16. El encuentro inesperado
«Hay miedos que solo se disuelven cuando alguien decide confiar».
Hacía tres días que no veía a Matt en la academia; tres días en que Holly tampoco había aparecido en las prácticas.
Tenía que admitir que la ausencia de Matt había significado un alivio para mí, aunque también era cierto que se había despertado mi curiosidad.
¿Habría pasado algo? ¿Estaría enferma la niña? De ser así, me habría informado, ¿o no?
Incapaz de mantenerme indiferente, le pedí a Olivia que se pusiera en contacto con Matt y averiguara si estaba todo bien con su hija.
―¿Nada aún? ―le pregunté al finalizar mi clase.
―Nada. Nadie contesta las llamadas.
Asentí y regresé al salón para abrigarme, aunque era incapaz de quitarme esa inquietante sensación de encima.
Me parecía extraño que Matt no avisara que Holly se ausentaría esos días, después de todo lo que insistió para que la recibiéramos en la academia.
Tal vez algo grave debió ocurrir. De otro modo, no podía explicármelo.
Me puse el abrigo y fui a recepción. Olivia me miró con expresión curiosa.
―¿Vas a salir? ―preguntó, acomodándose los lentes en el puente de la nariz.
―Sí. ¿Podrías darme la dirección de Holly Lancaster?
Olivia se extrañó.
―¿Vas a ir hasta su casa?
―Solo quiero asegurarme de que está bien.
―¿No será que quieres ver al guapetón de su padre? ―dijo sonriendo con aire pícaro, soltando una risita alegre.
―No, nada que ver ―sonreí, ocultando la tensión que me embargó―. No somos amigos. Solo estudiamos juntos en la escuela en Seattle. Eso es todo.
Era difícil dejar a Olivia sin palabras, pero así había sido.
Asintió y buscó la dirección. Después de anotarla en un papel, me la entregó.
―Pues creo que le gustas ―agregó cuando me giré hacia la puerta.
Negué con la cabeza. Ya estaba otra vez dando rienda suelta a la imaginación.
―Créeme cuando te digo que la última persona que podría gustarle a Matt Lancaster sería yo.
―¿Por qué dices eso? ―preguntó, extrañada.
―Porque me odiaba ―aseguré, avanzando hacia la salida―. Regreso en una hora.
Me arranqué literalmente del bombardeo de preguntas a las que me iba a someter. Nos habíamos hecho buenas amigas, pero mi historia personal, esa que me había marcado para siempre, la desconocía. Solo Carter sabía cada detalle de mi pasado. Y, siendo bien honesta, prefería que fuera así.
Estaba nevando fuera y corría un viento gélido que de inmediato entumeció mi nariz.
Matt no vivía lejos, pero tampoco tan cerca como para ir a pie.
Tomé un autobús, todavía cuestionándome si lo que hacía estaba bien o mal.
No lo hacía por él, sino por la niña. En el poco tiempo en que la había conocido me había llegado a encariñar con ella.
Matt vivía en la zona de Rittenhouse Square, en el último piso de un edificio. Iba a entrar, pero una mano en el hombro me sobresaltó. Cuando me giré, mi madre me observaba con el ceño fruncido.
―¿Paige? ¿Qué haces aquí?
―Hola, mamá. He venido a visitar a una de mis estudiantes. Ha faltado toda la semana y no he podido comunicarme con su familia para saber si está bien ―le expliqué―. ¿Y tú?
―Voy al trabajo de tu padre. Almorzaremos juntos. ¿Vienes con nosotros?
―Me encantaría, pero no puedo. Debo regresar pronto a la academia ―me excusé.
Mi madre asintió sin quitarme los ojos de encima. ¿Debía contarle que Matt Lancaster había reaparecido en mi vida? No. Lo mejor era no decirle nada para no preocuparla.
―Paige, ¿estás bien? ―indagó―. Has estado comportándote extraña últimamente. ¿Pasa algo?
―No, mamá. Todo está bien ―la tranquilicé.
―Es James, ¿verdad? Te sigue negando el divorcio.
―Sí, pero ya sabía desde un principio que sería así ―aseguré.
Mentía. O, al menos, no decía toda la verdad. Matt era una de esas verdades que no estaba preparada para contarle a mi madre. Y después de todo lo que había sufrido por su causa, creí conveniente callarlo.
Iba a decir algo más, pero mi madre palideció y, cuando seguí su mirada, comprendí por qué.
