12. El hospital
«Incluso en la sombra más profunda, la luz encuentra un camino».
Odiaba los hospitales. Me recordaban el tiempo que pasé luego de mi fractura de cadera, de las eternas sesiones kinesiológicas después de las dos cirugías y la imposibilidad de desplazarme sin la compañía de una enfermera o de mis padres, quienes pululaban a mi alrededor como almas en pena.
Si no fuera por Carter, quien traía alegría a mi vida a diario, me habría hundido en la peor de las depresiones.
Dice mi madre que la padecí, pero que tuve la ayuda oportuna de un especialista y el amigo perfecto para ayudarme a sobrellevarla.
La sala de espera de Urgencias estaba llena.
Parecía que los accidentes se habían alineado para ocurrir justo ese mismo día.
El rostro de Matt, al percatarse de todo el tiempo que tendríamos que esperar, reflejaba preocupación.
Se pasaba la mano por la cabeza, despeinando sus mechones rubios, sin que eso afectara en nada su atractivo inquebrantable pese al paso de los años.
Caminaba de un lado a otro con el teléfono en la mano.
Holly estaba sentada a mi lado, bebiendo su chocolate, ajena al malestar de su padre.
―Matt, no es necesario que se queden acompañándome. Estoy bien ―le dije, esperando que se marchara pronto para poder recuperar la armonía perdida.
Todo él me descomponía, me alteraba, me afectaba.
―De ninguna manera. Además, te atenderán ahora. Tengo una amiga aquí y está gestionando que puedas pasar primero ―me informó, revisando un mensaje en su teléfono.
No me gustaba nada la idea de que se tomara tantas molestias por mí. Por otra parte, solo era un golpe sin importancia, nada de cuidado. Pero claro, era Matt Lancaster, el chico que conseguía lo que quería con solo chasquear los dedos.
La puerta se abrió y una morena alta y atractiva se nos acercó. Se conocían; lo supe por la manera en que se saludaron, y me pregunté si tendrían alguna historia juntos.
―Hola, Claire, gracias por ayudarnos ―dijo Matt, besándole la mejilla―. Mi amiga se ha caído patinando y se golpeó la cabeza y la muñeca. No te habría molestado de haber sido algo menor.
«Mi amiga», había dicho. Me pregunté si la palabra le habría retorcido las entrañas como a mí.
La tal Claire apenas me miró. Tampoco hizo caso de Holly, lo que me hizo pensar que quizás no la conocía, que su relación con Matt era más superficial de lo que pensaba. De cualquier manera, no era asunto mío.
―Sabes que siempre puedes contar conmigo, Matt. Además, lo hago por el café ―le dijo con una sonrisa. Después se giró hacia mí y me hizo un examen rápido a la vista mientras se presentaba―. Soy la doctora Johnson.
―Yo soy Paige ―le respondí.
―Vengan conmigo ―nos pidió mientras se daba la vuelta y pasaba por la misma puerta por la que yo la había visto aparecer.
Matt me tomó por el antebrazo con gesto posesivo y con la otra mano tomó la de Holly. Su contacto me estremeció. Mientras más cerca de mí se encontraba, mayor era el ritmo de los latidos de mi corazón. Me perturbaba su cercanía, su mirada y su olor.
―Siéntate aquí ―me dijo la doctora.
Me evaluó ante la atenta mirada de Matt, quien no se perdía detalle de cada uno de sus movimientos. Luego la doctora ordenó una radiografía de muñeca.
―¿No le harás una tomografía? ―preguntó Matt, preocupado.
―No es necesario ―lo tranquilizó su amiga―. No presenta ningún síntoma que nos alerte de que lo requiera.
―Quiero una tomografía, Claire. No me quedaré tranquilo hasta que un examen no me asegure que todo está bien ―ordenó con firmeza.
La doctora apretó la boca, quizás disgustada por su actitud protectora, o tal vez lo que le molestaba era que pasara por alto su diagnóstico como médica.
