17. Un engaño que sale a la luz
«No todos los secretos se esconden en la sombra; algunos duermen a nuestro lado».
Había dejado de nevar. Todo el trayecto de regreso a la academia me quedé pensando en lo que me había dicho mi madre, y la comprendía.
Ella tenía miedo por mí, pero extrañamente, yo ya no.
Aunque eso no significaba que no guardaría las distancias con Matt.
Por ahora tenía otras preocupaciones, como vender mi casa y mudarme a un lugar más digno.
Mi teléfono vibró. Era una llamada de mi abogado.
―Paige, tenemos un problema ―dijo Henry con voz tensa.
―¿Qué pasa? ―pregunté, a sabiendas de que era probable que James hubiera puesto condiciones para firmar los papeles de divorcio.
―Por el momento no es posible vender tu casa.
―¿Cómo que no es posible? La casa está a mi nombre.
―Eso es lo que figura en el título ―aclaró―, pero hay algo más. Durante la revisión de los documentos asociados a la propiedad, me enteré de que James solicitó dinero utilizando la casa como garantía ―continuó―, y en más de una ocasión.
―¡Eso no puede ser! ―repliqué de inmediato―. Yo nunca autoricé nada.
―Y, sin embargo, existen registros ―dijo con cautela―. Documentos con tu firma.
Una sensación de vacío se alojó en mi estómago y un sudor frío recorrió mi espalda.
―¿Estás diciendo que falsificó mi firma?
―O podría haberte engañado para conseguirla ―respondió―. En cualquiera de los dos casos, el resultado es el mismo: una deuda considerable que tú desconocías y la imposibilidad de vender la propiedad.
Me apoyé contra la pared, junto a la puerta de la academia. La conmoción fue tal que por un instante temí desmayarme.
Respiré profundo e intenté hablar, controlando el temblor en mi voz.
―¿Qué implica eso para mí?
―Problemas legales, si no se aclara ―explicó―. Y para James, consecuencias aún más graves. Esto lo deja expuesto y podría derivar en una investigación por fraude.
Entonces todo encajó. Maldito infeliz. Por eso no quería que vendiera la casa, para que no afloraran todos sus trapos sucios.
―Esa es la razón por la que no quiere el divorcio ―murmuré, lidiando con las lágrimas―. No quiere salvar el matrimonio. Solo está tratando de ganar tiempo.
―Eso mismo pienso yo, Paige ―confirmó Henry―. Mientras sigan casados, no hay una revisión exhaustiva de los bienes. Nadie cuestiona nada y la deuda permanece oculta. Al solicitar el divorcio, la cosa cambia.
Cerré los ojos, luchando por controlar mi respiración entrecortada. Ya no pude retener más tiempo las lágrimas y las dejé escapar.
―Me ha engañado todo este tiempo ―dije, esta vez llorando―. Me ha utilizado de la peor de las maneras.
―Lo lamento, Paige. Lo mejor será reunirnos para que discutamos los pasos a seguir. ¿Te parece mañana en algún momento?
―Está bien. Estaré en tu despacho a eso de las nueve.
Corté la llamada y me limpié los ojos con la mano. No quería que Olivia se percatara de que había llorado. En un arrebato de ira marqué al teléfono de James, pero el mensaje indicó que el número no estaba disponible.
―¡Cobarde! ―exclamé, llena de ira.
Después entré y me dirigí directo a la oficina de Carter. Allí estaba él, sentado en su escritorio y descansando con los ojos cerrados. Apenas me sintió entrar, me sonrió como si hubiera visto un amanecer, y toda mi angustia pareció desvanecerse.
―Hola, cariño mío. ¿Me extrañaste? ―dijo alegremente, enseñándome los dientes con su sonrisa.
―¡Oh, Carter! ¡Qué bueno que estás aquí! ―exclamé, abrazándolo con fuerza y soltando un suspiro que terminó convirtiéndose en sollozos.
―Veo que te alegras de verme ―bromeó―. O quizás Olivia te advirtió que te traje un regalo.
―Tonto, no te abrazo por eso. De verdad te extrañé. Sabes que no puedo hablar con nadie como lo hago contigo.
―Lo sé, corazón, pero ya estoy aquí ―dijo, besándome la frente―. ¿Qué pasa, cariño? Puedes decirme lo que sea.
―Es James otra vez, pero no quiero aburrirte con mis problemas. Con que estés conmigo es suficiente.
―Paige, suéltalo.
―Después. No quiero hablar porque no dejaré de llorar. Siéntate.
Carter se acomodó en la silla y me miró con calidez. No insistió. Conocía mis silencios y sabía esperar, paciente, a que yo encontrara el instante para desahogarme. Nunca me presionaba.
De pronto noté que estaba más pálido de lo habitual y se veía cansado.
―¿Estás bien? ―le pregunté―. Pareces algo enfermo.
―Es la resaca por el vuelo. Sabes cuánto odio los aviones ―me aseguró y yo me relajé―. ¿Te fue bien donde Matt hoy?
―Te lo dijo Olivia, ¿verdad? ―quise saber y Carter se encogió de hombros con una sonrisa―. Esta mujer no tiene remedio. Seguramente ya armó en su cabeza toda una historia de amor entre Matt y yo ―agregué, entornando los ojos.
―Déjala. Necesita entretenerse con algo, y nosotros somos un blanco fácil ―comentó con despreocupación―. ¿Viste a Matt?
―No, pero me encontré con mi madre, y también con la suya, y créeme que no fue nada agradable para la mía el reencuentro.
Carter se llevó la mano a la boca en señal de incredulidad, y yo le devolví la sonrisa, aunque la mía era algo forzada.
Se lo conté todo, sin omitir ningún detalle: el encuentro, la tensión, el silencio de mi madre y la amabilidad con que se refirió a mí esa mujer. Él no me interrumpió ni una sola vez. Me escuchó con atención, como siempre, dejando que descargara en él aquello que me oprimía el pecho.
Se levantó de la silla y luego me entregó un pequeño paquete.
―Lo encontré y pensé en ti ―dijo, restándole importancia.
Lo abrí con cuidado y encontré una diminuta bailarina de una pulgada, tallada en cristal opaco, sentada y con las manos sobre sus zapatillas. Llevaba años coleccionándolas, de todos los tipos y tamaños.
―Es preciosa… ―murmuré, pasándole el dedo con delicadeza―. Siempre sabes cómo alegrarme, Carter.
―Lo sé ―dijo, sonriendo satisfecho.