11. La pista de patinaje
«Para un corazón compasivo, es muy difícil albergar resentimientos».
Carter me había llamado por la mañana para informarme que se quedaría cinco días más con sus padres en Seattle.
Así que, ese sábado, después de mi clase, bailé un rato sola y luego me fui a patinar.
Me gustaba hacerlo, en especial en esta época, cuando todavía todo estaba decorado con adornos navideños.
El parque quedaba a unas cuantas cuadras de la academia y, aunque era pequeño, era encantador.
Era también uno de mis sitios favoritos.
Mis padres solían llevarme allí cada vez que finalizaba una presentación o una gira cuando niña.
El aire olía a chocolate caliente y las personas parecían olvidarse de los problemas allí.
Era, en una palabra, mágico, y me conectaba con mis recuerdos bonitos de la infancia, antes de todo.
Arrendé unos patines y guardé mis cosas en uno de los casilleros que disponían para dejar las pertenencias. Después, cerré los ojos y agradecí el sol calentando mi piel. Tal como esperaba, muchas personas estaban aprovechando las bondades del clima para disfrutar en familia.
Una vez estuve lista, patiné, giré, salté y tomé velocidad. La sensación de libertad que me invadía mientras el viento rozaba mi rostro era indescriptible. Al patinar me ocurría algo muy similar a cuando bailaba: dejaba de pensar en mis problemas con tanto pesimismo. Era terapéutico.
Un grito me distrajo y me giré, pensando que alguien se había accidentado, pero me di cuenta de que era un chillido alegre.
Sonreí. Al volver la cabeza, un niño pequeño se cruzó de pronto en mi camino.
Intenté esquivarlo y, en ese impulso, me di cuenta de que me dirigía directo hacia una niña aún más pequeña.
Para no golpearla, me dejé caer sobre el hielo, impactando con todo mi peso sobre la muñeca y la cabeza.
Me dolió, y también me avergoncé, para qué negarlo.
A nadie le gustaba quedar en evidencia después de una caída, por más comunes que fueran al patinar.
―¿Te encuentras bien? ―dijo una voz que sonaba urgente, preocupada. La voz de Matt.
Y entonces llegaron los recuerdos con una fuerza devastadora: «¡Lo siento, Paige, lo siento! ¡Fue un accidente!» «¡Lo siento… lo siento! ¡No quería…!»
Mis ojos se llenaron de lágrimas y me obligué a tranquilizarme, a recordarme que no me encontraba en el agua y que no había ninguna lancha cerca, sino que estaba allí, en mi parque favorito, patinando en el hielo.
―¡Paige, háblame! ―exclamó, abrazándome de la misma manera en que lo había hecho el día del accidente. Me conmocioné. Entonces escuché su llanto, el de Holly, y regresé de golpe a la realidad―. ¡Dios, Paige, dime que estás bien, por favor! ―rogó Matt, desesperado, y yo recién asentí.
―Sí, no ha sido nada ―los tranquilicé―. Solo me golpeé la muñeca y la cabeza, pero no es nada, de verdad. El gorro amortiguó el golpe.
Pero Holly seguía llorando, y no sabía si la angustiaba mi caída, el susto de que casi me desplomara encima de ella o la desesperación que irradiaba su padre.
―Déjame ver tu mano ―pidió Matt.
―No es necesario ―dije, pero Matt no me hizo caso y me quitó el guante para evaluar los daños.
Me quejé cuando sus dedos me tocaron la palma.
―Vamos al hospital para que te tomen una radiografía.
―No, de verdad. Estoy bien. ―Me incorporé con su ayuda y le sonreí a Holly.
Al igual que el día que la conocí, se escondía detrás de las piernas de su padre mientras las lágrimas humedecían sus mejillas.
―Paige ―dijo Matt, tomándome por los hombros y clavando su mirada azul en mí.
Me sorprendió ver que parecía ahogarse por la preocupación, y sus ojos me observaban con la misma desesperación que aquel fatídico día―.
Por favor, déjame llevarte al hospital para que te revisen esa mano y la cabeza.
No tardaremos mucho tiempo y me quedaré más tranquilo sabiendo que no estás lastimada de gravedad.