―Matt ―intervine, y él se giró hacia mí. De inmediato su mirada se suavizó―. Estoy bien. No me golpeé la cabeza tan fuerte. De verdad. Creo que no es necesaria la tomografía.
―Paige, por favor ―insistió, suavizando el tono de su voz―. Tú no te preocupes por nada. Deja que yo me ocupe. Además, no viste la caída como la vi yo. Te golpeaste… y fuerte.
Sabía que estaba exagerando, pero Matt tenía esa capacidad de anular mis pensamientos, de someterme a su voluntad; antes, por miedo.
Ahora… no lo sabía aún. Tal vez era mi incapacidad de relajarme a su lado.
Tal vez quería que desapareciera de su mirada ese miedo que me transportaba al día de mi accidente, porque me hacía daño ver la desesperación en sus ojos.
Era el reflejo de mi propia desesperación.
―Está bien ―cedí, y lo vi relajar los hombros.
Varias horas después, me llevó hasta mi casa cuando se aseguró de que los exámenes estuvieran bien.
Me dejaron vendada la muñeca, aunque solo fue una contusión.
No hubo forma de que Matt me dejara pagar la cuenta del hospital.
Tampoco dejó que regresara sola a casa, incluso sabiendo que todo estaba bien conmigo.
Holly se había dormido en el automóvil. Era una niña dulce a la que sentía haberle arruinado el día con su padre por mi estupidez.
Perdí la cuenta de las veces en que le pedí que se fueran a casa, que yo estaba bien, pero Matt se negó.
Parecía atormentado y, al mismo tiempo, complacido de prodigarme cuidados como si fuera de su propiedad, aunque no en el mal sentido.
Pero, en vez de relajarme por todo lo que hacía por mí, más me alteraba.
Mis pulmones se negaban a colaborar; apenas conseguía respirar, sabiendo que Matt Lancaster, que provenía de familia adinerada, iba a conocer el espantoso sitio donde se ubicaba mi apartamento.
Era un barrio de lo más corriente, lleno de locales comerciales.
Un lugar que no tenía nada que ver con él.
―¿Me prestas el baño un momento? ―me preguntó, una vez detuvo el vehículo.
«No quiero que veas cómo vivo».
―Sí, claro ―dije, en cambio, obligándome a sonreír.
Matt cargó a Holly en brazos, quien seguía dormida, y luego entramos al viejo edificio. El ascensor era tan antiguo que jamás me atrevía a utilizarlo, así que le hice un gesto para que me siguiera por las escaleras.
―Son solo cuatro pisos y no me fío de ese aparato ―le dije, con una sonrisa de disculpa.
―Por mí está bien ―respondió.
Avancé por delante, escuchando sus pasos seguirme a buen ritmo. Sentía el corazón latiéndome a mil por hora, y sabía que era por él, por su cercanía, por las circunstancias.
¿Por qué demonios le había dicho que podía subir?
Debí haberle mentido, diciéndole que el baño estaba descompuesto, que no era buena idea o que mejor usara el de su casa, porque el mío apenas merecía ese nombre.
Después me dije que eso no debería importarme.
Ese lugar era lo que me podía permitir. Esa era mi realidad, y punto.
Un sobre descansaba sobre el limpiapiés, metido a medias bajo mi puerta. Me agaché a recogerlo, y fruncí el ceño cuando comprendí que eran los papeles de divorcio que me había enviado mi abogado para que los revisara.
―Son de mi divorcio ―aclaré, aunque no tenía idea de por qué le había confiado eso precisamente a él. No era asunto suyo, y yo fui una estúpida por mencionarlo. Pero era su culpa. No podía pensar cuando estaba cerca de él.
―¿Un mal divorcio? ―preguntó, elevando una de sus rubias cejas.
―No. Lo del divorcio está muy bien. Lo que estuvo mal fue el matrimonio.
Abrí la puerta y lo dejé pasar.