13. Nadie baila más bonito que tú
«La verdad se vuelve frágil cuando la mentira se repite».
Matt echó un vistazo rápido a mi apartamento y recostó a Holly en el sofá. Después se incorporó, se quitó el abrigo y la tapó con él. Me quedé mirándolo como una estúpida, todavía sin poder creerme que él estuviera allí, llenando con su presencia toda la habitación hasta quitarme el aire.
―¿El baño? ―preguntó, devolviéndome al ahora.
―Es esa puerta ―le indiqué mientras dejaba las llaves colgadas y me desabrigaba.
Encendí el calefactor y me aseguré de tener los platos limpios y la cocina ordenada. No solía recibir visitas.
Me pasé la mano por la frente, intentando no escuchar el sonido del agua corriendo en el baño. ¿Qué pensaría Matt de mí por vivir en un sitio tan corriente? ¿Me importaba realmente?
Sí, me importaba. Porque no quería darle excusas para pisotearme. Quería enfrentarme a él como una mujer exitosa, alguien a quien no había logrado destruir. Quería restregarle en la cara su fracaso al intentar anularme.
Pero sabía que todo eso era una mentira. Matt sí me había lastimado, destruido, anulado. No tenía una vida exitosa y, para colmo, arrastraba un matrimonio fallido. ¿Se podía ser más patética?
Me serví un vaso con agua y me lo bebí de golpe.
En ese instante apareció Matt. Se notaba que se había pasado las manos húmedas por el cabello.
Me miró unos segundos, sin la expresión crítica que yo había imaginado que tendría luego de ver el sucucho donde vivía.
Tampoco hizo algún comentario al respecto.
―¿Tienes hambre? ―me preguntó.
―No demasiada ―mentí, porque en realidad estaba hambrienta, pero su presencia no dejaba de incomodarme y me era imposible comer algo con él allí.
―Paige ―susurró―, deberías comer algo. ¿Tienes algo en la nevera?
―Estoy bien ―respondí enseguida―. Puedo arreglármelas sola.
Él me miró la mano y luego negó con la cabeza. Después sacó el teléfono de su bolsillo y desbloqueó la pantalla.
―¿Qué te gusta? ―preguntó―. ¿Sushi, pizza, algo liviano?
―No hace falta ―lo interrumpí, pero él me ignoró.
Me quedé observándolo, desconcertada, mientras caminaba unos pasos en el reducido espacio con una naturalidad que me descolocó.
Se apoyó contra la encimera y metió una de sus manos en el bolsillo del pantalón.
Era una postura que le había visto en un sinfín de ocasiones en el pasado y que lo hacía parecer un modelo de anuncio publicitario.
Me pareció injusto que fuera tan atractivo, que se conservara tan bien.
―Hola, sí ―dijo al teléfono―. Quiero hacer un pedido… Ajá. Con doble queso. También quiero una ensalada César y palos de ajo.
Hizo una pausa, miró la hora y luego le dio la dirección.
Me tensé al escucharlo decirla de memoria, sin preguntarme, sin dudar. ¿Por qué no se iba de una vez? ¿Tanta era la culpa que no podía dejar de preocuparse por mí?
―Listo. Llega en treinta minutos ―anunció luego de cortar la llamada, satisfecho de sí mismo.
―No tendrías que haber hecho eso ―dije, más cansada que molesta.
―Vamos, Paige. Hoy has tenido un accidente y tienes una mano lesionada. Tenía que hacerlo. Además, mi hija tampoco ha almorzado. Si no te importa, comeremos y nos iremos.
Me dejé caer en la butaca del mesón de la cocina. Él no pareció incómodo con el silencio, ni con el espacio reducido ni con nada. Se sentó junto a su hija, manteniendo la distancia.
―¿Quién es tu abogado? ―me preguntó, sorprendiéndome con el cambio de tema.
―Henry Wallace.
―No lo conozco. ¿Es bueno?
―No lo sé. Es lo que podía pagar ―dije, enfrentándome a su mirada con la frente en alto. Matt permaneció con gesto inmutable―. ¿A qué te dedicas? ―pregunté al cabo de un rato, más para llenar el vacío que por curiosidad.
Esbozó una sonrisa leve, aunque me pareció vislumbrar una sombra de nostalgia; algo que se fugó sin que pudiera evitarlo, pero que se apresuró en ocultar.
―Soy abogado.
Asentí. No me sorprendía. Nuevamente nos quedamos en un silencio que se tornó demasiado incómodo entre nosotros. Matt miró a Holly, quien dormía como un ángel, y, sin dejar de observarla, me dijo:
―Quería ser basquetbolista, como Ethan, y convertir ese deporte en mi profesión, pero mi padre no lo permitió ―se sinceró, y en su voz se filtró un dejo de resentimiento.
Cuando levantó la mirada y clavó sus ojos azules en los míos, percibí cuánto le frustraba no haber podido cumplir su sueño, y de algún modo, una parte de mí, la más oscura, la que todavía sangraba por las heridas que me causó, se alegró.
Iba a decir algo irónico, pero me arrepentí. No tenía caso restregarle en el rostro lo evidente, aunque me hubiera gustado gritarle: «Yo tampoco pude cumplir mi sueño de convertirme en una profesional del ballet, y todo por tu culpa». Me callé, apreté los labios y me mordí la lengua.
Miré a su hija y agradecí su presencia allí. Ella suavizaba cualquier rastro de hostilidad que surgía en mi interior cuando estaba cerca de su padre. Me pregunté si algún día llegaría a perdonarlo, si conseguiría dejar el pasado atrás y desenvolverme con él sin miedo.
―¿Te gusta enseñar? ―dijo rompiendo el silencio.
―Sí, me gusta. El ballet es como un lugar donde predomina la belleza y desaparecen la fealdad y la hostilidad del mundo.
Es hacer posible lo imposible; visible lo invisible y real lo irreal.
Es amor y dolor; ira y perdón; agonía y esperanza; lágrimas y sonrisas. Es la vida misma ―respondí, apasionada.
Matt me miraba con tanta atención que me ruboricé. Le había expresado desde lo más profundo de mi ser lo que era el ballet para mí. No sabía si él lo comprendería, ni tampoco me importaba si no era capaz de hacerlo, pero era la verdad, mi verdad.
Se inclinó hacia adelante y apoyó los codos en sus muslos.
―Cuando Holly cumplió dos años, la llevé al ballet a ver La bella durmiente ―comentó, entrelazando los dedos.
Sonrió―. Si hubieras visto lo que yo vi cuando miraba a las bailarinas, si hubieras visto el brillo de sus ojos ―dijo emocionado―.
Algo en ella cambió. Desde ese día empezó a girar en puntitas de pie y a imitar los movimientos.
Era como si el ballet la hubiera tocado por dentro.
Holly era tímida y algo melancólica, pero cuando bailaba sonreía distinto.
Ahí entendí que el ballet no era solo un juego para ella; era lo que la hacía feliz.
Me sorprendió que se sincerara conmigo, que me revelara aspectos tan íntimos acerca de su hija. Me pregunté qué podría haber llevado a una niña tan pequeña a la melancolía.
―Por eso insistías en que ingresara a la academia ―afirmé.
―Sí, y creo que fue obra del destino que justamente tú dieras clases allí. Lo tomé como una señal.
―Matt… ―dije, levantándome del taburete y dándome la vuelta para darle la espalda. No quería verlo a los ojos cuando se lo preguntara―. ¿Por qué querías que fuera precisamente yo la que enseñara a tu hija?
―Porque nadie baila más bonito que tú, Paige.