4. No puedes dañarme
«Hay heridas que dependen solo de ti para poder sanarlas».
Ese día regresé a mi apartamento más agotada que de costumbre y con un dolor de cabeza terrible.
La imagen de Matt Lancaster ingresando al salón de danza, y los recuerdos que comenzaron a acecharme desde entonces fueron más de lo que podía soportar.
Por otra parte, mi exmarido no dejaba de enviarme mensajes para que nos reuniéramos en algún sitio porque, según decía, necesitaba hablar conmigo de algo importante.
Hacía seis meses que nos habíamos separado y aún estábamos tramitando nuestro divorcio. Yo quería el divorcio; él no.
Se lo había pedido porque ya no soportaba sus mentiras ni su manera de arrastrarme con él hacia el abismo.
James tenía un problema con el juego y, aunque al principio intenté justificarlo, pensando que era solo una etapa, con el tiempo se convirtió en una adicción que lo consumió por completo.
Apostaba todo nuestro dinero, y eso acabó con la poca confianza que le tenía.
―Lo siento, pero su tarjeta fue rechazada ―me dijo la cajera del supermercado cuando quise pagar las compras en una oportunidad.
―Eso no es posible ―protesté, avergonzada y sorprendida. Había revisado mi cuenta recientemente y tenía un saldo considerable, por eso no me cuadraba―. ¿Podría comprobarlo de nuevo?
―Ya la he pasado tres veces ―me aseguró la mujer.
Esas fueron las primeras señales de que algo no andaba bien con él. Cuando quise reaccionar, las deudas se habían acumulado y las llamadas de los acreedores se volvieron parte de mi rutina. Y yo, desesperada, intenté ayudarlo, pero él siempre encontraba la forma de mentirme.
―Te prometo que esto no volverá a suceder, que la semana que viene pediré hora con un especialista ―solía decirme.
Fingía que lo había dejado, que buscaba ayuda, pero cada vez caía más hondo.
Después me enteré de que no solo había perdido dinero en apuestas, sino que también había estafado a algunos socios de la empresa donde trabajaba.
Incluso me hizo firmar algunos documentos que, según él, eran simples formalidades de la empresa, pero que más tarde descubrí le daban poder para gestionar mis cuentas bancarias.
Era astuto, y yo, en mi inocencia o estupidez, sin darme cuenta de sus intenciones, seguía confiando en él.
Me sentí humillada, utilizada.
A eso se sumaba esa necesidad constante de tener el control y de hacerme sentir culpable por todo. Cuando algo salía mal, siempre era mi responsabilidad.
―Si buscaras un trabajo de verdad en vez de pasarte el día girando sobre tus pies, las cosas serían diferentes.
El dinero no nos alcanzaba porque él se lo había gastado, o lo había perdido en apuestas.
Me quitó hasta el último centavo que mis padres me habían dado luego de vender la librería de mamá.
Me decía que era egoísta y que solo pensaba en bailar, cuando no era precisamente yo la que cambiaba el automóvil por uno más costoso.
Él lo justificaba diciendo que debía usar un vehículo acorde con su cargo en la empresa.
―Tú no entiendes nada, ni tampoco me apoyas. Soy yo el que pone la comida en la mesa y paga las cuentas. Tu trabajo apenas aporta nada.
Hasta su frustración por no tener hijos la descargaba sobre mí, asegurando que era yo quien no podía embarazarse. Su manipulación era tan sutil al principio que tardé años en reconocerla. Y, por si fuera poco, también descubrí que había otra mujer.
En ese punto comprendí que no había nada más que hacer. Ya no era amor lo que sentía por él, sino una mezcla de rabia, tristeza y cansancio. Lo había dado todo por sostener un matrimonio que hacía tiempo se había desmoronado.
―Quiero el divorcio, James ―le pedí un día, justo antes de que vinieran a embargar nuestras cosas―. Lo nuestro ya no tiene sentido.
Se puso furioso y lanzó la copa de vino que estaba bebiendo contra la pared.
