22. Con nuevos ojos
«Cuando una verdad sale a la luz, puede cambiarlo todo».
Matt continuó mirando la cajita mientras hablaba, y yo lo observaba ojiplática. No parecía incómodo con la revelación que acababa de hacer. Al contrario, era como si llevara años esperando decirla. Yo, en cambio, seguía en estado de shock, escuchándolo sin atreverme a interrumpirlo.
¿De verdad había sido él quien me la había regalado ese día?
―Me ofrecí acompañar a mi padre a una reunión acá en Filadelfia, porque sabía que debutarías ese día ―continuó diciendo, intercalando miradas entre el objeto y yo―.
Así que, por la noche, cuando estábamos en el hotel y él se preparaba para una reunión con sus colegas en el bar, le mentí diciéndole que quería ir a ver un partido de baloncesto.
No se negó. Le dije que el gimnasio estaba a tan solo dos cuadras.
Tragué saliva y abrí los ojos, sorprendida. Él, al notar que no me lo esperaba, me regaló una sonrisa de disculpa y continuó:
―Quería regalarte algo bonito; algo que sabía que te iba a gustar. Y cuando me enteré de que ibas a debutar, la compré.
―No comprendo ―dije por fin cuando encontré mi voz en algún lugar de mi garganta―. ¿Por qué harías algo así? No tiene sentido, Matt. Tú me odiabas.
Lo vi negar con la cabeza y cerrar los ojos con fuerza.
―No, Paige. Tú me gustabas. Me gustabas tanto que me daba miedo. Y me avergonzaba admitirlo, porque desde que te vi bailar por primera vez en el gimnasio de la escuela, el ballet me deslumbró, y yo no estaba preparado para que nadie lo supiera.
Su confesión me tomó por sorpresa y me hizo levantar los muros. Era imposible para mí creerle en esos momentos. Nada de lo que había hecho en el pasado, la manera en que me había tratado y ridiculizado, evidenciaba su supuesta atracción hacia mí.
Me levanté despacio y me llevé una mano a la frente.
―Tenías novia, salías con esa chica, Julia Reed, que parecía empecinada en pisotearme cada vez que me cruzaba en su camino.
―Es cierto, Paige. Yo salía con Julia y ella te odiaba porque sabía que me gustabas, aunque jamás lo reconocí.
Me reí sin humor y negué con la cabeza, incapaz de procesar todo aquello.
Después reí sin parar, perdiendo el control absoluto sobre mi cuerpo y mis emociones.
No era la risa de alguien feliz, sino de quien ha perdido la cordura.
Matt no dijo nada, tan solo me miró fijamente, y en sus ojos pude leer su preocupación.
―¿Sabes lo que pasa, Matt? ―dije cuando me tranquilicé―.
Es como si ahora me pidieras que comprendiera lo que padecí en la adolescencia en tan solo diez minutos; que de pronto deseas que entienda que todo lo que me dolió tenga una explicación, y la verdad es que esto me supera, no estoy preparada para eso.
Él se me acercó y levantó su mano para acariciarme la mejilla. Me paralicé, igual como si estuviera a punto de ser arrollada por un vehículo en la carretera. Matt parecía atormentado, aunque me miraba con resignación.
―Lo sé ―admitió en voz baja―. Sé que no confías en mí. Y no tienes por qué hacerlo ―suspiró―. Te hice daño, Paige. No voy a fingir que no fue así, ni tampoco voy a pedirte que lo olvides.
Apreté los labios, luchando contra el nudo que se me formaba en la garganta.
―Entonces no entiendo por qué me dices todo esto ahora.
―Porque no quiero seguir escondiéndome ―respondió―. Te mereces al menos conocer la verdad detrás del tipo que fui. No espero que me perdones. Solo quiero que sepas que esto ―añadió, alzando la cajita musical― fue real; que lo que sentía era real, aunque lo haya expresado de la peor manera posible.
