Los latidos que nos quedan 14. No tan villano
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14. No tan villano

«El villano de ayer no siempre lo es hoy».

«Porque nadie baila más bonito que tú», me había dicho. De pronto me abrazaron todas las emociones de golpe, y me giré, mirándolo amenazante. ¿Acaso se estaba burlando de mí? ¿Ese era su juego?

―No es verdad ―espeté con rabia.

―Paige ―dijo, levantándose del sofá y caminando hacia mí. Se detuvo a un metro de distancia―. Es cierto. La primera vez que te vi bailar me conmoví casi hasta las lágrimas, te lo juro. Todo lo que sentía era admiración por ti, pero era inmaduro y cruel. Me equivoqué, y no sabes cuánto lo lamento.

―No, Matt. Eso no es cierto ―bufé, controlándome a duras penas para no gritar―. Tú no me respetabas ni como bailarina ni como persona. Me odiabas tanto que te pasaste dos años haciéndome sentir insignificante, fea y corriente. Y ahora apareces en mi vida como si nada y me dices esas mentiras.

―Paige, lo lamento ―me dijo, sujetándome por los brazos.

De pronto me di cuenta de que mis ojos se habían llenado de lágrimas y que rodaban por mis mejillas sin rumbo―.

Jamás te odié. Sé que no me crees, pero es cierto.

Nunca vi algo más hermoso que a ti bailando.

Yo solo era un estúpido que tenía demasiada rabia dentro y que se desquitó con quien menos debía.

Nunca me he perdonado lo que te hice, Paige.

―Basta ―grité, tapándome los oídos. No quería escucharlo, pero él seguía intentando convencerme y en sus ojos solo podía leer su desesperación.

Rompí en sollozos que me hubiera gustado soltar a solas y no enfrente de él, pero no pude soportarlo.

Toda mi rabia y mis dolores buscaron la manera de salir de mi cuerpo y lloré.

Matt me abrazó y ahogó mi llanto contra su pecho.

Podía escuchar los latidos de su corazón agitándose con fuerza, casi tan rápidos como los míos.

También su olor se quedó impregnado en mi nariz.

Me susurraba palabras al oído, palabras apaciguadoras que abrazaban. Eran palabras llenas de ternura. Sin embargo, no podía confiar en él, no podía perdonarlo.

―Por favor, vete ―le susurré, rota por dentro.

―Lo lamento tanto, Paige, por todo. Te demostraré que ya no soy esa persona; que he cambiado.

―¿Por qué está llorando, Miss Paige? ―preguntó la niña, mirándome con nerviosismo.

Se había despertado por mi culpa.

―Oh, no es nada, cariño. Solo una basurita en el ojo.

―¿Le duele la muñeca? ―insistió en preguntar.

Me solté de Matt y me acerqué a ella, secando mis mejillas con la mano.

―No es nada, Holly. Tú no te preocupes, ¿de acuerdo?

La niña asintió, y a mí no me quedó otra que sonreír. Matt se puso el abrigo y tomó a Holly en brazos.

―Será mejor que nos marchemos ―dijo, intentando sonar tranquilo, pero su voz lo delataba.

Eso quería yo, que se largara y me dejara recuperar la compostura, el equilibrio y la paz, pero su hija debía estar hambrienta y no me pareció justo que se marcharan sin almorzar.

―No, por favor ―atiné a decir―. El pedido debe estar por llegar y Holly debe comer. Ya estoy bien.

―Quiero ir al baño, papá.

Matt suspiró y la bajó.

―Está bien. Te llevaré.

El timbre sonó justo en ese instante y me apresuré en abrir la puerta, pensando que era el pedido. Me equivoqué. Ahí estaba otra vez James, con los papeles en la mano y una expresión irascible que no presagiaba nada bueno.

Me hizo a un lado empujándome por el hombro y cerró la puerta de un portazo. Lo único que rogaba en mi fuero interno era que Matt no escuchara nada de lo que estaba pasando.

―¿Podrías explicarme qué significa esto, Paige? ―gritó, levantando los papeles frente a mis ojos con violencia.

―Son los papeles de divorcio. Mi abogado te los ha enviado para que los revises.

―¡Ya te dije que no voy a divorciarme! ¿Tanto te cuesta entender?

―Si tienes algo que decirme, hazlo a través de mi abogado, James. Ahora vete. Este no es un buen momento.

James arrojó los papeles contra la pared y echó un vistazo alrededor.

―¿Esperas a alguien? O quizás… ―Entró con rapidez hasta mi dormitorio mientras yo intentaba impedírselo. Miró mi habitación y después entró en la que utilizaba para bailar.

―¿Qué crees que estás haciendo? ¡Esta no es tu casa, James!

―Estás saliendo con alguien. Es eso, ¿verdad? Por eso insistes en divorciarte y vender la casa ―bramó, furioso.

―Si salgo o no con alguien, no es de tu incumbencia. Y sabes perfectamente por qué quiero el divorcio.

La manera en que se estaba comportando estaba lejos de ser normal y me asustaba más de lo que estaba dispuesta a admitir. James me estaba mostrando una cara más violenta, una que estaba inundada de odio y rencor hacia mí.

Me tomó con fuerza por el brazo y me dijo, amenazante:

―Cuidado, Paige. Puedo hacerte la vida mucho más difícil.

Antes de que pudiera reaccionar, percibí una presencia a mi espalda. Un cuerpo firme, un calor distinto. Era curioso, porque el hombre que me dañó en el pasado ahora aparecía como mi salvador.

―¿Está todo bien aquí? ―La voz de Matt sonó grave, contenida, peligrosamente calma.

James aflojó apenas la presión de sus dedos sobre mi brazo, sorprendido. Matt se colocó a mi lado sin tocarme, pero lo suficientemente cerca como para que su brazo rozara el mío. Su postura era relajada, aunque en sus ojos había algo tenso, alerta.

―Estoy hablando con mi esposa ―respondió James, sorprendido y a la vez molesto.

―No soy tu esposa, James.

Se me heló la sangre al percibir la tensión que flotaba en el ambiente. James lo miró de arriba abajo, evaluándolo, midiendo fuerzas. Ambos eran muy altos, pero Matt lo era aún más.

James finalmente me soltó, aunque no apartó la mirada de él.

―¿Y tú quién demonios eres? ―escupió.

Matt se tomó su tiempo para responder. Dio un paso más, quedando entre James y yo.

―Alguien que no va a permitir que le pongas una mano encima ―respondió.

El silencio se volvió espeso. James apretó la mandíbula y me lanzó una mirada cargada de odio. Estaba perdiendo el control, lo sabía, y justo cuando iba a reaccionar, apareció Holly con los pantalones abajo.

―Te estoy esperando, papá.

James reculó al notar la presencia de la niña y dio un paso atrás.

―Esto no quedará así ―murmuró con rabia antes de dirigirse a la puerta.

Cuando se fue y el portazo resonó en las paredes, recién entonces me di cuenta de que estaba temblando.

Matt giró la cabeza hacia mí.

―¿Estás bien, Paige?

―Sí, estoy bien. Atiende a la niña ―le dije, todavía tiritando.

No insistió. No preguntó más. Solo asintió, entendiendo que había puertas que no se abrían de inmediato, sino con el paso del tiempo.