Los latidos que nos quedan 5. La insistencia de Matt
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5. La insistencia de Matt

«Una decisión puede ser suficiente para que todo lo demás deje de ser igual».

Bajé del autobús frente a la academia Nova Dance, y el aire frío me golpeó el rostro con una fuerza brutal.

Pero no fue eso lo que en realidad me hizo sentir congelada, sino el hecho de que, justo en ese momento, Matt Lancaster acababa de ingresar por la puerta.

Al parecer, él no iba a desistir en su empeño por conseguir que su hija tomara clases allí.

Me armé de valor y recuperé la compostura.

Luego, decidida a no dejar que me intimidara, entré en la academia sin mirar a nadie en particular, aunque su presencia parecía invadir cada rincón de la habitación.

Podía sentirlo allí, observándome, reconociéndome.

Podía percibir cómo el vello de mi nuca se erizaba como si me respirara encima, pero, a pesar de ello, ignoré la sensación y me dirigí hacia el salón donde impartiría mi clase.

Era temprano aún y el lugar estaba vacío y templado, lo que agradecí.

Mientras me quitaba el abrigo y lo colgaba en el perchero, escuché su voz. Era más ronca, más robusta; era la voz de un hombre, y aunque ya no había rastro de su juventud en ella, ni tampoco malicia, todavía tenía el poder de intimidarme.

―Paige ―susurró mi nombre con suavidad.

Me giré, intentando mostrarme indiferente, firme, sólida, y elevé el mentón hasta que mis ojos del color de la miel se enfrentaron a los suyos, dos pozos azules donde temía perderme.

Llevaba el abrigo abierto, y debajo vestía un traje oscuro, una camisa blanca y una corbata negra con finas líneas doradas.

―Hola, Matt. ¿Qué haces aquí? ―le dije con indiferencia mientras me sentaba para cambiarme las botas por mis zapatillas.

En ese momento centré mi atención en mis pies, aunque su presencia invadía cada rincón de la habitación con una fuerza abrasadora.

―Me alegra verte, Paige ―dijo, ignorando mi pregunta―. ¿Cómo has estado?

―Bien, gracias ―le respondí con indiferencia, sin siquiera devolverle la pregunta―. Supe que viniste ayer y que Carter ya te explicó que no tenemos cupos para tu hija. ¿Qué es lo que quieres, Matt?

Un recuerdo fugaz de él burlándose de mí por mi extrema delgadez apareció de pronto, perturbándome: «¡Ey, hilito, no te vayas a volar allá afuera!

», me gritó cuando pasé frente a su grupo en el pasillo, consiguiendo que sus amigos se carcajearan.

Yo fingí no escucharlo. «No te ofendas, es con cariño», añadió sonriente, pero yo sabía que no era así.

Con frecuencia me hacía sentir insignificante y fea debido a mi delgadez.

―Paige, yo… ―titubeó, lo que me hizo levantar la vista hacia él, devolviéndome a la realidad. Se pasó la mano por la cabeza, y comprendí con estupor que estaba nervioso―. Me gustaría mucho que pudieras entrenar a mi hija. Sé que yo…

―Lo siento, pero no tengo cupo ―lo interrumpí, evitando así que hiciera cualquier mención respecto al pasado.

―Pagaré lo que sea necesario, Paige, por favor.

―No se trata de dinero, Matt ―le dije, levantándome y elevando mi pierna por sobre la barra para elongar, mostrándome fría e impersonal.

Noté que no se perdía detalle de mis movimientos―.

Tenemos mucha demanda, pero puedes esperar a que la secretaria te avise cuando se abra un cupo.

En el grupo de Miss Ivonne quizás la podrían recibir si se abre una vacante.

―No quiero que Miss Ivonne la entrene, sino tú, Paige ―dijo con firmeza, consiguiendo que lo mirara―. Quiero a la mejor para mi hija.

―Lo lamento, pero eso no es posible.

―Entonces te contrato de manera particular ―insistió con vehemencia―. Haré lo que sea, estoy dispuesto a pagar lo que me pidas con tal de que seas tú la que le enseñe a bailar.

Mientras lo escuchaba, no podía evitar preguntarme por qué quería que precisamente yo fuera la profesora de su hija, si jamás me estimó; si solo despertaba en él desprecio y rechazo.

Tal vez era la culpa por lo que me hizo, por haber impedido, por su imprudencia y su maldad, que yo cumpliera mis sueños de convertirme en una bailarina profesional.

Por otra parte, no podía soportar la idea de tenerlo cerca, recordándome día a día todo lo que yo había perdido. Tenía que negarme.

―No, lo siento, pero me es imposible ―afirmé con más dureza de la esperada.

Se había filtrado en esa negativa una pizca de ira, una de las huellas de mis dolores. Él lo notó, y suspiró con frustración. No estaba acostumbrado a no salirse con la suya, pero a mí no me importó. Su hija no era mi problema, ni tampoco las emociones que mi rechazo le causaban.

―Paige, ¿podría al menos traerla para que pueda mirar a las niñas bailar? Solo observará, por favor ―rogó con una humildad que jamás había presenciado en él―. Mi hija ama a las bailarinas y, desde que perdió a su madre, solo piensa en convertirse en una. Acabamos de mudarnos desde Seattle.

Eso había sido un golpe bajo, y Matt me conocía demasiado bien como para utilizarlo conmigo, ya que sabía que yo no me negaría luego de saber que esa niña había perdido a su mamá siendo tan pequeña.

No pude evitar preguntarme qué le habría pasado a esa mujer.

Sin embargo, me dio rabia que utilizara esa información para sensibilizarme, para debilitarme frente a él.

Matt pareció notar mi titubeo e insistió:

―Por favor, Paige. Solo a observar. Si te estás negando por lo que yo te hice… ―Lo silencié, levantando la mano.

―Mañana al mediodía. Ahora es mejor que te vayas, mi clase está por comenzar.

Justo en ese instante ingresaron mis alumnas al salón, y Matt, al comprender que le había dicho que sí, me regaló una sonrisa, no de esas vacías e irónicas que solía darme en el pasado, sino una genuina que me estremeció por dentro.

Sabía que mi debilidad por haber aceptado su requerimiento me causaría dolores y me lastimaría, pero ya no había vuelta atrás.

Una vez más, Matt Lancaster se había salido con la suya, aunque esta vez la culpa era solo mía.

Abandonó el salón, dejando a su paso la estela de su perfume y el aire cargado de masculinidad. Incluso las alumnas se quedaron observándolo entre risitas curiosas, seguramente admirando su atractivo, ese que parecía haberse intensificado con el paso de los años.

Tal vez no estaba preparada para enfrentar a Matt, pero también sabía que ya no era la niña que él dañó. Si el destino insistía en ponerlo de nuevo en mi camino, tendría que hacerle frente y demostrar que yo tenía el control, aunque por dentro todo en mí temblara.