24. Cicatrices
«Hay cicatrices que no se ven,pero duelen más cuando se callanque cuando se confían».
Estaba tan nerviosa o, mejor dicho, ansiosa, que me probé toda la ropa que tenía en el armario y ninguna me quedaba como yo quería. Deseaba verme bien, sentirme bonita y, al mismo tiempo, natural. No quería usar nada muy elaborado que enviara un mensaje incorrecto.
Al final, me decidí por lo más simple: unos jeans desgastados ajustados, unas botas negras que me había comprado recientemente y una blusa ancha y suelta que me quedaba bastante cómoda.
Completé el look con un suéter blanco trenzado de cuello alto.
Me veía femenina. El cabello lo dejé suelto bajo mi gorro de lana y el maquillaje era sutil.
―¡Ay, no! ―exclamé cuando escuché los golpes en la puerta.
Aún faltaban quince minutos para las siete y yo todavía no estaba lista. Miré la pantalla de mi teléfono y encontré un mensaje de Matt, anunciando que estaba fuera.
«Te abro en unos minutos», le respondí con rapidez.
Miré el desastre que había dejado en mi habitación y guardé la ropa de cualquier forma dentro del armario. Tampoco quería que notara lo nerviosa que me encontraba, como si se tratara de una cita. De algún modo lo era, pero me negaba a verlo así.
El corazón me latió con fuerza y la respiración se me aceleró.
¿Por qué demonios me afectaba tanto? No debería haber aceptado salir con él.
Este era, sin duda, el peor momento de mi caótica vida para intentar divertirme.
Mis padres no me hablaban, mi exmarido se había convertido en una especie de psicópata, y Matt Lancaster, el chico malo de mi adolescencia, parecía especialmente interesado en mí, aunque yo no terminaba de entender por qué.
Abrí la puerta y me quedé paralizada. Me había acostumbrado a ver a Matt vestido de traje, pero ahora, con un aspecto más informal que aún denotaba cuidado, se veía más irresistible que nunca.
Tenía las manos en los bolsillos y una sonrisa canalla que erizó cada vello de mi piel.
Ese aire sensual que recordaba del pasado parecía haberse intensificado con los años. No era justo.
―Hola ―susurró.
Me miró de arriba abajo sin disimulo y me sonrojé. ¿Se podía ser más tonta?
―Pasa, estoy casi lista ―dije, haciendo un gesto con la mano para que entrara.
―Te ves preciosa ―comentó con naturalidad.
No le respondí. Me dio vergüenza. Además, no sabía muy bien cómo tomarme los cumplidos, y menos viniendo de alguien como él.
Recogí mi abrigo y después nos dirigimos a su automóvil. Antes de que yo pudiera abrir la puerta, se me adelantó y la abrió por mí.
―Gracias ―dije, una vez que me acomodé en el interior.
El vehículo olía a café recién hecho y a él. Era tan agradable que por un momento caí bajo un extraño hechizo.
―¿Tienes frío? ―me preguntó cuando se acomodó en su asiento y se puso el cinturón de seguridad.
―Un poco ―respondí.
Tomó uno de los cafés y me lo tendió.
―Sin azúcar, como te gusta ―dijo con una sonrisa.
―¿Cómo lo sabes? ―pregunté, extrañada.
―Te hice uno el sábado por la noche en tu casa.
Era cierto, pero estaba tan alterada ese día que no presté atención. El hecho de que recordara los detalles me hizo sentir bien y me relajé. Bebí un sorbo de café y por primera vez en días conseguí sentirme a gusto en su presencia, tal como esa noche en que fuimos al restaurante italiano con Holly.
―¿Te gusta el baloncesto? ―me preguntó luego de bajar la música de la radio.
―Lo suficiente como para ir a ver un partido ―le respondí sonriendo.
No quería que pensara que iba al baloncesto porque quería estar con él.
Todo en mi interior me gritaba que debía alejarme de su lado, pero por una extraña razón me costaba.
El hecho de haber presenciado cómo se desenvolvía con su hija, y las veces en que me había ayudado ―más de las que me habría gustado― me hacían confiar en Matt cada día más.
No podía negar que una parte de mí sí quería estar con él.
Yo debía estar muy mal para desear eso, pero cuando lo miraba, los latidos de mi corazón hacían brincos, como en una serie de sautés.
Matt chasqueó los labios, juguetón. No sé por qué, pero que se comportara así conmigo me gustaba. Ya no había rastro del joven hostil que me maltrataba en el pasado. Sin embargo, seguía sintiéndome como una tonta por pensar así, por permitirme disfrutar de él, aunque ya no fuera el mismo.
