Los latidos que nos quedan 6. La agresión de James
11%

6. La agresión de James

«Cuando la única respuesta a la desesperación es la ira, la violencia se convierte en un arma».

No había sido nada fácil seguir funcionando ese día luego de la visita de Matt a la academia.

Su presencia permanecía aferrada a mis recuerdos, a pesar de que físicamente ya no estaba allí.

El hecho de saber que lo vería nuevamente mañana no ayudaba a relajar mis nervios.

Tampoco lo hacía el encontrar más de diez llamadas perdidas de James en mi teléfono.

Mi abogado había sido claro en que no debía hablarle ni tener ningún tipo de contacto con él, pero mi exmarido insistía en acosarme.

Me quité las botas y me puse calcetines de lana.

Después, encendí el calefactor y me serví un té.

El apartamento era inhóspito, tan frío que uno podía congelarse en cuestión de segundos si no había encendida una fuente de calor, pero era lo único que podía permitirme en esos momentos de mi vida; era mi sitio seguro.

Estaba a punto de darle un sorbo a mi taza cuando el timbre sonó con insistencia.

―¡Ya voy! ―grité.

Había pedido una pizza para cenar, porque no había tenido tiempo de ir al supermercado y tampoco tenía ganas de cocinar. Pero cuando abrí la puerta, me di cuenta demasiado tarde de que no era el repartidor.

―James, ¿qué haces aquí? ―dije, frunciendo el ceño y sintiéndome incómoda por su insistencia en abordarme.

―Necesitamos hablar.

―Si tienes algo que decirme, hazlo a través de mi abogado ―espeté, molesta―. No tienes nada que hacer aquí.

Hice intentos por cerrar la puerta, pero James metió el pie, obligándome a retroceder un paso.

―No voy a irme. No hasta que terminemos esta conversación.

En ese momento mi corazón se aceleró, aunque no grité. Más bien todo lo contrario. Era como si me hubiese congelado.

Mientras él empujaba la puerta y la cerraba con un portazo, apropiándose de mi espacio, yo intentaba ordenar mis pensamientos, luchando con esa sensación de dominación que de pronto me abordó.

James no solía ser violento en el estricto sentido de la palabra, pero era alto e imponente, y su presencia física tenía el poder de intimidarme.

Era hábil y manipulador, y yo había comenzado a temerle.

Mientras caminaba por la habitación como si el lugar le perteneciera, observándolo todo con el ceño fruncido, yo me recomponía ante su presencia.

―Vives así por tu culpa.

―No por la mía ―respondí, armándome de valor.

James me sonrió con desprecio, pero me mantuve firme, fría.

―Siempre fuiste una malagradecida. Todo lo que teníamos lo arruinaste. Si me hubieras apoyado, aún conservaríamos nuestras cosas.

―Nuestras cosas se perdieron por tus apuestas, James, no por mi culpa. Y utilizaste a mis espaldas el dinero que mis padres me habían dado para el estudio de fertilidad. ¿Qué más querías que sacrificara?

―Tú me cediste el derecho a usarlo.

―Sí, pero porque me engañaste para conseguir mi firma ―espeté con rabia.

―Debiste apoyarme ―insistió, sin escucharme―. Si hubieras estado de mi lado, nada habría pasado.

―Siempre te apoyé, hasta que me di cuenta de tus mentiras y de que nuestro dinero se iba en apuestas y en mantener tus caprichos ―dije, intentando mantener la calma―. Incluso tenías una amante, James, ¿cómo querías que me tomara eso?

Ni siquiera había elevado la voz.

―Deberías preguntarte por qué tuve que buscar en otra cama lo que tú eras incapaz de darme, Paige. Tú eres la única responsable. Ni siquiera eso eres capaz de hacer bien.

Lo dijo recorriéndome con la mirada con desprecio, como si le asqueara mi cuerpo. Ya había aprendido a leer las señales en él, y quería lastimarme, hacerme sentir insignificante, pero sus palabras ya no tenían ese poder sobre mí. Ya no.

―No voy a discutir contigo. Quiero el divorcio, y nada cambiará eso ―dije, caminando hacia la puerta y abriéndola para que se marchara.

James apretó las manos y caminó con rapidez hacia mí, asustándome de verdad.

Cerró la puerta y me empujó sin ninguna delicadeza contra la pared.

Podía leer en sus ojos oscuros, esos que alguna vez me miraron con ternura, todo su odio y toda su desesperación.

Después, apoyó una mano en la pared, acorralándome, atrapándome sin siquiera tocarme, y me aterré.

Jamás había perdido el control así antes, y tuve miedo de él.

―¿Tienes idea del daño que me estás haciendo? ¿De lo que puedo hacer si me dejas? ―dijo en voz baja, amenazante.

Tragué saliva con nerviosismo. Podía escuchar los latidos de mi corazón galopando con fuerza debido al temor. Él, al notar que me había intimidado, continuó:

―No te conviene dejarme, Paige. No te daré el divorcio y no permitiré que vendas la casa, cariño. Que no se te olvide eso.

―La venderé. Es mía ―dije, pero él golpeó con violencia la pared con la mano abierta, sobresaltándome.

―No vas a vender la casa ni tampoco te divorciarás de mí, Paige. Quiero que te quede eso claro. Tú no me dejarás.

―Márchate, James ―susurré, asustada―. Sal de aquí.

El timbre sonó, y me alivió saber que había alguien detrás de la puerta que me pudiera escuchar si gritaba.

James retrocedió, me dio un último vistazo, abrió la puerta y se marchó. El repartidor me entregó el pedido, ajeno a la tensión que se respiraba en el ambiente. En cuanto se fue y cerré la puerta, me dejé caer al suelo y rompí en un llanto desgarrador.

Hacía tiempo que James ya no era el mismo hombre del cual yo me enamoré.

Cuando lo conocí, hacía cuatro años, era encantador.

Pocos meses después ya estábamos de novios y, en menos de un año, ya nos habíamos casado.

Por ese entonces, me hacía sentir especial, como si yo fuera la mujer más hermosa que pisaba el planeta.

Y para alguien como yo, con una autoestima tan descendida, eso fue mi perdición.

No vi las señales de peligro que me advertían acerca de su naturaleza manipuladora, depredadora.

Tampoco noté cómo, poco a poco, me fue alejando de mi familia.

Insistió en que viviéramos en mi casa, esa que yo había comprado con mis ahorros antes de él, porque le gustaba el barrio donde se encontraba ubicada.

Pero como no le gustaban mis muebles me convenció de que la redecoráramos.

Le dije que sí, solo para que se sintiera a gusto, aunque a mí el lujo no me deslumbraba como a él.

James tenía un buen trabajo y poco a poco comenzó a criticar el mío.

Luego le siguieron las desconfianzas por mis amistades y unos celos que solo ensombrecían nuestra relación, de por sí ya difícil.

A eso se sumó su insistencia de convertirnos en padres, ya que en su empresa los altos ejecutivos podían optar a cargos importantes solo si tenían familia.

Nunca me embaracé, y eso aumentó la brecha emocional entre nosotros.

Por supuesto, era mi culpa. Cuando me di cuenta de su juego, de su problema con las apuestas y de sus mentiras, ya era demasiado tarde para nosotros, y me fui.

Las manos me temblaban porque comprendía que James se había vuelto una amenaza real, y no solo un error del pasado.