Di un paso atrás con el único fin de romper el contacto y me paseé por la habitación, inquieta. Sentía la cabeza a punto de estallar.
―Tengo demasiadas cosas en que pensar ―dije, pasándome una mano por el cabello.
Me sentía agobiada, confundida y alterada. No era fácil creer que todo lo que entendí de mi pasado no era como yo pensaba.
Matt se acercó a mí otra vez, sin invadir mi espacio.
―No quiero añadir peso a lo que ya cargas ―dijo con sinceridad―. Si ahora no puedes con esto, lo entiendo.
Lo miré. Por primera vez, no vi al muchacho cruel de mis recuerdos, sino a un hombre que parecía cargar con sus propios fantasmas.
―Te prepararé un té ―dijo, dejándome sola el tiempo suficiente como para que yo pudiera recomponerme de su confesión.
∞∞∞
Por extraño que sea, luego de mi caótica noche, dormí mejor que nunca. Matt se había comportado como un verdadero caballero al ayudarme en todo. Sabía que, si no se hubiera quedado conmigo esa noche para cuidarme, difícilmente yo habría podido descansar.
El problema fue por la mañana, cuando el grito de mi madre me despertó de golpe.
Por un momento pensé que estaba en la casa de mi infancia y que me estaba reprendiendo por no levantarme para ir a la escuela, pero cuando abrí los ojos y me di cuenta de que estaba en mi apartamento, la verdad me arrolló como un tren.
―¡Mierda! ―exclamé, levantándome de golpe y corriendo hasta el salón.
Mi madre miraba a Matt como si quisiera matarlo y despotricaba con palabras malsonantes que yo era incapaz de repetir. Él escuchaba su berrinche con infinita paciencia y me vi obligada a intervenir.
―¡Mamá! ¿Podrías calmarte? ―dije, tomándola por el brazo y llevándola hasta el sofá, pero ella se zafó de mi agarre y se negó a sentarse―. ¡Si sigues gritando así, todo el edificio te escuchará!
―¿Qué hace él aquí? ―me reprendió, señalándolo con el dedo―. ¿Cómo puedes perdonar lo que te hizo tan fácilmente? ¿Acaso se te olvidó que este psicópata casi te mata con su lancha?
―¡Basta, mamá! ―dije con firmeza, colocándome entre ella y Matt―. No es lo que crees.
Ella me miró como si no me reconociera, con los ojos encendidos de furia.
―¿Ah, no? ―espetó―. Entonces explícamelo, Paige, porque lo último que esperaba al venir a verte era encontrar a este hombre aquí.
Inspiré hondo y se lo dije sin filtro, antes de que continuara desbordando su furia con la persona incorrecta.
―Anoche alguien entró a mi apartamento ―expliqué, procurando mantener la voz firme―. Forzaron la puerta. Lo destrozaron todo. Matt me trajo a casa después del ballet y nos encontramos con esto.
El silencio que siguió fue denso.
Mi madre abrió la boca para decir algo, pero se quedó callada. Entonces noté a Matt moverse a mi espalda.
―Paige ―dijo con suavidad―, creo que será mejor que las deje solas.
Me avergoncé de la actitud de mi madre luego de todo lo que él había hecho por mí en la noche. Ya no podía mirarlo con los mismos ojos.
Asentí, sin saber muy bien qué decir.
―Gracias ―añadí en voz baja―. Gracias por todo. Hablamos luego.
Él inclinó la cabeza y después tomó su abrigo. Su rostro inexpresivo me impidió leer sus emociones, pero cuando me miró para despedirse, su mirada se suavizó.
―Desayuna ―dijo, antes de desaparecer tras la puerta.
Mi madre lo observó marcharse sin decir una sola palabra. Ella todavía intentaba recuperarse de la impresión y procesar la información.
―Siéntate, mamá. Te lo explicaré todo desde el principio.