9. Un encuentro fortuito
«Ocultar la verdad jamás protege; solo prolonga el daño».
Estaba anocheciendo cuando con Carter abandonamos la academia. Ya no nevaba, pero el frío era insoportable. Mientras caminábamos hacia la cafetería, ubicada a unas tres cuadras de allí, permanecí anormalmente retraída, silenciosa, tan sumida en mis pensamientos que él lo notó.
―¿Estás bien? Pareces… ausente ―me dijo, dándome un codazo amistoso.
―Lo siento, pero desde que Matt apareció, no puedo evitar volver atrás, al día del accidente.
―Es normal ―me tranquilizó―. ¿Cómo se comportó contigo hoy?
―Fue amable y muy cuidadoso, y su hija es encantadora ―suspiré, encogiéndome de hombros―. Pero a él no le di la oportunidad de hablar del pasado, aunque intuí que quería hacerlo.
Mientras se lo comentaba a Carter, recordé esa mirada que parecía gritar arrepentimiento y desesperación, luego del accidente, mientras intentaba contener la hemorragia.
Sin embargo, no quería escuchar sus disculpas porque no estaba lista para perdonarlo.
No quería hacerlo. Habían pasado once años desde que mi vida había cambiado para siempre.
Once años donde, luego de mi hospitalización, mis padres decidieron que era hora de regresar a Filadelfia.
No querían que él estuviera cerca de mí.
Entramos en el café y Carter abrió la puerta para dejarme pasar primero.
Me encantaban esos gestos que solía tener conmigo.
A veces la gente pensaba que entre nosotros había algo más, pero no podían estar más equivocados.
A Carter le atraían tanto los hombres como las mujeres, pero a mí me quería como una hermana.
Entre nosotros jamás existió ese tipo de tensión.
Hubo una ocasión en que nos besamos solo por curiosidad, y en cuanto lo hicimos, los dos supimos que no era ahí donde pertenecíamos.
Fue incómodo, torpe y gracioso. Lo nuestro era otra cosa, algo más profundo que un romance pasajero.
Desde entonces, ni él ni yo volvimos a intentarlo.
Por eso, gestos como ese, como abrirme la puerta o tomarme del brazo cuando cruzábamos la calle, no significaban nada más que lo que siempre habían sido: el cariño genuino e incondicional de dos almas que se querían como hermanos.
Nos sentamos en una esquina, en la misma mesa de siempre, y pedimos nuestros cafés.
―Esta semana necesitaré que te hagas cargo de la academia ―dijo mientras se quitaba el abrigo y lo dejaba colgado en el respaldo de la silla.
―¿Y eso por qué? ―Fruncí el ceño.
―Tengo que ir a Seattle a visitar a mis padres ―dijo, haciendo un gesto a la camarera.
―¿En día de semana? ―me extrañé.
Carter no era de los que dejaba su trabajo así porque sí. Seguro había otro motivo que lo llevaba a ausentarse.
―Necesitan ayuda con algo relacionado con el negocio familiar ―comentó, como si me hubiera leído el pensamiento―. Mi madre me lo pidió, porque mi padre se niega a molestarme. Así que parto mañana, y regresaré en un par de días. ¿Podrías hacer eso por mí?
―No te preocupes. Ve tranquilo y envíales mis saludos.
―Lo haré.
―Déjame las llaves para ir a alimentar a tu gato ―le pedí.
―No te preocupes. Mi vecino lo hará ―se excusó, y eso llamó mi atención.
¿Por qué se lo habrá pedido al vecino si siempre me lo encargaba a mí cuando tenía que viajar? Además, a su vecino no le gustaban los gatos. Carter me lo había dicho, por eso siempre me lo pedía a mí, para no molestarlo.
―Tranquila ―me dijo al percatarse de mi confusión―, me lo ofreció cuando le comenté que saldría por unos días. Es todo. Además, creo que le gusto. ―Me guiñó un ojo y yo sonreí.
Aunque lo que decía tenía sentido, no pude evitar sentirme rara, inquieta. Seguramente los nervios me estaban jugando una mala pasada y veía problemas donde no los había.
La puerta se abrió y Matt Lancaster entró en el café, acompañado por un hombre que vestía traje al igual que él. De inmediato mi estómago se apretó y mis manos comenzaron a sudar. Me pregunté si trabajaría por los alrededores.
