Los latidos que nos quedan 10. Chocolates
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10. Chocolates

«Hay cicatrices que no se borran, pero se alivian con la ternura de un gesto inesperado».

Esperaba que Carter llegara bien a Seattle.

No le gustaba mucho volar. Las veces en que participamos en giras por el ballet se tomaba unas píldoras para dormir que combinaba con alguna bebida alcohólica para asegurarse bien de quedar inconsciente.

De otro modo, no había manera de que se relajara durante el viaje.

―Buenos días, Olivia ―saludé con una sonrisa a la recepcionista de la escuela―. Carter se ausentará por unos días, así que cualquier recado, llamada o consulta que llegue, me lo puedes pasar a mí. Estaré a cargo mientras él no esté.

―Buenos días, Paige ―respondió, sonriendo―. Me lo dijo ayer y ya he llamado a Lily para que lo reemplace en sus clases. Te he dejado la cafetera encendida.

―Gracias, por eso te quiero ―le dije, lanzándole un beso.

Ella negó con la cabeza, divertida.

Así que mi amigo daba por hecho que yo me haría cargo de la escuela. Sonreí.

Entré en su oficina y encendí el ordenador.

Luego me serví un tazón de café y me quité el abrigo.

Aún faltaba una hora para mi primera clase, así que decidí poner un poco de orden en el caos de Carter.

Mi amigo podía ser un gran bailarín y un excelente apoyo en los momentos difíciles, pero era un absoluto desastre cuando se trataba de organización.

Estaba revisando el calendario anual de presentaciones cuando Olivia tocó la puerta. La vi entrar cargando una bonita canasta con algo dentro y una sonrisa deslumbrante.

―Ha llegado esto para ti ―dijo, entregándomelo y sonriendo con picardía―. ¿Algún admirador secreto?

―¡Ja! No digas tonterías. Después del desastre que dejó mi matrimonio, no quiero saber nada de hombres por un larguísimo tiempo.

Tomé la tarjeta con nerviosismo mientras Olivia esperaba con curiosidad mal disimulada, atenta a que le diera más información.

La verdad era que no estaba segura de quién podría habérmelas enviado, aunque por un momento temí que fueran de James.

Después descarté ese pensamiento. James estaba furioso conmigo, y jamás tuvo durante nuestro tiempo juntos detalles como este.

Cuando observé la tarjeta y vi la pulcritud de la letra cursiva y el mensaje escrito en ella, me estremecí.

«Gracias por recibir a mi hija en la escuela. Significa más de lo que imaginas. Me alegra ver que, después de tantos años, tu dedicación y tu forma de tratar a los demás siguen intactas.

Matthew Lancaster»

―Vamos, Paige. Pareciera que viste a un fantasma. ¿De quién son?

―De nadie ―dije, dejando la tarjeta en mi bolsillo y regresando la atención al ordenador.

Hice un gesto con la mano como si no fuera nada importante y después fingí una sonrisa.

Olivia se encogió de hombros y abandonó la oficina, levemente decepcionada.

De seguro ya se había montado una historia romántica en su cabeza, igual que los libros que solía leer cuando había poco movimiento en la academia.

Mi corazón latía con fuerza dentro del pecho.

Me recosté en la silla sin dejar de mirar la canasta, como si fuera una bomba a punto de estallar.

Parecía costosa y olía de maravilla, a vainilla y chocolate.

¿Por qué Matt me había enviado eso? Ya me había agradecido en más de una ocasión por haber aceptado a su hija en la escuela.

Aun así, no podía evitar pensar que el regalo y su mensaje tenían más que ver con su necesidad de redimirse o, quizás, con una broma de mal gusto, de esas que solía hacerme en la adolescencia.

―¡Ay, Dios! ―exclamé, sintiéndome como un ovillo de lana enmarañado.

La tarjeta me pesaba en el bolsillo; casi quemaba.

¿La habría escrito él mismo o se lo habría pedido a su secretaria?

No recordaba su letra. El miedo que le tenía a ese hombre era superior a mí.

Sin embargo, al mirar la canasta y recordar cómo se había comportado conmigo delante de su hija, terminé por decidirme a abrirla.

No quería hacerlo, pero mi curiosidad y mi necesidad de encontrar respuestas eran superiores.

Desenvolví el papel y me maravillé al descubrir una bonita caja decorada como un teatro clásico, con pequeñas figuras doradas que simulaban las molduras de los balcones.