Vivian Lancaster, la madre de Matt, acababa de salir por la puerta del edificio.
Tenía un aspecto distinguido, tal como la recordaba de antaño, y supe que nos había reconocido porque de inmediato se detuvo y luego se acercó a nosotras.
―Hola, Hayden ―saludó a mi madre con una expresión prudente. Luego, sus ojos se posaron en mí y sonrió―. Paige… ―dijo con genuina calidez―. Qué alegría verte. Estás preciosa. Me alegra tanto saber que estás bien.
Tragué saliva, sorprendida por su cercanía.
―Gracias, señora Lancaster.
―Vivian, por favor ―corrigió con suavidad.
Hubo un breve silencio incómodo que pareció extenderse por horas.
Mi madre apretaba los dientes y tenía una expresión dolorosa en el rostro.
Era evidente que encontrarse con la madre de Matt la hacía revivir los acontecimientos del pasado.
La miraba como si la culpara, pero yo sabía que esa mujer no se parecía en nada a su hijo, y que siempre se había portado muy bien con nosotros luego del accidente.
No. Vivian Lancaster no tenía la culpa de nada, y no era justo castigarla por los errores de Matt.
Carraspeé hasta que reuní el valor para preguntar lo que me había llevado hasta allí.
―¿Holly está bien? Ha faltado varios días a la academia y estoy preocupada.
―Lo siento, ha sido mi culpa ―admitió con suavidad―. Llegué el lunes desde Seattle y he tenido algunos inconvenientes para llevarla a sus clases. Matt tuvo que viajar con urgencia y me pidió que me hiciera cargo de ella por unos días.
―Es un alivio saber que Holly está bien. Es una niña maravillosa ―dije.
―Lo es ―asintió―. A mi nieta le encanta bailar contigo, Paige, y no deja de hablar de ti. Bueno, me ha dado gusto verlas a las dos. Debo irme ahora, pero me encantaría que nos tomáramos un café algún día de estos.
Se despidió con un asentimiento de cabeza y se marchó con paso enérgico. Mi madre la observaba, visiblemente afectada por aquel encuentro inesperado. Era consciente de que el pasado acababa de alcanzarnos a las tres de golpe y de que yo le debía una explicación a mamá.
―Paige, ¿podrías explicarme qué significa esto? ―bufó, molesta y herida a partes iguales―. ¿Cómo es eso de que estás entrenando a la hija de ese hombre?
―Lo siento, mamá. No te lo había dicho para no preocuparte.
―¿Estás loca? ―preguntó, llevándose las manos a la cabeza con expresión horrorizada―. ¿Acaso no sabes lo peligroso que es esto para ti?
Por alguna razón que no alcanzaba a comprender, sentí la necesidad de defender a Matt ante mi madre; no porque quisiera justificar el pasado, sino porque, desde que nos habíamos reencontrado, nada había sido igual.
―No trato con él, mamá. Solo con su hija. El pasado quedó atrás ―dije con intención de tranquilizarla, pero mi madre había perdido todo rastro de cordura.
―Paige, ese hombre te destrozó, te humilló. ¿De verdad crees que eso no importa ahora?
―Claro que importa ―respondí, sintiendo un nudo en la garganta―. No lo he olvidado, pero las cosas son distintas ahora.
―Entonces aléjate ―exigió, dando un paso hacia mí―. Deja de entrenar a esa niña. No tienes por qué cargar con algo que no te corresponde. No le debes nada a esa familia.
―No se trata de él, mamá ―insistí―. Holly no tiene la culpa de lo que pasó. Solo quiere bailar.
―Paige, te lo suplico ―dijo entonces con la voz quebrada, muy lejos del enojo inicial―. Aléjate de él. No permitas que vuelva a tocar tu vida, ni siquiera a través de su hija. Ya sufriste demasiado.
La miré, sintiendo cómo el pasado se abría paso entre las dos y comprendí su miedo. Sin embargo, yo ya no era esa niña asustada y Matt no parecía ser el mismo tampoco.
Miré a mi madre y tomé sus manos con firmeza.
―No puedo castigar a esa niña por los errores de su padre, mamá ―dije con suavidad, procurando que mi voz no temblara―. Estaré bien. Matt se ha comportado adecuadamente conmigo y ya no es el mismo. Confía en mí.
Mi madre me miró suplicante y yo le sonreí, rogando internamente no equivocarme con él.