Carter, al notar mi cambio de actitud, se giró y se dio cuenta de lo que pasaba.
―¿Por qué tuvo que venirse a vivir justo aquí a Filadelfia? ―me quejé, frustrada.
―Oye, tranquila ―dijo tomando mis manos y llevándosela a los labios para depositar un tierno beso en los nudillos―. Estarás bien.
Agradecí que me lo dijera, porque todavía no podía convencerme de lo contrario.
La última vez que había visto a Matt, antes de reencontrármelo aquí en Filadelfia, había sido el día del accidente.
Mis padres no dejaron que me visitara en el hospital.
Tampoco lo recibieron cuando quiso verme en casa luego de que me dieran el alta, después de pasar dos meses internada, rehabilitándome.
Y hoy, cuando todavía no me recuperaba de la conmoción por su presencia, ya lo había visto dos veces.
Entonces se giró para colgar su abrigo en la silla y me vio.
Todo mi cuerpo se estremeció cuando mis ojos se encontraron con los suyos.
Por un momento pensé que me haría un gesto de reconocimiento y luego se olvidaría de mí, pero no.
Se disculpó con su acompañante y luego se acercó hasta nosotros.
Sus ojos hicieron un recorrido fugaz hacia mis manos, las que aún permanecían firmemente sostenidas por mi amigo, y luego regresaron a mi rostro.
―Paige, Carter, me alegra encontrármelos aquí ―dijo sin titubear―. Solo quería darles las gracias otra vez por la clase de hoy. Mi hija está muy contenta.
―Paige me ha dicho que es una niña muy talentosa ―comentó Carter, librándome de la posibilidad de contestar―. Nos alegra que le haya gustado.
Matt asintió, y luego, sin dejar de mirarme, se despidió.
―Bueno, nos vemos mañana, Paige. ―Regresó a su asiento y se acomodó, quedando de espaldas a mí.
Apenas podía pensar, reviviendo una y otra vez el momento del accidente, sus ojos atormentados por la culpa, el dolor, la sensación de que iba a morir. Mis ojos se anegaron una vez más. En esos dos días me lo había pasado llorando y con los nervios a flor de piel.
―¿A qué se dedicará? ―quiso saber Carter, soltando mis manos y dándole un sorbo a su café.
Me encogí de hombros.
―Supongo que habrá seguido los pasos de su padre. Es abogado.
Mi amigo asintió. La verdad, era que yo sabía muy poco acerca de la familia de Matt.
Una vez escuché un rumor acerca de que había perdido a su hermano por causa de una leucemia algunos años antes de que yo me mudara a Seattle.
Cuando ocurrió lo de mi accidente, lo corroboré, ya que mi madre había pedido cita en la escuela para informar sobre las reiteradas acciones de hostigamiento que Matt Lancaster tenía conmigo, y le habían explicado que luego de la pérdida de su hermano, él ya no era el mismo.
También le dijeron que no tenían antecedentes acerca de que yo sufriera hostigamiento por parte de él. Eso fue mi culpa, porque nunca se lo había dicho a nadie, pero todo cambió luego del accidente.
Les conté a mis padres lo ocurrido, y fue un momento muy duro para mi familia. Saber que su amada hija había estado sufriendo acoso escolar durante dos años en la escuela no era algo bonito de asimilar.
Por otra parte, la familia de Matt ―o, mejor dicho, la madre de Matt― había insistido en hacerse cargo de los gastos médicos y del tratamiento de rehabilitación, pero mis padres se negaron rotundamente. No querían saber nada de los Lancaster.
―Paige, ¿escuchaste algo de lo que te dije? ―me dijo Carter, tomando mi mano para devolverme a la realidad.
Pero yo, al darme cuenta de que no había oído ni una palabra de lo que me decía, me disculpé con la mirada y me levanté, tomando mi abrigo. Tenía que salir de allí.
―Será mejor que me vaya a casa. Necesito descansar.
―Te acompaño ―dijo, levantándose.
―No es necesario ―insistí, pero él me ignoró.
Pagó la cuenta y abandonamos el café, sin siquiera mirar atrás. No necesitaba darme la vuelta para saber que tenía los ojos de Matt Lancaster clavados en la espalda. Lo supe por la manera en que me estremecí.