manera me había anclado a la profundidad de sus ojos azules como si con ello pudiera librarme de las llamas del infierno.
Mi respiración se aceleró, y también la suya.
Matt sonrió con nostalgia y continuó:
―No hay excusas. Nunca las hubo. Solo quería que supieras que me arrepiento de verdad, que daría lo que fuera por poder borrar todo el dolor que te causé. Lo siento, Paige. Lo siento tanto ―dijo, rompiendo en un llanto tan inesperado como catártico.
Se sujetó con ambas manos en el volante y se inclinó hasta apoyar la frente sobre ellas. Entonces sollozó, liberando años de dolor y de culpa. Jamás habría imaginado que un hombre tan imponente como Matt pudiera romperse de ese modo delante de mí. La escena me desarmó.
Mis latidos se aceleraron, descontrolados, mientras una oleada de emociones se agitaba en mi interior hasta hacerme vibrar.
Una parte de mí se paralizó sin saber cómo actuar, pero otra ―más profunda y renovada― sintió la necesidad irrefrenable de consolarlo.
Comprendí, con una claridad que me sorprendió, que ya no guardaba rencor; que, de algún modo, mis heridas habían cicatrizado.
Movida por un impulso que nació en lo más profundo de mi interior, pasé un brazo por su espalda y acerqué su cuerpo al mío con delicadeza. Luego llevé la mano hasta su cabello y lo acaricié con suavidad. Él se dejó abrazar.
―Lo siento tanto ―susurró sobre mi hombro una y otra vez con la voz rota.
Lloré con él y lloré por él. Su cuerpo grande y fuerte se agitaba entre mis brazos como si fuera un niño. Matt tenía el alma rota y comprendí que solo yo podía reparar sus heridas.
Estuvimos así durante lo que me parecieron horas.
La posición era incómoda pero reconfortante.
Sus manos grandes y firmes se aferraban a mi cuerpo con desesperación, y creí que en cualquier momento podía romperme.
Mis latidos se fueron apaciguando hasta normalizarse.
Su respiración también se desaceleró. Los sollozos de ambos cedieron hasta convertirse en un silencio frágil, inundado de una extraña paz.
Cuando por fin levantó la cabeza me perdí en él, en su mirada azul. Y entonces se lo dije:
―Te perdono.
Matt me sonrió.