3. Señales contradictorias
«El «miedo pierde fuerza cuando se le mira de frente».
Literalmente corrí a esconderme al baño cuando lo vi, temerosa de que me hubiera reconocido. Tuve que mojarme el rostro con agua fría para tranquilizarme. Mis pulsaciones se habían elevado a un ritmo poco saludable y me costaba respirar.
―¡¿Qué hago, Dios mío?! ―exclamé, llevándome la mano al pecho y obligándome a respirar más lento para aplacar mi ansiedad.
Entonces comprendí que no tenía otra salida que enfrentarme a mi pasado, porque, quisiera o no reconocerlo, ya no era aquella niña insegura a la que podían lastimar.
La vida me había puesto a prueba más de una vez, y no me había quedado otra opción que volver a empezar. O renacía, o me perdía para siempre.
Abandoné el baño y pasé por la oficina de Carter, antes de regresar al salón. Necesitaba desahogarme. Mi amigo estaba registrando algo en un cuaderno cuando me vio, y supo al instante que algo andaba mal conmigo, porque, al verme, se levantó de golpe y rodeó el escritorio para abrazarme.
―¡¿Qué pasa, Paige?! ¿Está todo bien? ―preguntó, preocupado.
―No, no está todo bien. ¿Crees que podrías tomar mi clase por esta vez?
Mi amigo levantó una de sus oscuras cejas y me acarició la mejilla con ternura.
―Sí, claro, pero dime qué es lo que te tiene así. Me estás preocupando.
―Él está aquí.
―¡Quién! ¿Tu exmarido? ―preguntó, y yo negué con la cabeza.
―No, no es James. Es Matt… Matt Lancaster ―me apresuré en aclarar y Carter frunció el ceño, sorprendido―. Ha entrado al salón y se ha sentado junto a los padres, y la verdad es que no sé qué es lo que hace aquí.
―¿Te dijo algo?
―No, y no creo que me haya reconocido. No cruzamos miradas en ningún momento. Y yo, apenas lo reconocí, salí para tomar un poco de aire.
―Está bien. Quédate aquí y yo tomaré tu clase y hablaré con él para ver qué es lo que quiere.
Asentí, porque no me sentía preparada para enfrentarme a él. Al menos, no ese día.
Carter besó mi frente y se dirigió al salón, mientras yo no dejaba de pensar en Matt, en todo lo que había significado para mi vida conocerlo en el pasado.
Aunque debía reconocer que no todo fue tan malo con él.
Hubo algunos momentos, como cuando me vio bailando por primera vez a solas en el gimnasio de la escuela, en mi primera semana de clases, en que lo pillé observándome desde un rincón por completo embelesado.
Los ojos de las personas no mentían, aunque intentaran hacerte creer lo contrario.
Yo practicaba una serie de giros y saltos, acompañada únicamente por la música de mi teléfono, cuando lo divisé.
Apenas notó que yo lo había pillado allí, mirándome, salió de su escondite y yo dejé de bailar, intimidada por su estatura y su aspecto.
Matt era de esas personas que, con solo su presencia, llenaban los espacios y alteraban el entorno, haciendo que el aire se volviera irrespirable, al menos para mí.
―Así que eres bailarina de ballet ―dijo, sin dejar de mirarme con curiosidad, y yo asentí.
―Sí.
Matt dio un par de pasos hacia mí, todavía con esa expresión entre curiosa y cautelosa que me alertó.
―Lo haces bien ―dijo, sin tono de burla, casi como si le sorprendiera lo que acababa de ver.
Yo no supe qué responder. Sentía el corazón desbocado, y la vergüenza me mantenía paralizada. Apenas me atrevía a mirarlo.
―¿Por qué no continúas? ―añadió después, cuando notó que yo permanecía en silencio, demasiado asustada de lo que me hacía sentir―. Quiero ver cómo termina.
Negué con la cabeza.
―No puedo… no delante de ti ―dije, apenas moviendo los labios.
Él sonrió, pero no con esa sonrisa sarcástica de siempre.
Esta vez fue diferente, y detecté apenas un destello de algo parecido a la ternura.
Matt me confundía, me hacía desconfiar. Su naturaleza se asemejaba a la de un depredador que preparaba a su presa: la observaba, la estudiaba, la ayudaba a ganar confianza y, cuando esta se relajaba, aprovechaba para atraparla.