Al abrirla, no pude evitar soltar una exclamación de satisfacción: una hermosa bailarina de chocolate blanco en posición attitude derrière me esperaba dentro.

Era una figura grande, hermosa y delicada.

A su alrededor descansaban pequeñas piezas de chocolate: diminutas zapatillas de punta, tutús cuidadosamente modelados y finas cintas que parecían recién desenrolladas, cada una acomodada en su propio pirotín.

Eran figuras tan perfectas que daba pena siquiera pensar en comerlas.

Era un regalo que sin duda debió costarle una fortuna, uno de los regalos más delicados que me habían dado.

Incapaz de contenerme, tomé uno de los chocolates y lo llevé a mi boca.

Era delicioso y me dejé envolver por su sabor exquisito.

Solté un suspiro de puro deleite. Pero enseguida, al darme cuenta de que empezaba a sentirme agradecida con Matt por el bonito regalo que me había enviado, me horrorizó la idea.

Tomé la canasta y la coloqué sobre un mueble lo suficientemente alto para no verla.

La confusión se apoderó de mí: no quería que Matt intentara acercarse más de lo necesario.

Yo ya había dejado claros los límites de nuestra relación.

Era la profesora de su hija, nada más. Me negaba a romper las barreras que había erigido para protegerme.

Dos horas después, me aseguré de mantenerme bien alejada de él durante la clase de su hija.

Se me acercó cuando llegó, pero simulé estar muy ocupada realizando estiramientos.

Siempre elongaba antes de mis clases, en especial la pierna derecha, que era la que más me molestaba luego del accidente.

Una fractura de cadera como la que tuve yo no era algo menor, y requirió de mucho trabajo y varias cirugías para desenvolverme con normalidad por la vida.

Ni siquiera me había quedado una cojera, pero siempre aparecía el dolor, recordándome el accidente, en especial los días de frío.

―¿Recibiste mi regalo? ―me dijo mientras yo elongaba.

Apenas si le dirigí una mirada y asentí.

―Es muy bonito, muchas gracias, pero no tienes por qué.

―Sí tengo por qué ―me rebatió, y temí que mis nervios en cualquier momento pudieran dejarme en evidencia―.

Solo quiero darte las gracias. Desde que murió su madre, que no hace otra cosa más que bailar.

Es como… ―se quedó en silencio, buscando las palabras exactas―.

Es como si quisiera esconderse del mundo la mayor parte del tiempo, pero con el ballet pudiera sentirse segura, valiente… como si por fin pudiera ser ella misma.

Lo miré, y sus ojos azules permanecieron fijos en los míos. Por un instante no sabía si me estaba hablando de su hija o si me estaba describiendo, porque era exactamente lo que a mí me pasaba cuando bailaba.

―Sí, conozco bien ese fenómeno ―dije, revelando de manera sutil esa ira contenida que su sola presencia me producía―. El mundo puede ser solitario y cruel, pero cuando bailamos somos poderosos. A veces funciona bien.

―Paige, lo siento… ―comenzó a decir, pero lo interrumpí con rapidez, antes de que dijera aquello que no quería escuchar, porque no sabría qué hacer con esas palabras, no sabía cómo iba a reaccionar, y lo que menos quería era romperme frente a él.

―Mi clase va a comenzar. Por favor, ve a sentarte.

Le di la espalda y me ubiqué en el centro del salón para reunir a mis alumnas. Matt suspiró, cabizbajo, de seguro frustrado por no poder decirme lo que tenía alojado dentro. Era mejor así.

Holly parecía un hada feliz con su maillot rosado, y Matt la observaba con un deleite genuino mientras realizaba los ejercicios.

La niña participaba con mucho entusiasmo y aprendía con rapidez.

De algún modo, me sentí identificada con ella: una niña tímida, temerosa, pero que solo se sentía completa y feliz mientras bailaba, igual que yo.

De vez en cuando observaba a su padre y deduje que debía tomarse una hora libre en el trabajo para poder acompañarla, ya que las clases se impartían en pleno horario laboral; de otro modo, no entendía cómo lograba estar allí.

Apenas finalicé la clase, me escabullí rápido y me encerré en la oficina de Carter, rogando para que Matt se marchara pronto, para que no me buscara. Me recibió el aroma a chocolate y a café, lo que de algún modo me devolvió algo de la cordura perdida.