21. El secreto de la caja musical
«La verdad no se pierde; solo se posterga».
Me encerré en el baño para lavarme la cara con agua fría. Se me había corrido el maquillaje de tanto llorar. Además, estaba muy avergonzada de que Matt hubiera presenciado cómo me desmoronaba emocionalmente.
Cuando me recompuse, regresé y lo encontré recogiendo con un escobillón los vidrios rotos esparcidos en el suelo. Se había quitado el abrigo y se había subido las mangas de su suéter. Me avergonzó que estuviera limpiando el desastre por mí y me apresuré a quitárselo de las manos.
―No, Matt. Déjame eso a mí ―rogué, ya más tranquila, aunque todavía no era capaz de mirarlo a los ojos de lo avergonzada que me encontraba.
―Yo puedo hacerlo, Paige ―dijo, haciendo un gesto para esquivarme―. Podrías cortarte.
―No pasa nada… ―insistí, aunque la voz me salió más débil de lo que pretendía.
Matt me miró con ternura y dejó de barrer. Se acercó a mí y me susurró con calma, aunque yo podía leer en sus ojos el brillo de la preocupación.
―Déjame ayudarte, Paige. No tienes que hacerlo todo tú sola. Si quieres ―sugirió, levantándome la barbilla con un dedo para obligarme a mirarlo a los ojos―, puedes ir a revisar si falta algo en las habitaciones. Luego iremos a poner la denuncia.
Suspiré, todavía avergonzada, y aflojé las manos.
Sin darme cuenta, las estaba empuñando con fuerza.
¿Por qué tenía que ser precisamente él quien presenciara mi desgracia?
Ahora se sentiría responsable por mí, y la idea no me agradaba nada.
Pero estaba demasiado cansada para negarme.
Además, la ira y el miedo me desbordaban más de lo que quería reconocer.
―Está bien ―murmuré al fin.
Él asintió, agradecido, y retomó la tarea.
Caminé a la habitación que usaba para bailar y descubrí con horror que el espejo de la pared estaba roto y mi colección de bailarinas de cristal estaba fuera de su caja, por completo destruida.
Fue cuando deduje que la persona que las rompió sabía que eran de gran valor para mí.
Solté un sollozo desgarrador, lo que alertó a Matt.
―¿Pasa algo? ―preguntó en tono preocupado.
―Matt… ―dije, titubeando―. Creo que fue él quien entró aquí y lo destrozó todo. Creo que fue James.
―¿Tu exmarido? ―preguntó y yo asentí.
―No tengo pruebas, pero esto no parece un robo. No se llevaron nada. Solo destruyeron objetos que tienen un gran valor para mí, y él es el único que lo sabe y que usaría esa información en mi contra.
Su mandíbula se tensó.
―Iremos de inmediato a hacer la denuncia ―dijo, categórico―. Ya he tomado fotografías mientras estabas en el baño.
―No ―respondí, demasiado rápido, limpiándome las lágrimas de las mejillas al ver todas mis bailarinas de cristal rotas―. Ya te he dado demasiados problemas y, aunque agradezco tu ayuda, no tienes por qué hacerlo. Deberías irte, yo estaré bien.
Matt se quedó viéndome con preocupación, y me habría perdido en su mirada de no ser porque me encontraba demasiado conmocionada todavía.
Se puso en cuclillas y tomó una de mis manos.
―Paige ―susurró―, deberías dejar que alguien se preocupe por ti alguna vez. No me cuesta nada echarte una mano. Es más, creo que hoy deberías pasar la noche en mi casa para mayor seguridad. No quiero que te quedes sola aquí.
La sola idea me hizo erguirme.
―No ―respondí, negando con la cabeza―. No quiero irme de aquí. Tengo que pensar, tengo que llamar a mi abogado, tengo que… ―Comencé a temblar y Matt me abrazó, sentándose en el suelo y llevándome contra su pecho mientras me susurraba palabras tranquilizadoras.
―Está bien, se hará como tú digas. Entonces me quedaré yo.
―¿Qué? ―Parpadeé, desconcertada.
―Me quedo contigo ―repitió con firmeza―. Dormiré en el sofá. No voy a dejarte sola esta noche, Paige. Tú no te preocupes por nada. Iremos a hacer la denuncia y luego te ayudaré a ordenar. Después me quedaré aquí y dormiré en el sofá ―dijo, besando mi frente como si fuera una niña pequeña.
De algún modo así me sentí, respaldada y protegida por quien menos imaginé en la vida. Un nudo se formó en mi pecho. No esperaba eso. No de él.
Tragué saliva y me obligué a mirarlo a los ojos. Su rostro estaba tan cerca del mío que podía sentir la caricia de su aliento en mis labios.
―No tienes por qué hacerlo.
―Sí tengo ―insistió con suavidad―. Son casi las doce de la noche, alguien entró a tu casa y te destrozó todo. No es una exageración sentir miedo.
No tenía sentido negarme. No quería.
―Gracias ―dije, y él me frotó el brazo sonriendo.
―¿Puedo prepararte un té o un café? ―ofreció como si fuera lo más natural del mundo―. Algo caliente te va a hacer bien.
Asentí sin darme cuenta.
Me quedé allí, en medio del desastre, intentando procesar lo que acababa de pasar.
Jamás habría imaginado que Matt Lancaster sería la persona que se quedaría a cuidarme en una noche como esa.
Y lo que más me inquietaba no era su presencia, sino lo mucho que, contra toda lógica, me tranquilizaba estar con él.
De pronto se incorporó y fijó la vista en un objeto tirado a un par de metros de nosotros. Era mi cajita musical.
―¡Oh, no! ―exclamé cuando me di cuenta de que la bailarina se había despegado de su base.
Matt la tomó y se quedó mirándola sorprendido mientras la giraba entre sus dedos. Después tomó la caja y le echó cuerda. La música de El lago de los cisnes comenzó a sonar y sonrió.
―Todavía la conservas ―dijo, extrañado y complacido a la vez.
¿A qué se refería con eso? ¿Acaso él…? No, eso era imposible.
―¿Qué quieres decir? ―pregunté, extrañada, aunque una idea inquietante, o más bien desconcertante invadió mis pensamientos.
―Fui yo quien te la regaló ―dijo al fin―. La noche en que debutaste como primera bailarina en Romeo y Julieta.
El suelo se movió bajo mis pies. De pronto, el pasado acababa de alcanzarme otra vez.