Lo miré y me perdí en su mirada azul. Sus ojos parecían dos pozos profundos, capaces de arrastrarte hacia el borde del mismo abismo. El hombre que me había odiado con todo su ser, que me había pisoteado con indiferencia en el pasado, ahora se desvivía por ayudarme.
―Está bien ―acepté al fin, consciente de que igual necesitaba que un médico revisara mi muñeca. La cabeza estaba bien; fue un golpe ligero―. Voy por mis cosas.
―No, tú quédate con Holly e iré yo. Dame las llaves del casillero.
Se las entregué. Después, le dijo a Holly:
―Cuídala mientras voy a buscar sus cosas, ¿de acuerdo?
―Sí, papá ―respondió, asintiendo con la cabeza.
―Holly, ¿por qué lloras? ¿Acaso pensaste que te lastimaría? ―le pregunté, acercándome hasta ella y poniéndome a su altura.
―No. Lloro porque te hiciste daño por mi culpa ―se sinceró, y nuevamente se echó a llorar.
―No fue tu culpa, cariño ―dije, abrazándola―. Fue mi culpa, porque me distraje y no vi venir al niño que esquivé. En realidad, la culpa fue del aroma a chocolate. Tal vez si nos tomamos uno nos sentiremos mejor las dos. ¿Te gustaría?
A pesar de que me punzaba la muñeca y la cabeza también me palpitaba, su vulnerabilidad me calentó el corazón. Era evidente que esta niña tenía más empatía y bondad de la que alguna vez tuvo su padre, lo que evidenciaba que Matt no había hecho las cosas tan mal con ella después de todo.
―Sí, quiero chocolate ―respondió, recuperando el brillo alegre en los ojos.
Avanzamos hasta el kiosco que se encontraba a unos escasos metros de donde estábamos, y saqué un billete del bolsillo.
―Un chocolate caliente, por favor ―pedí.
―¿Tú no vas a tomar uno?
―¡Claro que sí! ―admití―. Pero primero dejaré que me evalúe un doctor. No quiero sonreírle con los dientes manchados de chocolate.
La niña sonrió, más tranquila, y yo hice lo mismo.
En ese momento, Matt regresó con un bolso rosado colgado del hombro y el mío en la mano.
Recién observé su aspecto. Vestía jeans y un chaleco gris, y utilizaba un abrigo informal que no hacía más que resaltar su atractivo.
Me pareció tan injusto que los años lo hubieran favorecido tanto; habría sido mucho más fácil dejar de mirarlo si al menos hubiera perdido un poco de encanto.
―Veo que has conseguido el chocolate antes de tiempo ―le dijo a Holly―. ¿Has dado las gracias?
―Gracias, Miss Paige ―respondió la niña.
―De nada.
Matt se volvió hacia mí con una sonrisa y el billete que sacó de su bolsillo en la mano.
―Déjame pagarte por esto ―ofreció.
―No hace falta, de verdad ―respondí, negando con la cabeza.
Asintió y luego nos sentamos en una banca para cambiarnos los zapatos. Matt ayudó a Holly con sus patines mientras yo me quitaba los míos con una mano. Me estaba costando, pero no quería que notara que el dolor era mayor de lo que quería demostrar.
―Déjame ayudarte ―me ofreció, y asentí.
No tenía sentido que me negara. Después de todo, la mano la tenía lo suficientemente resentida como para utilizarla, y hacerlo solo me haría más daño.
Lo observé realizar la tarea con habilidad y cuidado, como si yo también fuera una niña a la que debía cuidar. No pude evitar recordar el desprecio que veía en sus ojos cuando se refería a la delgadez de mis piernas o hacía comentarios que me hacían sentir fea o poca cosa.
Suspiré, deseando que esta tortura finalizara pronto.
¿Por qué tenía que ser justamente él quien me viera caer?
¿Por qué su cercanía me seguía afectando tanto?
Si no fuera por Holly, probablemente habría huido despavorida de ese hombre que en mi adolescencia había sido mi peor enemigo y que ahora parecía tan diferente.
Pero ella era un bálsamo para mi magullada autoestima, para mis nervios a flor de piel y mi caos interno.
Porque sabía que mientras Holly estuviera allí, su padre jamás podría dañarme.
Y, sin embargo, una parte de mí seguía conteniendo el miedo, el recuerdo de viejas heridas que todavía dolían, y el deseo de protegerme de él.