Los latidos que nos quedan 19. Revelaciones
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19. Revelaciones

«Hay ocasiones en que el temor pesa más que las pasiones».

Era de noche cuando la obra terminó. Lloré.

Lloré de la emoción. Los recuerdos felices me golpearon con fuerza y los dejé salir sin restricciones.

Holly se había sentado a mi lado, en el lugar de Carter, y comprendí lo que Matt me había dicho respecto a ella y su amor por el ballet.

Tal como me sucedía a mí, ella vibraba. Incluso noté que tenía los ojos brillosos, como si quisiera llorar, pero en ellos había algo más que emoción. Era anhelo.

Le sonreí y ella me correspondió.

Subimos al vehículo de Matt en silencio. Mientras me abrochaba el cinturón de seguridad, vi aparecer una mano con un pañuelo desechable.

―Gracias ―dije a Matt, que me miraba con algo parecido a la ternura. Me limpié los ojos con él.

De pronto sentí vértigo, miedo, incertidumbre, y me pregunté cómo podía estar ahí con él después de todo lo que me había dañado.

Me sentí una tonta, no solo por permitirlo, sino porque no podía ignorar las mariposas revoloteando en mi interior cada vez que estaba cerca de él.

No podía controlar los acelerados latidos dentro de mi pecho ni tampoco dejar de sentirme halagada por sus atenciones.

Definitivamente, era una completa tonta.

―Tengo hambre ―dijo Holly, rompiendo con el silencio.

―¿Qué te apetece comer, princesa? ―le preguntó él con tanta ternura que me estremecí.

―Pasta ―respondió con entusiasmo.

Matt le sonrió por el espejo y yo me odié por encontrarlo irresistible.

No era justo que después de tantos años su atractivo aumentara.

Nunca lo consideré mi tipo en el pasado, pero no podía negar que era guapo a rabiar.

Sin embargo, ahora opacaba con creces al muchacho de aquel entonces. Matt era ahora testosterona pura.

―¿Nos acompañas a cenar, Paige? ―me preguntó con seguridad, pero fue solo cuando me miró que observé una grieta de vulnerabilidad, el temor a que le dijera que no.

¿Sería posible que en realidad quisiera pasar tiempo conmigo? Y, de ser así, ¿sería por la culpa?

Sacudí esos pensamientos; la verdad era que tenía hambre y aún no quería regresar a casa.

―Está bien ―respondí, y me sonrió.

Tuve que esquivar la mirada para que no notara cuánto me estaba afectando su cercanía.

―Ver ballet debe ser una especie de tortura para ti ―me atreví a decir.

Matt arqueó apenas una ceja.

―La verdad es que no. El ballet me gusta desde hace muchos años ―dijo, poniéndose serio.

Lo miré, sorprendida.

―Pensé que venías solo por Holly.

Matt guardó silencio un segundo, como midiendo qué decir o hasta qué punto sincerarse.

―Vengo por ella ―admitió―. Pero también lo hago por mí. Me gusta.

―¿De verdad? ―dije, mirándolo a los ojos. Había en ellos una intensidad abrasadora.

Me estremecí.

―Cuando era adolescente ―continuó diciendo― vi Romeo y Julieta, El lago de los cisnes, El cascanueces… y unas cuantas obras más.

Al escucharlo decir eso, comencé a observarlo con otros ojos.

―¿En serio?

―¿Por qué te sorprende tanto? ―me preguntó, y no pude evitar sentir un destello de ira queriendo salir a la superficie. Quería restregarle en la cara las innumerables ocasiones en que se burló de mí por el deporte que practicaba.

Me mordí la lengua a tiempo y me encogí de hombros. No era ni el lugar ni el momento para desnudar mis emociones.

―Me sorprende, es todo ―dije, encogiéndome de hombros.

