20. Ataque por despecho
«Un acto nacido del rencor deja consecuencias duraderas».
Matt se ofreció a llevarme hasta mi casa después de comer.
Iba a negarme, pero no tenía una excusa plausible para hacerlo y al final accedí.
Como estábamos cerca de su apartamento, pasamos a dejar a Holly primero.
Era tarde y la niña estaba cansada. Además, tenía la impresión de que él quería estar conmigo a solas.
No lo dijo abiertamente, pero lo podía intuir.
―¿Estás bien? ―me preguntó cuando regresó.
Yo asentí. Tampoco podía decirle que me afectaba conocer esta nueva versión de él. El Matt del pasado era egoísta, traicionero y disfrutaba burlándose de mí. Ahora, en cambio, era generoso, amable e incluso protector. Ser testigo de eso me confundía.
―Holly es una niña maravillosa ―comenté, con el fin de pisar terreno firme en nuestras conversaciones.
Bastó mencionar a su hija para que su gesto pasara de la preocupación a la ternura.
―Sí que lo es.
―¿Puedo preguntarte algo personal? ―dije, y él asintió mientras abandonábamos el edificio―. ¿Hace cuánto tiempo que Holly perdió a su madre?
Supe que estaba adentrándome en terreno pantanoso, porque de inmediato su expresión se endureció. Lamenté habérselo preguntado.
―Mi relación con Allison finalizó antes siquiera de comenzar ―dijo con la vista fija al frente―. Holly tenía dos años cuando ella murió. Nos habíamos divorciado recientemente.
―¡Oh!, ¡cuánto lo siento! No debí preguntar.
―No, está bien. No hay mucho que decir sobre ella ―me tranquilizó, dándome una sonrisa fugaz―.
Holly no la recuerda mucho, y es mejor que sea así.
Allison no fue una buena madre. No se preocupaba por nuestra hija ni tampoco le importaba.
Incluso, después de nuestro divorcio, renunció a cualquier derecho sobre ella.
―¡Eso es terrible! ―exclamé, incapaz de comprender que una madre hiciera algo así―. ¿Y Holly pregunta por ella alguna vez?
―No puedo decirle a mi hija que su madre no la quería ―admitió, dolido―. Solo sabe que murió.
―Cuánto lo siento, Matt.
Me miró con ternura. ¿Por qué me miraba así? No sabía cómo tomarme eso. La idea de sentir compasión por él tampoco me agradaba, pero ya era tarde. El puente que me había negado a construir entre nosotros ya estaba allí, y no podía ignorarlo.
Suspiré y miré las luces de la ciudad por la ventana mientras Matt encendía la radio y tarareaba una canción de Frank Sinatra. Jamás imaginé que podría gustarle ese tipo de música. También comprendí que la conversación se había acabado. Quizás era lo mejor.
―¿Qué hay de ti? ―preguntó cuando la canción finalizó―. ¿Cuándo te casaste?
Apreté los labios a la sola mención de James. Estaba muy disgustada con él y todavía me dolía su traición, así que no pude refrenar mis palabras a tiempo. Guardaba demasiada ira dentro y tenía que dejarla salir, o iba a estallar.
―Lo conocí hace cuatro años y al poco tiempo de hacerlo ya nos habíamos casado. Todo fue bien al principio, hasta que me di cuenta de que era un ludópata. Lo perdí todo por su culpa ―espeté con rabia. Era eso o llorar, y no quería hacerlo frente a él. De pronto me sentí patética.
―¿Llegaste a firmar algo con él? ―preguntó con cuidado―. ¿Algún acuerdo, poderes, cuentas compartidas?
―Lo estoy demandando por fraude. Me engañó para que firmara unos documentos, haciéndome creer que se trataba de otra cosa, y por su culpa ahora no puedo vender mi casa. Así que estoy metida en un buen lío.
―¡Qué desgraciado! ―exclamó, apretando los dientes con rabia contenida―. Si necesitas ayuda, solo tienes que decírmelo, ¿de acuerdo?
―Gracias, pero no es necesario ―dije, ocultando el alivio que me recorrió al escucharlo decir eso―. Mi abogado parece ser confiable y me está orientando muy bien.
Sentir que tenía el apoyo de otra persona, además del de Carter y de mis padres, era gratificante. Sin embargo, no me parecía bien que precisamente Matt me ayudara. Aún no confiaba del todo en él.
―¿Tu abogado es independiente? ―preguntó y yo asentí.
Tuve la impresión de que algo estaba tramando Matt, ya que permaneció en silencio, con el ceño fruncido y con la vista fija en el camino.
El resto del viaje permanecimos en silencio, aunque el aire no me pareció opresivo como en otras ocasiones en que compartimos el mismo espacio. Era extraño, pero cada vez me sentía más cómoda con él, y no tenía claro si eso me agradaba o me preocupaba. Estaba hecha un lío.
Cuando llegamos a mi apartamento, Matt se estacionó y se bajó conmigo. Antes de que me despidiera, insistió en acompañarme. Subimos las escaleras en silencio, pero al llegar a mi puerta, algo me hizo detenerme en seco. No estaba del todo cerrada y me paralicé.
―¿Pasa algo? ―quiso saber Matt.
―La puerta está abierta ―le respondí, presa del miedo―. Alguien forzó la chapa para entrar.
Mi corazón empezó a latir con rapidez y me llevé una mano al pecho para tranquilizarme.
Matt me tomó del brazo, ubicándome detrás de él.
Luego empujó la puerta con cautela y, apenas se abrió, lancé un grito ahogado.
Todo estaba destrozado, los pocos muebles volcados y los objetos que guardaba en las cajas sin abrir estaban rotos y esparcidos por el suelo.
―Espera aquí ―dijo, entrando primero y revisando las habitaciones, mientras yo intentaba calmarme en vano.
Bastó una mirada para entenderlo: alguien había entrado en mi casa y se había ensañado con mis cosas.
―No hay nadie aquí ―dijo Matt, tomándome de la mano y llevándome dentro.
Una vez cerró la puerta, lo miré, todavía respirando con dificultad.
Fue entonces que me rompí y lloré. No quería hacerlo frente a él, pero tampoco pude evitarlo.
Matt me abrazó y lloré sobre su pecho mientras él deslizaba su mano por mi espalda para tranquilizarme.
Olía tan bien que me habría quedado allí para siempre.
Podía escuchar la fuerza de sus latidos, el ritmo implacable, rápido, urgente, como si mi miedo hubiera despertado algo primitivo en él. Me estaba protegiendo.
Me aferré a su chaqueta con los dedos, dejando que su presencia me sostuviera mientras sollozaba sin control.
En ese instante no había reproches hacia él ni recuerdos amargos.
Todo había desaparecido para hallarme en el ahora, con él, encontrando un consuelo inesperado en sus brazos.
Era extraño y a la vez inquietante darme cuenta de que, pese a toda nuestra historia juntos, con él me sentía a salvo.