7. Matt lleva a Holly al ballet
«Hay ternuras que solo la inocencia de un niño puede despertar».
Estaba nevando y la ciudad por completo se cubría de blanco. Todo un espectáculo de la naturaleza del cual no podía dejar de maravillarme. Acostumbraba ir a patinar los fines de semana con mi amigo Carter si ninguno de los dos tenía planes, pero ese día, con el clima así, sería imposible.
Una vez que me refugié del frío en su oficina, me preparé un café y me senté. Él me observaba entrechocando los dedos de sus manos, con los pies apoyados sobre el escritorio.
―Suéltalo ―dijo, como si me hubiera leído el pensamiento.
―Estoy nerviosa ―reconocí, y Carter sonrió.
―Lo sé. Cuéntame.
―Tengo que bailar. ¿Tienes un momento para que lo hagamos juntos?
Carter bajó las piernas del escritorio y apoyó los codos en la mesa. Luego se inclinó hacia mí.
―Así de grave, ¿eh? ―Yo asentí.
Me conocía bien, tanto que no me presionaba. Carter sabía que, cuando le pedía bailar antes de desahogarme, era porque necesitaba organizar las ideas en mi cabeza.
Se levantó, miró su reloj y luego me tomó de la mano.
Después entramos al salón donde yo daba mis clases y encendió el equipo de música.
Mientras nos preparábamos, no pude evitar admirar la perfección de sus movimientos y la fluidez que nos envolvía cuando bailábamos juntos.
Era como si nos amáramos, no como lo hacen los amigos, sino con un amor pasional, como el que se lee en una de esas novelas que dejan huella en el alma, o se admira en una buena película.
Estábamos hechos para bailar juntos, porque éramos uno; fluíamos como dos amantes en la cumbre de su amor.
Pero Carter y yo no éramos más que dos almas gemelas que se amaban con la profundidad de una amistad genuina y duradera, que habían llegado a la vida del otro en el momento más oportuno.
―Estás tensa, relájate ―me indicó, tomándome por la cintura y elevándome por sobre su cabeza.
―Lo siento ―dije, cerrando los ojos y centrándome en el sonido de los violines que nos envolvía con su nostalgia del pasado.
Cuando finalizamos, Carter me besó la mejilla y me sonrió.
―Suéltalo, Paige ―me pidió, tal como lo había hecho en su oficina.
―Le dije a Matt que podía traer a su hija solo a mirar.
―Corrijo ―dijo mi amigo, intuyendo la verdad―. Te convenció de traer a su hija a observar las clases, porque no aceptó un «no» por respuesta.
Yo asentí. Carter tenía razón.
―Hice mal, ¿verdad?
―¿Qué es lo que realmente te preocupa, Paige?
―No lo sé ―dije, sentándome en el suelo y elongando mis piernas―. ¿Crees que es coincidencia que sea justamente en nuestra escuela donde quiere que su hija se forme como bailarina?
―Podría ser una posibilidad ―reconoció, agachándose detrás de mí y masajeando mi cuello―. O también puede que esté arrepentido de todo y quiera enmendar las cosas contigo. Te lo debe.
―Tengo miedo.
―Lo sé, pero no hay nada que temer. Él no puede hacerte daño, cariño. Tú ya no eres esa niña asustada, y yo estoy aquí. Sabes que jamás permitiría que te hiciera daño otra vez.
Suspiré, pensando en que mi amigo tenía razón.
―Paige ―dijo Carter, girándome hacia él―. Tú pones los límites. Aquí eres tú la que mandas, no él. Limítate a ser la maravillosa maestra de ballet que eres, y trátalo como a todos los demás. Eres una profesional, la mejor. Que no se te olvide ―dijo, dándome otro beso, esta vez, en la frente.
―Gracias, Carter.
―Ya, levántate y bailemos otra vez. No hay mejor remedio contra las preocupaciones que bailar.
∞∞∞
Tres horas después, luego de haber finalizado las clases con el grupo más avanzado, comenzaron a llegar los padres de las niñas más pequeñas. Sabía que en cualquier momento él se presentaría allí, con su hija, y tendría que enfrentarme nuevamente a su mirada, a los recuerdos y a mis dolores.
Me estaba mirando en el espejo del salón mientras me acomodaba el cabello en un moño alto cuando lo vi.