―Está bien ―murmuró, sonriendo, y levantando las manos―. Pero bailas bonito.
Y se quedó allí unos segundos más, observándome en silencio antes de marcharse. Yo no entendía nada. A veces podía ser cruel y burlón, y al día siguiente tener gestos como ese. Era como si existieran dos versiones de Matt Lancaster, y yo nunca supiera con cuál me iba a encontrar.
Me senté en el escritorio de Carter, intentando hacer a un lado los recuerdos.
No quería reabrir las heridas que tanto me había costado cicatrizar.
Traté de entender cuál podía ser el motivo de su presencia allí; por qué Matt Lancaster estaba en Filadelfia y cómo habría sido su vida después de todos esos años.
Yo lo había borrado de mi vida por completo.
No sabía nada de él, ni de ninguno de mis antiguos compañeros, salvo de Ethan Scott, que jugaba en la NBA con los Houston Orbiters y con frecuencia era noticia en los canales del deporte.
Una hora después, Carter regresó y cerró la oficina con llave para que nadie nos interrumpiera. A esas alturas, mi ansiedad había aumentado tanto que mis pulsaciones parecían decididas a mantenerse aceleradas.
―¿Pudiste hablar con él? ―pregunté, intentando mantener la voz firme.
―Sí. Y se sorprendió cuando me reconoció ―respondió Carter mientras dejaba las llaves sobre el escritorio―.
Dice que ha venido a observar la clase porque tiene una hija de cinco años a la que quiere inscribir.
Me preguntó por ti y le dije que trabajabas aquí, y que eras una de las mejores profesoras de Filadelfia.
Me pareció genuinamente sorprendido, aunque con él, Paige, nunca se sabe. No confío.
―Ay, Dios… ―murmuré, llevándome la mano a la frente―. Lo único que faltaba era que tuviera que darle clases a la hija del hombre que frustró todos mis sueños. ¿Podría ser peor mi vida?
―No te preocupes por eso, Paige. Le dije que no teníamos cupo.
Lo miré, incrédula. Una parte de mí sintió alivio, aunque otra se debatía entre la sorpresa y la curiosidad.
―¿Y él aceptó un no por respuesta? Porque te aseguro que Matt es de esos hombres a los que les gusta salirse con la suya.
Carter esbozó una media sonrisa.
―Lo sé. Al principio se mostró un poco insistente. Me dijo que estaba dispuesto a pagar lo que fuera para conseguir una vacante.
―¿En serio? ―pregunté, frunciendo el ceño―. Bueno, en realidad eso es algo muy propio de él.
―Sí. Y cuando le expliqué que todas las clases estaban completas, me pidió que, si se abría algún cupo, quería que su hija tuviera a la mejor instructora de ballet clásico.
―¿Y quién sería esa? ―pregunté, aunque temía la respuesta.
―Tú, Paige. Dijo que quería que tú la entrenaras.
El aire de mis pulmones me abandonó por un instante.
―¿Yo?
―Sí. Y debo decirte algo más ―continuó Carter con tono reflexivo―. No lo noté arrogante ni altanero como antes. Parecía distinto. Más maduro, más preocupado. Y, si me preguntas, también un poco nervioso. No sé si por su hija o por volver a verte.
―Vamos, Carter. Ambos sabemos lo que yo le producía a ese hombre en el pasado. Te aseguro que no está aquí por mí. A menos que la culpa viva con él, aunque, conociéndolo, lo dudo.
―No lo sé. Siempre he creído que sus sentimientos hacia ti no eran los que intentaba mostrar a los demás ―se explicó, como constatando un hecho―. No lo tengo claro, Paige, pero lo que sí puedo decirte es que debes tener cuidado con él.
Lo miré y apoyé la espalda en la silla, asimilando lo que me había dicho e intentando lidiar con mis emociones.
Matt Lancaster había reaparecido justo cuando intentaba recomponer los pedazos de mi vida.
Al parecer, él había construido una vida estable, una carrera exitosa y una familia.
Yo, en cambio, apenas empezaba a juntar los restos de la mía, tratando de mantenerme en pie después del desastre que había dejado mi exmarido James Reynolds con sus deudas y con sus mentiras.