Los latidos que nos quedan 15. Alma gemela
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15. Alma gemela

«Hay amigos que caminan contigo incluso cuando tú no puedes».

Estaba convencida de que Carter era mi alma gemela.

Él tenía esa capacidad de leerme como un libro abierto con solo mirarme a los ojos.

Sabía cuándo estaba triste tan solo escuchando mi voz.

Incluso, en ocasiones, teníamos transmisión de pensamientos: yo pensaba algo y él lo mencionaba después.

Podía ser divertido y, a la vez, aterrador.

El sábado, luego de que Matt se marchara a casa con su hija, Carter me llamó. Bastó con que yo dijera «hola» para saber que todo en mi interior se había desajustado, que todas mis emociones interactuaban como el caos de una tormenta a punto de estallar.

Se lo conté todo con lujo de detalles y él me escuchó con atención, con todo su ser puesto en mí.

―¿Y qué vas a hacer? ―me había preguntado antes de despedirnos.

―No lo sé ―le respondí.

No sabía qué hacer con respecto a Matt. Él había presenciado una parte de mi vida que no quería sacar a la luz, que no quería mostrarle. Otro pedazo roto de mi historia; aunque esta vez no había sido por su causa, sino por mis elecciones.

Era lunes y el día había amanecido despejado.

La nieve resplandecía tanto que dolían los ojos al mirarla.

Era de esos días que elevaban el ánimo a la categoría de plenitud.

Sin embargo, yo era incapaz de sentirme así.

Desde que James había aparecido en casa el sábado para exigir explicaciones, no conseguía relajarme, y mucho menos sabiendo que Matt había presenciado todo. Era humillante.

Llegué a la academia más temprano de lo habitual.

Quería aprovechar de bailar antes de iniciar las clases.

Y mientras cambiaba mis botas por mis zapatillas de ballet, no podía dejar de pensar en la conversación de ese día cuando le pregunté por qué quería que fuera precisamente yo la que enseñara a su hija: «Porque nadie baila más bonito que tú, Paige», me había respondido.

Al principio, cuando lo escuché decir eso, me dio rabia.

Incluso llegué a pensar que nuevamente se estaba burlando de mí.

El mensaje que siempre había recibido de su parte era que me despreciaba, y ahora me decía esas palabras esperando que le creyera, que confiara en una sinceridad que siempre había sido hostil.

No quería que se disculpara, no quería que se tendiera un puente entre nosotros, porque aún podía sentir que se me escapaba la vida cuando lo miraba, cuando leía el dolor en sus ojos al encontrarse con los míos.

Mis heridas, desde nuestro reencuentro, habían comenzado a sangrar otra vez y los recuerdos me abrumaban más que nunca.

―Carter, regresa pronto, por favor ―dije en voz alta.

Encendí el equipo de música y comencé a bailar, y mientras lo hacía, también lloraba.

«Jamás te odié. Sé que no me crees, pero es cierto. Nunca vi algo más hermoso que a ti bailando. Yo solo era un estúpido que tenía demasiada rabia dentro y que se desquitó con quien menos debía. Nunca me he perdonado lo que te hice, Paige», me había dicho en un tono de voz desgarrador.

Parecía sincero, dolido, arrepentido. Pero ¿cómo podía creerle?

Y, aun así, si le creyera, ¿cómo podría perdonarlo?

No era tan fácil. Tampoco sabía si quería hacerlo.

Era menos arriesgado vivir con el rencor a cuestas para evitar que me dañara otra vez que borrar el pasado con unas cuantas palabras dichas a causa de los remordimientos.

«Lo lamento tanto, Paige, por todo. Te demostraré que ya no soy esa persona; que he cambiado».

¿Había cambiado en realidad? Y si era así, ¿qué me importaba?

―Ay, Carter, ¿cuándo vas a regresar? ―dije, espantando los recuerdos y sentándome en el suelo, exhausta―. Te necesito.

Me estaba limpiando las lágrimas con las manos cuando mi teléfono vibró. Era mi amigo. Sonreí al darme cuenta de que presentía que yo me encontraba fuera de foco.

―Estás bailando, ¿verdad? Y también lloras ―me dijo apenas escuchó mi voz, y tuve deseos de reír.

Cuánto me conocía.

―Sí. ¿Cuándo regresarás?

―¿Tanto me extrañas que lloras por mí? ―bromeó.

―Ni te imaginas.

―Vamos, Paige. No le des más vueltas al asunto. Deja el pasado atrás y avanza. No permitas que Matt siga afectándote, no lo mereces.

Sus palabras eran sensatas, dichas con mucho cariño.

Carter siempre sabía decir lo correcto, siempre estaba ahí para sostenerme cuando todo parecía derrumbarse a mi alrededor.

Me pregunté si algún día se hartaría de mí, de estar salvándome de cada obstáculo que aparecía en el camino, como aquella vez en que fue por mí a la escuela, luego de que Matt me ridiculizara después de la clase de natación.

Esa tarde salí del colegio con la cabeza gacha.

Carter me vio desde lejos y, al notar que había llorado, se acercó sin decir nada y me abrazó.

Matt pasó junto a nosotros y, con un empujón deliberado, lo provocó.

Buscaba pelea y casi la consiguió, pero no podía permitir que también lastimara a mi amigo.

Además, teníamos que bailar, y no estaba dispuesta a arriesgar que se lesionara.

―Hazte a un lado, marica ―le dijo Matt.

―No soy yo quien tiene un problema ―dijo Carter, apretando la mandíbula―. No tengo nada de qué avergonzarme. De ti no se puede decir lo mismo.

―¿Qué dijiste, imbécil?

―Carter, vámonos. No hagas caso ―le susurré, tirando de él antes de que todo se saliera de control.

Nos marchamos ante la atenta mirada de Matt. Sabía que vigilaba mi espalda como un águila al acecho, eligiendo el momento para atacar.

De no haber intervenido yo, se habrían peleado.

Carter era delgado y fuerte, pero Matt era físicamente superior.

Sin embargo, Carter no era rencoroso y perdonaba con rapidez.

Ponía la cara al peligro, desafiaba lo imposible y no temía arriesgarse en las decisiones que tomaba ni en las elecciones que hacía en la vida.

Carter avanzaba cuando yo me quedaba atrás; me sostenía cuando no tenía fuerzas para hacerlo y me hacía sentir grande cuando yo me sentía insignificante.

De no ser por él, no sé qué habría sido de mí.

―¿Cuándo vas a regresar? ―le pregunté otra vez―. Te extraño mucho.

―Llego el jueves.

―¿Estás bien? Te escucho la voz rara.

―Estoy algo resfriado. No es nada.

―Te oyes fatal ―insistí.

―Tranquila, aún puedo sostenerte y bailar en puntas. Mientras eso funcione, todo está bajo control.

Cuando colgó la llamada comprendí dos cosas importantes: la primera era que ya no lloraba, sino que sonreía; y la segunda, que no podía avanzar sin mirar de frente aquello que me esforzaba por evitar. Tenía que dejar de huir. Además, no estaba sola. Lo tenía a él, a mi alma gemela.