Y aunque todo se me removió por dentro, adquirí mi pose más profesional y me giré hacia él.
Luego me acerqué y le tendí la mano para saludarlo.
Lo hice con rapidez, sin apenas mirarlo, de la manera más impersonal de la que fui capaz.
―Bienvenidos.
No le di tiempo de hablar. Me agaché para quedar a la altura de una hermosa niña rubia, de ojos azules, que me miraba como si yo fuera una princesa. Se parecía a Matt, incluso en el hoyuelo en la mejilla, y me estremecí. Solo esperaba que no tuviera el alma negra como él.
―Tú debes ser Holly. Soy Miss Paige ―le dije con una sonrisa. Ella, aún aferrada a la mano de su padre y escondiéndose tímidamente detrás de él, no pudo evitar abrir los ojos de par en par por la sorpresa.
―¿Me conoce?
―Claro, sé que te gusta el ballet y que algún día quieres ser una bailarina ―le dije, y ella me regaló una sonrisa tímida, pero fue el brillo en sus ojos lo que me robó el corazón.
―¿Eres bailarina? ―me preguntó, dando un paso hacia mí, aunque todavía no se soltaba de la mano de Matt.
―Lo soy.
―¿Y por qué no tienes tutú?
―Porque no lo utilizo cuando estoy practicando ―le expliqué―. ¿Sabes bailar, Holly?
―Estuvo en clases en Seattle, aunque solo unos meses ―respondió Matt, pero yo levanté la mano para que se callara.
No quería que él me respondiera, sino su hija. Así que negué levemente con la cabeza y me complació ver que advertía mis intenciones y asentía. Ni en un millón de años habría pensado antes que Matt Lancaster me haría caso a mí.
―Holly, ¿sabes bailar? ―volví a preguntar.
―Sé hacer esto ―me dijo, soltándose por fin de la mano de Matt y sentándose en el suelo, para mostrarme cómo hacía puntas de pie.
Me agaché de nuevo y con mis manos corregí la dirección de sus piernas, que estaban levemente inclinadas hacia dentro.
Luego le indiqué que elevara los brazos en quinta posición, sobre la cabeza.
Me sorprendió su coordinación natural y la capacidad que tenía, a tan corta edad, para activar la musculatura de forma consciente.
―¡Guau! ―le dije, mostrándole que estaba muy sorprendida y complacida―. ¡Qué bien lo haces! ¿Te gustaría por hoy participar en mi clase? Tal vez si lo haces así de bien, podría hacerte un cupo para que vengas todos los días. ¿Te gustaría?
―¡Sí! ―chilló, alegre.
―Bien, Holly. Ve allá y elige de ese bolso una de las faldas. Hay de varios colores. ¿Tienes zapatillas?
―No las traje ―respondió, mirando a su padre, preocupada.
―No importa ―la tranquilicé―. Yo te prestaré.
La niña se fue corriendo, rebosante de alegría. Entonces miré a Matt y le dije:
―Tu hija tiene muchas condiciones y parece que realmente le gusta. No suelo hacer excepciones, pero por ella haré una. Puede quedarse en el grupo, siempre que cumpla con puntualidad los horarios.
Él asintió y me sonrió, despacio.
―Gracias, Paige, de verdad ―murmuró, sincero.
Yo me mantuve firme, sin permitir que su gratitud abriera ningún puente entre nosotros.
―No hay nada que agradecer ―respondí, fría, profesional―. Esto es solo por Holly, y por el ballet. Y quiero que quede claro que, entre tú y yo, todo será estrictamente profesional.
Él tragó saliva y luego asintió, aceptando el límite que acababa de trazar.
―Y ahora, si me disculpas, tengo que dar inicio a mi clase. Siéntate junto a los demás padres.
Me miró, y aunque no pronunció palabra, pude ver en sus ojos la sombra del arrepentimiento por todo lo que me había hecho. Sin embargo, eligió callar, y pensé que era lo mejor que podía hacer.
Se fue a sentar. Desde allí, lo observé mirar a Holly con un amor que jamás habría imaginado que pudiera existir dentro de él. Después de eso, me obligué a olvidarlo y a concentrarme en mi trabajo. Aun así, con él allí, todo resultó mucho más difícil.