Los latidos que nos quedan 18. Inevitable
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18. Inevitable

«No todos los recuerdos duelen; algunos acarician».

En aquella ocasión, nuestra escuela fue invitada por la sucursal de Filadelfia para presentarse durante tres días consecutivos. Fue allí donde no solo subí a escena por primera vez en ese rol, sino donde Carter y yo nos consolidamos como pareja de baile.

Recibí muchas flores y elogios en aquella oportunidad, y supe también allí que quería dedicarme al ballet profesional toda mi vida.

Jamás había experimentado una sensación tan gratificante y sanadora como aquella vez.

Para ese entonces ya era objeto de burlas por parte de Matt, y no terminaba de encajar en esa ciudad ni en la nueva escuela.

Lo único bueno que había experimentado en Seattle era haber encontrado a mi alma gemela, mi amigo Carter, y una escuela de danza que me acogió con los brazos abiertos desde el primer día.

―Paige, ¿escuchaste una palabra de lo que te dije? ―preguntó Carter, dándome un codazo amistoso.

Me había quedado observando la entrada del teatro mientras los recuerdos y las sensaciones se adueñaban de mí. No importaba cuántos años hubieran pasado ni cuántos teatros hubiera conocido: aquel lugar me despertaba la misma grata emoción de siempre; la emoción de una bonita primera vez.

―Lo siento, pensaba en el día de mi debut ―me expliqué con una sonrisa melancólica.

―Lo sabía. Cuando miras así, es porque estás bailando en el pasado ―dijo, esbozando una sonrisa―. Veamos si este Romeo y esta Julieta son tan buenos como lo fuimos nosotros.

Nos ubicamos en nuestros asientos, cortesía de la compañía de ballet que presentaba, y aguardamos el inicio del espectáculo.

Mientras la sala comenzaba a llenarse, recorrí el teatro con la mirada, devolviendo algunos saludos discretos con la mano a rostros conocidos, en tanto Carter conversaba alegremente con un antiguo amigo y bailarín.

Fue entonces cuando, dos filas más atrás, en uno de los laterales, los vi.

Matt Lancaster estaba sentado junto a su hija y me miraba fijamente.

Incluso me sonrió. El hoyuelo en su mejilla derecha se pronunció aún más con ese gesto y, como consecuencia, el corazón me dio un vuelco y comenzó a latirme con fuerza. Me estremecí.

Holly, al verme, me saludó con la mano con alegría. Me vi obligada a devolverle el gesto y a sonreír, aunque sentía un nudo en el estómago. Maldije para mis adentros y me pregunté hasta cuándo él iba a afectarme de esa manera.

―¡Demonios! ―espeté en voz baja, girándome para darles la espalda.

―¿Qué pasa, cariño? ―preguntó mi amigo al notar mi turbación.

―Matt está aquí con su hija.

Las luces bajaron y el teatro enmudeció por completo.

El espectáculo iba a comenzar. Carter me tomó la mano y me dio un suave apretón para tranquilizarme.

De algún modo funcionó, pero la sola presencia física de Matt parecía invadir todo a mi alrededor, volviendo el aire más pesado, y tuve la extraña sensación de tener sus ojos clavados en mi espalda.

Pero apenas la orquesta dio inicio a la melodía y aparecieron los primeros bailarines en escena, todo lo que me rodeaba desapareció y me vi envuelta en la magia del ballet.

Los bailarines eran de un gran nivel y sonreí, emocionada, disfrutando como si fuera yo una más en ese escenario, y no simplemente una espectadora.

Yo era alguien que reconocía cada paso, cada salto y cada giro como propios.

Vivía el ballet más allá de lo comprensible.

Tanto fue mi estado de éxtasis que me olvidé de Matt, de su presencia, de todo lo demás.

―Son muy buenos ―me susurró Carter al oído.

―Sí, lo son ―admití, porque era cierto.

Media hora después, miré a Carter y noté que tenía los ojos cerrados. ¿Se había dormido? Le di un codazo.

―No te duermas ahora ―advertí.

―No duermo, solo descanso ―se excusó, y yo fruncí el ceño, extrañada.

―¿Estás enfermo?

―No, estoy bien ―aseguró, tomando mi mano. Entonces percibí que la suya estaba fría y algo sudorosa.

Toqué su frente y comprobé que su piel estaba igual, perlada de sudor, y comprendí que no se sentía bien, aunque se empeñara en ocultarlo.

―No, Carter. A mí no me engañas. ¿Qué demonios te pasa?

―No es nada. Debió ser algo que comí.

Encendieron las luces en el intermedio y noté su palidez. Incluso las ojeras se habían acentuado y le brillaban los ojos.

―¡Estás enfermo! ―exclamé, preocupada―. Será mejor que nos vayamos a casa.

Me levanté y lo tomé de la mano para llevarlo fuera, pero cuando llegamos al pasillo, me detuvo de un tirón.

―Paige, está bien. Me iré a casa, pero tú no irás a ningún lado. Te quedarás aquí y verás la obra completa. ¿Me escuchaste bien?

―Pero… ―Carter levantó una mano para silenciarme.

―Pero ¡nada! Ni se te ocurra irte conmigo. Llevas demasiado tiempo esperando este ballet como para perdértelo por culpa de mi estómago. Asegúrate de tomar un taxi después para ir a casa, ¿de acuerdo?

Mi amigo tenía razón. Tampoco es que estuviera gravemente enfermo y, por otra parte, no quería perderme el espectáculo.

―Está bien, me quedaré ―admití, y él sonrió, complacido.

―Nos vemos el lunes, cariño ―dijo antes de besarme en la mejilla.

Suspiré.

Fue entonces cuando vi aparecer por el pasillo a Matt junto a su hija. Caminaba con prisas directamente hacia mí. Él me saludó con un gesto breve y, señalando a Holly, se acercó un poco más.

―Hola, Paige. Necesito pedirte un favor. ¿Te molestaría llevarla al baño? ―me pidió en voz baja―. Es muy pequeña para ir sola y yo no puedo entrar al de mujeres.

Asentí sin dudar, concentrándome en ella más que en él.

―Por supuesto ―respondí, tomándole la mano de Holly.

Cuando regresamos, Matt me sonrió agradecido. Era tan extraño verlo sonreír así, con naturalidad, que me descolocaba.

―¿Y Carter?

―Se tuvo que ir ―respondí, evitando su mirada―. No se sentía bien.

―¿Cómo vas a volver a casa?

―En taxi ―contesté con rapidez.

―No ―dijo de inmediato―. Yo te llevo.

―No es necesario, pero gracias. Será mejor regresar. La función ya está por comenzar.

―Paige ―dijo Matt, tomándome por el brazo―. Solo te llevaré a casa, y Holly estará con nosotros. Por favor, permite que te lleve. Así me quedaré más tranquilo de que estarás bien.

Dudé un instante, incómoda, buscando una forma de evitarlo, de poner una excusa, pero no se me ocurrió nada con lo que salir del paso. No estaba acostumbrada a mentir.

―Está bien ―murmuré, lamentando internamente haber aceptado, pero ya no podía retractarme.

Mientras regresábamos a los asientos, evité cualquier contacto innecesario con él. Necesitaba mantener las distancias, aunque cada vez era más difícil hacerlo. Matt Lancaster se encargaba de que así fuera, y yo empezaba a comprender que no había nada que pudiera hacer para evitarlo.