8. El error que truncó mi futuro
«Existen momentos en la vida que, aunque quieras, jamás podrás olvidar».
Por aquel entonces, cuando era una adolescente, no sabía que la única vez que iría a la casa de Matt Lancaster lo lamentaría toda mi vida.
«¡Oh, Dios… lo lamento tanto!» ―recordé, de pronto, su desesperación el día del accidente.
Aquel día, ese maldito día en que no debí ni siquiera salir de la cama, me había quedado sin grupo para el trabajo de ciencias, y Matt, desde el otro extremo de la sala, levantó la mano y anunció al profesor que trabajaría con él y con sus amigos.
El estómago se me revolvió en el acto cuando el profesor asintió y escribió mi nombre en su cuaderno.
Lo último que necesitaba era trabajar con él, con su novia, Julia Reed ―que me miraba como si yo fuera un insecto digno de aplastar cada vez que me cruzaba en su camino―, y con su amigo del equipo de baloncesto, Ethan Scott: los amigos de Matt, los que se reían con frecuencia de mí, los que parecían celebrarle todas sus estupideces y besaban el suelo a sus pies.
Me vi obligada a trabajar con ellos durante el resto de la clase, y también a asistir a su casa cuando Matt anunció que esa tarde nos reuniríamos allí para terminar el trabajo.
―No puedo ir a tu casa, Matt, tengo práctica a las siete ―le dije, con la esperanza de que eso me excusara de asistir.
Sin embargo, no sirvió de nada.
―Nos reuniremos antes entonces, y así tienes tiempo de llegar a tu entrenamiento.
La casa de los Lancaster era lo último que quería visitar, pero no tenía forma de excusarme.
Ese día yo cumplía los dieciséis años, aunque nadie lo sabía, salvo mi amigo Carter.
Íbamos a pasar la tarde juntos, pero yo no contaba con que surgiera este imprevisto del trabajo.
Yo no era buena alumna, no porque no fuera lo suficientemente inteligente, sino porque me ausentaba con frecuencia a clases debido a mis presentaciones y a mis entrenamientos, muchos de los cuales coincidían con mi jornada escolar.
Afortunadamente, la academia de ballet se encontraba a tan solo tres cuadras de la escuela, lo que me permitía ir y venir con facilidad de un lugar a otro.
Sin embargo, este rendimiento académico descendido por mi parte no era más que una buena oportunidad para Matt para burlarse de mí.
Y ahora, en su grupo de trabajo, no podía permitirme fallar o demostrar que era menos de lo que en realidad era.
Cuando llegamos a su casa ―que en realidad era una mansión―, se me formó un nudo en el estómago.
Estaba incómoda, fuera de lugar. Si bien era una casa hermosa, de dos plantas, y que no tenía nada que envidiarle a las que salían en las revistas de lujo, para mí no era más que un escenario hostil.
Podía sentir la esencia de Matt en cada mueble y en cada rincón.
Me parecía increíble que una persona pudiera crecer en un ambiente tan sofisticado y no poseyera un mínimo de respeto por los demás.
Cuando vi su casa, me convencí de que realmente era un idiota, y jamás agradecí tanto tener la familia que tenía, aunque cada cosa que teníamos les costaba a mis padres el sudor de su esfuerzo.
No importaba lo bonita que fuera la casa de Matt porque, aunque tenía todo lo que el dinero podía comprar, no existía calor de hogar. No lograba relajarme y, en vez de admirarla, solo quería marcharme de allí.
Matt nos hizo pasar a la terraza y casi al instante apareció una mujer con una bandeja con refrescos.
Sus amigos parecían a gusto, relajados. En cambio yo, ni siquiera me atrevía a respirar.
Pero como no quería que notaran mi nerviosismo, saqué el cuaderno de mi bolso y lo puse encima de la mesa, con intención de que pudiéramos finalizar pronto el trabajo y así pudiera marcharme de allí.
―Podemos hacer el trabajo después ―dijo Matt, inclinándose hacia atrás con una sonrisa confiada―. ¿Demos un paseo en lancha?
―¿Ahora? ―pregunté, notando que yo era la única que parecía oponerse a hacerlo.
―Es solo un paseo corto ―insistió Matt―. El lago está hermoso.
En ese momento comprendí que Matt y sus amigos no tenían ninguna intención de realizar el trabajo, y que solo querían divertirse… a mi costa. Lo había preparado todo con estudiada atención. Una broma, un susto, algo «inofensivo» que dejó de serlo para convertirse en algo fatal.
Incapaz de negarme, me vi arrastrada hacia el muelle.
Este crujió bajo el peso de los cuatro mientras avanzábamos hacia la lancha.
Fui la última en subir, porque tenía miedo de lo que ellos podían hacerme.
Sin embargo, no pude decir que no. Parecían realmente interesados en divertirse y no habían dado muestras de querer hacerlo a mi costa. Me equivoqué.
―Vamos, Paige ―me indicó Matt, tomando mi mano para ayudarme a entrar en la lancha―. Siéntate atrás.
La sensación de su piel tocando mi mano fue extraña, lo que me confundió hasta el punto de bajar mis defensas.