―Claro, ahora que todo se viene abajo, decides abandonarme ―escupió con rabia―. Cuando tenía dinero, cuando todo era perfecto, ahí sí eras mi esposa. Pero ahora… ahora que las cosas están mal, me das la espalda.
―No es eso, James. Ya no puedo más con tus mentiras.
―¿Mis mentiras? ―rio con amargura―. Eres tú la que vive en su mundo de fantasía, escondida tras tus clases de ballet como si eso te hiciera mejor que los demás. ¿Sabes qué? Sobre mi cadáver te daré el divorcio, Paige. No pienso dejar que me destruyas la vida.
No lo escuché.
Cuando lo dejé, me fui sin nada, salvo por mi colección de bailarinas y algunos artículos personales más significativos, ya que lo había perdido todo: mis sueños, mis cosas y mis ahorros, y tuve que empezar desde cero.
Me mudé a un pequeño y modesto apartamento que pagué con algo de dinero que les pedí prestado a mis padres, y lo amoblé con una cama de segunda y un sofá heredado de mi amigo Carter.
Pero allí, por primera vez en mucho tiempo, pude dormir sin miedo a lo que pudiera pasar al día siguiente.
No había lujo, pero sí silencio. No había espacio, pero sí encontré la paz.
Y esa paz acababa de esfumarse con la aparición de Matt Lancaster en la academia.
Bastó verlo tan solo unos segundos para que todo lo que creía haber dejado atrás se agitara de nuevo; para que se tambalearan todos los cimientos donde me estaba reconstruyendo otra vez.
Fui por una botella de agua a la cocina y me encerré en la pequeña habitación que usaba para bailar.
Mi apartamento era diminuto y tenía solo dos cuartos: el más grande, que alguna vez fue la habitación matrimonial de alguien, lo había convertido en mi espacio de práctica, aunque seguía siendo ridículamente pequeño; y el cuarto más reducido era donde dormía, en una cama tan estrecha que apenas cabía en el lugar.
Comencé a relajar el cuello, a mover los tobillos y a estirar mis músculos con la música sonando a un volumen moderado.
Necesitaba equilibrio, el emocional más que el físico, y no había nada mejor para buscarlo que girar sobre mi propio eje.
Subí a relevé y ejecuté la primera pirouette.
Pero a medida que giraba, también me azotaban los recuerdos.
Me vi a mí misma bailando en el gimnasio de la escuela, con Matt Lancaster observándome desde las gradas, a escondidas.
No entendía por qué lo hacía, por qué me observaba si yo despertaba en él sentimientos de odio y rechazo.
A veces era amable y después se comportaba como un patán, humillándome frente a sus amigos, como aquella vez, después de la clase de natación.
Cuando terminé de ducharme y fui al vestidor, no había rastro de mi ropa ni nadie a quien pedir ayuda.
No me quedó más opción que envolverme en una toalla y salir al pasillo para que alguien me auxiliara.
Allí estaban Matt y su grupo, esperándome.
Se reían, me apuntaban con sus teléfonos, y uno de ellos comentó lo obvio: que era demasiado delgada, que parecía una tabla, que no había nada que mirar.
Matt, riéndose, remató que yo no valía nada y luego me lanzó la ropa a los pies, completamente empapada. Deseé desaparecer.
Ellos se marcharon entre risas y yo recogí mis cosas con los ojos llenos de lágrimas. Odié esa escuela más que nunca, y lo odié a él, a su belleza que escondía tanta fealdad dentro. Cuánto lo odié.
Intenté girar otra vez, más rápido, como si pudiera expulsar esos recuerdos con la fuerza del movimiento, pero solo lograban clavarse más hondo.
De pronto me di cuenta de que estaba llorando. Me dejé caer al suelo, incapaz de seguir bailando. Cuando por fin logré moverme, después de lo que me parecieron horas, me levanté y me recosté en mi cama, decidida a no permitir que él volviera a destruirme.
―Ya no eres esa niña, Paige. Él ya no puede lastimarte ―me repetí en voz alta, una y otra vez, hasta que el cansancio terminó por vencerme y me quedé dormida.