Los latidos que nos quedan 23. Manojo de nervios
42%

23. Manojo de nervios

«A veces, el camino más difícil es el que nos lleva a hacer lo correcto».

No había rastro de James. Era como si se lo hubiera tragado la tierra, y no saber de él era casi tan inquietante como tenerlo cerca.

Se había vuelto peligroso para mí, por lo que había hecho una denuncia en su contra el sábado por la noche, con Matt como testigo, con el único fin de obtener una orden de alejamiento temporal mientras se investigaba el caso del ingreso en mi apartamento.

Y aunque no había manera de dar con su paradero, el hecho de haber dejado registro me daba la sensación de tranquilidad.

Nadie me quitaba de la cabeza que había sido él quien entró en mi casa y destrozó mi valiosa colección de bailarinas.

Mis padres estaban preocupados por mí; nunca fue un secreto que jamás confiaron del todo en James, ni tampoco en mi capacidad para elegir bien a los hombres.

Mi madre se había marchado furiosa luego de encontrarse con Matt en mi apartamento el domingo por la mañana, y no pasó ni una hora antes de que mi padre me sermoneara por teléfono por lo mismo.

«¿Estás loca?», o «Aléjate de ese hombre antes de que sea demasiado tarde» fueron las frases que más escuché salir de sus bocas.

Me molestó que se inmiscuyeran en mi vida y que no confiaran en mis decisiones. Sabía que su reacción nacía de la preocupación, pero las cosas parecían ser distintas ahora con Matt, y la verdad era que yo tampoco era la misma. Además, ya tenía edad suficiente para saber qué me convenía y qué no.

Era martes y hacía frío, aunque ya no nevaba.

Holly parecía más cómoda en mi presencia y se había hecho amiga de varias de las niñas de la clase.

Como siempre, Matt la esperaba sentado en el rincón junto a los otros padres, vestido impecablemente y oliendo a perfume caro y a limpio.

De vez en cuando nuestros ojos se encontraban y un cosquilleo bailaba en la boca de mi estómago.

Algo había cambiado entre nosotros ese fin de semana.

―La clase ha terminado ―anuncié a mis estudiantes, aplaudiendo su desempeño.

Tomé una toalla y me limpié la cara. El salón estaba lo suficientemente calefaccionado como para hacerme transpirar.

Carter me observaba con atención, apoyado contra la pared, mientras Matt caminaba hacia mí.

De repente los nervios me invadieron. La comodidad que sentía con él me asustó, pero lo oculté tras una sonrisa ensayada.

―Toma ―me dijo, sacando de su bolsillo una caja pequeña. Al abrirla me conmoví, pero apreté los labios para ocultar lo mucho que había significado para mí su gesto―. La mandé a arreglar. Pensé que te gustaría verla girar otra vez.

―No tenías que hacerlo ―murmuré, sin atreverme a mirarlo a los ojos durante mucho tiempo―. Gracias.

Me sonrió.

―¿Qué harás hoy por la noche?

La pregunta me pilló desprevenida y no se me ocurrió ninguna excusa para librarme de lo que fuera que iba a ofrecerme.

―Supongo que iré a casa, a menos que Carter…

―Tengo entradas para el juego de los Houston Orbiters ―me interrumpió, antes de que pudiera negarme―. ¿Me acompañarías?

Miré a Carter, lanzándole una mirada de auxilio que no llegó. Mi amigo parecía verdaderamente interesado en lo que yo tenía que decir y se quedó observándome con gesto curioso, casi divertido. ¿No decía que no iba a permitir que nadie me hiciera daño? ¿Por qué no me salvaba de esa situación?

―No creo que pueda, Matt. Estos días han sido algo intensos ―me excusé.

―Y por eso creo que te haría bien distraerte viendo un emocionante partido de baloncesto ―insistió.

Apreté los labios y miré la caja musical entre mis dedos. Después solté el aire despacio y asentí.

―Está bien ―dije, y él sonrió―. ¿Dónde nos vemos?

―Pasaré por ti a las siete.

―No es necesario que vayas por mí. Puedo llegar por mi cuenta.

―No ―dijo con calma―. Iré por ti.

Me sonrió y luego se despidió.

Apenas desapareció por la puerta, tomé a Carter por el brazo y lo encaré en el pasillo.

―¿Por qué no me ayudaste? ―le reproché.

―No podía, cariño ―me dijo en un tono entre sincero y risueño―. Te quejas constantemente de que tus padres no te dejan tomar tus propias decisiones, y estoy muy de acuerdo con eso. Además, tú querías ir con él.

―¡Eso no es cierto! ―me apresuré en negar, pero era Carter y a él no lo podía engañar.

―Vamos, cariño. Diviértete un poco, que eso no tiene nada de malo. Solo lee las señales de peligro.

―¡Todo él es un peligro! ―rebatí, recordando las mariposas que revoloteaban en mi interior cada vez que me encontraba cerca de Matt.

―Lo sé ―dijo Carter con calma―. Pero tú también lo eres para él y, sin embargo, ha decidido arriesgarse.

―¿Por qué insistes con eso? No me creo esa estupidez de que yo le gustaba en el pasado ―aseguré―. Los ojos de las personas no mienten, Carter, y te aseguro que en los suyos no había amor.

―Créeme, cariño ―rebatió con voz firme―.

A veces las personas lastiman porque no saben cómo expresar lo que sienten.

Todo lo que hizo, incluso cuando te hizo daño, fue porque sentía algo por ti que no supo cómo manejar.

Fue un desgraciado, no lo niego, pero estoy convencido de que ya no es el mismo hombre. ¿Qué es lo que te dice tu corazón?

Carter me besó en la mejilla y se marchó, dejándome con esa pregunta rondando en la cabeza: ¿qué me decía mi corazón? No lo sabía con certeza.

Una parte de mí me advertía que debía alejarme de Matt, de todo lo que representaba su presencia en mi vida y de la oscuridad que parecía arrastrar. Porque Matt llevaba consigo un pasado tan negro como inquietante.

Pero, por otro lado, estaba esta nueva versión de él: el hombre atento y respetuoso, el protector, el padre ideal.

Era, en apariencia, el hombre por el que cualquier mujer daría lo que fuera por tener.

No sabía hasta qué punto el corazón de Matt albergaba oscuridad, ni si todavía, de tenerla, pensaba abrazarme con ella.

Lo único que tenía claro era que esa noche saldría con él en plan «amigos», y, aun así, una parte de mí no podía evitar preguntarse cuáles eran sus intenciones conmigo y por qué insistía en buscar mi compañía.