Me senté atrás, como me había indicado. Matt arrancó la lancha y aceleró lo suficiente como para que el viento me golpeara el rostro.
Ethan cogió unas cervezas y las repartió.
Negué con la cabeza y la incomodidad que me había abrazado en un principio, ahora se había tornado insoportable.
Matt ejecutaba unos giros tan bruscos que me veía obligada a sujetarme con firmeza del borde, rígida, mientras ellos se reían como si fuese la experiencia más divertida del mundo.
De pronto, apagó el motor lo suficientemente lejos de la orilla como para regresar nadando.
Después, Matt se quitó la ropa, quedando en traje de baño y dejando a la vista un torso atlético y bien desarrollado, a pesar de tener apenas dieciséis años, cumplidos dos días atrás.
Fue una sorpresa enterarme de que cumplíamos años con tan solo dos días de diferencia.
Ethan y Julia también se despojaron de sus prendas, aunque ellos se lanzaron al agua con ropa interior. Matt me sonrió y me tendió la mano.
―Vamos, Paige. Nademos un momento ―me dijo, regalándome una sonrisa que dejaba a la vista el hoyuelo de su mejilla derecha.
―No tengo traje de baño.
―Báñate con camiseta, y después te paso una mía.
Dudé, pero parecía tan inofensivo que cedí.
Qué estúpida fui. Esperó a que me quitara los pantalones, sin dejar de mirarme con agudeza.
Me sentí avergonzada, porque sabía que mis piernas eran demasiado delgadas y que la camiseta apenas me cubría el trasero.
Me sonrió. Luego, tomó mi mano, contó hasta tres y saltamos al agua mientras sus amigos vitoreaban como si fuera una hazaña, y no el inicio de una pesadilla que yo, ingenuamente, todavía no veía venir.
Era finales de mayo y la temperatura afuera era agradable, pero el agua estaba tan helada que me estremecí al contacto.
Nos bañamos unos minutos y luego, no sé en qué momento, ellos se subieron a la lancha y arrancaron sin mí.
Se alejaron lo suficiente como para que yo me angustiara, pero me alivió ver que daban la vuelta y regresaban, aunque Matt no tenía intenciones de bajar demasiado la velocidad.
Cuando estuvo cerca, giró la lancha en mi dirección, lo suficientemente rápido como para generar una ola.
Grité cuando la cola de la embarcación pasó por mi lado.
―Oye, Matt, no jodas. Está muy cerca ―escuché que le decía Ethan.
―Tranquilo. Lo tengo controlado.
Matt se alejó nuevamente y repitió el ejercicio, con la intención de asustarme.
Lo había conseguido con creces y me puse a llorar porque tenía miedo de que me lastimara.
Tragué saliva mientras, entumecida por el frío y por el miedo, me limité a permanecer inmóvil y a dejar que las lágrimas se mezclaran con el agua. Sabía que algo iba a pasar. Lo sabía.
Nunca olvidaré la mirada de satisfacción de Matt cuando la lancha se acercó a mí, una vez más, demasiado rápido.
Realizó un cambio brusco de dirección para mojarme con la ola, pero calculó mal el radio del giro.
La lancha pasó mucho más cerca de lo previsto.
Escuché un grito aterrador. Había salido de mi propia garganta cuando la hélice me golpeó la cadera, ocasionándome un dolor insoportable.
Nunca olvidaré el sonido de mi cadera al romperse. Fue estremecedor.
Podía ver la sangre teñir el agua a mi alrededor, el silencio de la embarcación al apagarse y su pánico.
El pánico de Matt; los gritos de sus amigos y el dolor.
Un dolor tan intenso que apenas podía pensar.
Comencé a hundirme, ya que era incapaz de mover las piernas para flotar.
Dolía tanto que tuve la impresión de haber perdido la pierna.
Lo peor, además del dolor, era la incertidumbre del daño, de no saber si sobreviviría a una lesión así o si volvería a bailar.
―¡Lo siento, Paige, lo siento! ¡Fue un accidente! ―escuché que me decía a gritos mientras me sujetaba para que no me hundiera. Se había lanzado al agua para auxiliarme―. ¡Ethan, Julia!, ¡ayúdenme a subirla! ―le oí gritar.
Jamás había visto tanto miedo en la mirada de nadie, salvo en mis ojos cuando me escondía en el baño de la escuela luego de ser víctima de su hostigamiento.
Jamás había padecido un miedo de tal magnitud.
Iba a morir. Estaba convencida de que cada respiración que lograba tomar podría ser la última.
Incluso llegué a pensar que él sería capaz de matarme con tal de ocultar lo que me había hecho.
Le tuve miedo, incluso más del que él mismo sentía.
Cuando me recostaron en la lancha y miré mi cadera, luchando por mantenerme despierta, me horroricé. Era mi fin.
―¡Lo siento… lo siento! ¡No quería…! ―sollozaba Matt a mi lado, cubriendo la herida con su ropa. La sangre la había estropeado y las manos le temblaban mientras presionaba la tela contra mi piel―. ¡Estarás bien!
Pero ya era tarde, muy tarde para mí.