―Fue por ti ―se sinceró, tras un silencio tenso. Detuvo el vehículo frente al restaurante y me miró fijamente―. La primera vez que te vi bailar, en el gimnasio de la escuela, pensé que jamás había visto algo más hermoso.

―Matt… eso no es cierto.

―Lo es ―respondió con seriedad―. No era algo que pudiera contar. Me avergoncé de mí mismo por interesarme por un deporte tan delicado, por decirlo de alguna forma. Tampoco tenía muchas ganas de que se burlaran de mí por eso ―reconoció con una risa irónica.

Me miró fijamente y en su expresión pude leer más que cualquier palabra.

Sabía lo que intentaba transmitir, y no supe qué decir.

Se había burlado de mí precisamente para ocultar que le gustaba la danza, y no sabía cómo tomarme eso.

La honestidad de su confesión me descolocó más de lo que estaba dispuesta a admitir.

―Lo siento, Paige ―se disculpó, y tuve que reprimir la lágrima que amenazaba con escaparse de mi ojo―. Lo retribuiré, todo.

―No te he pedido que lo hagas ―dije con más dureza de la necesaria.

―No, pero lo haré.

Acercó su mano a mi mejilla y la acarició con el pulgar. Me congelé, mi respiración se aceleró y mis latidos se desataron, pero me mantuve quieta, intentando no delatar que su gesto me había sorprendido.

Nos bajamos del vehículo y Matt apoyó su mano en mi espalda para avanzar. Holly caminaba delante de nosotros, sin ocultar la alegría por estar allí. Parecíamos una familia feliz, y no pude evitar preguntarme qué rayos hacía yo ahí.

El lugar era bonito y no se parecía a ningún otro restaurante italiano que hubiera conocido.

Había una amplia cocina dividida en pequeños boxes como estaciones de trabajo, y en cada uno de ellos había masas, salsas, quesos, y los más variados ingredientes para elaborar lo que uno quisiera consumir.

Fue entonces que comprendí que cocinaríamos nuestra propia comida.

También había una persona que guiaba al cliente en el proceso de elaboración, indicando qué hacer.

Allí no ibas solo a comer: ibas a crear.

―Espero que te guste cocinar ―me dijo Matt al notar mi desconcierto.

―No se me da muy bien ―me sinceré, y él sonrió.

―Con Holly ya estamos en nivel experto, ¿verdad, princesa?

―Sí, papá ―respondió con entusiasmo.

Entonces me di cuenta de dos cosas: la primera, que Holly se desenvolvía con soltura con él; y la segunda, que Matt era un buen padre.

Ser testigo de eso me sobrecogió. Él se agachaba a su altura, la escuchaba con atención y reía cuando ella se manchaba los dedos con harina.

En pocas palabras, se respiraba complicidad.

―Prueba esto ―dijo Matt, acercando la cuchara a mi boca con un poco de la salsa que estaba preparando. No pude negarme y la saboreé, a pesar de que me pareció demasiado íntimo su gesto―. ¿Cómo está?

―Deliciosa ―admití, y me regaló una sonrisa que entibió mi pecho.

Sin darme cuenta, yo también empecé a relajarme, como ellos.

Amasé, elegí ingredientes y seguí instrucciones sencillas.

Todo allí tenía algo lúdico, casi terapéutico.

Matt me explicaba cosas, Holly intervenía con opiniones sobre el queso o la salsa, y por primera vez desde que me había reencontrado con él, no sentí la necesidad de levantar muros entre nosotros.

―Está listo. Vamos a comer ―anunció Matt, sirviendo los platos.

Nos quitamos los delantales de cocina y los gorros, y nos fuimos a sentar.

Cocinar nuestra propia comida, con ellos, o, mejor dicho, con él, me había gustado más de lo que esperaba.

Sin embargo, lo verdaderamente inesperado fue descubrir que, en ese lugar extraño y cálido, con olor a albahaca y masa recién horneada, había logrado relajarme de verdad con Matt Lancaster, por primera vez.