―Tenía la esperanza de que tal vez… ―dijo, mirándome y regalándome una sonrisa tan sensual que fue inevitable mirarle los labios y el hoyuelo en la mejilla.
Me sonrojé, pero como estaba oscuro no lo notó, o eso quise pensar.
―¿Tal vez qué? ―pregunté, sintiendo hormiguear mi estómago.
Se encogió de hombros y me sonrió.
―Que tal vez a ti no te disgustaba la idea de venir conmigo.
¿Bromeaba? ¿Qué podría decir frente a eso?
―Matt… ―dije, sin ocultar mi incomodidad.
―No digas nada ―me advirtió―. Lo que menos quiero es disgustarte, Paige. Solo quiero que te diviertas y que te olvides por un momento de tus problemas.
Lo dijo con tanta seriedad que me sobrecogí.
¿Era posible que realmente yo le importara a este hombre?
No sabía qué pensar. Sin embargo, sentía curiosidad y necesitaba satisfacerla para acabar, de una vez por todas, con esa agonía que me consumía cada vez que me encontraba con él.
Su sola presencia me generaba ansiedad, pues una parte de mí desconfiaba y pensaba que todo formaba parte de una broma cruel, destinada a hacerme sentir tan fea como cuando se burlaba de mí.
Por otro lado, a veces creía que Matt Lancaster cargaba con una culpa tan pesada sobre los hombros que necesitaba acercarse a mí para obtener mi perdón.
¿Cómo podría distinguir los verdaderos motivos de su acercamiento?
―Matt ―le pregunté, armándome de valor―. ¿Por qué querías que precisamente yo te acompañara al partido de baloncesto?
Me miró con ternura y apretó los labios, en un intento por contener sus palabras.
―No estás lista para escucharlo, Paige, pero tiene que ver con los latidos.
―¿Los latidos? ―pregunté sin comprender.
Asintió y luego fijó la vista en la carretera.
―Algún día te lo diré.
Hicimos el viaje en un silencio cómodo. Solo la música suave nos envolvía, junto con una extraña sensación de bienestar.
―¿Juegas baloncesto todavía? ―quise saber luego de un rato, movida por la curiosidad.
―Sí, jamás podría dejarlo. Se lo prometí a Marcus un día ―comentó, y en su voz se coló una melancolía que me llamó la atención.
Marcus. Entonces lo recordé. Matt había perdido a su hermano menor a causa de una leucemia cuando era niño.
―¿Te refieres a tu hermano? ―me atreví a preguntar.
Asintió despacio, abriendo una puerta que llevaba años cerrada.
―Tenía once años cuando falleció. Yo era un año mayor ―continuó―. Jugábamos juntos al baloncesto todo el tiempo. Soñábamos con dedicarnos a eso algún día, como Ethan… pero no fue posible.
Noté un nudo en el pecho. No solo por lo que decía, sino porque me lo estaba contando a mí.
―Debió de ser muy duro ―murmuré.
―Lo fue ―admitió―. Dejé de jugar cuando empeoró. No me parecía justo seguir mientras él agonizaba en una cama de hospital.
Tragué saliva, sin atreverme a interrumpirlo. Matt permanecía con la vista fija en el camino, absorto en sus recuerdos. Lo supe por el brillo de sus ojos y la melancolía de su voz.
Tras unos segundos de silencio, continuó:
―Cuando se enteró de que lo había dejado, me hizo prometerle que jamás abandonaría el baloncesto otra vez ―añadió―. Decía que, mientras yo jugara, él estaría conmigo, aunque no pudiera verlo. Marcus no quería que lo olvidara.
Sus palabras me atravesaron. Había dolor ahí, pero también amor.
―Y cumpliste la promesa ―dije en voz baja.
―Sí. Aunque nunca pude dedicarme por completo ―respondió con una sonrisa cansada.
―Por tu padre ―aventuré, y él asintió de nuevo.
Luego guardó silencio unos segundos, como si dudara.
―¿Sabes? ―dijo al fin, deteniendo el vehículo al llegar y sin apartar los ojos de mí―. Es la primera vez que le cuento esto a alguien.
Me sorprendí conteniendo la respiración. Nunca habría imaginado que Matt Lancaster también cargara con cicatrices invisibles, ni mucho menos que me permitiera verlas precisamente a mí. Y, de algún modo, el hecho de que me las confiara consiguió que empezaran a sanar también las mías.