2. La primera vez que lo vi
«Hay encuentros que lo cambian todo, incluso a uno mismo».
Conocí a Matt Lancaster cuando tenía catorce años y acabábamos de mudarnos a Seattle desde Filadelfia.
A mi padre lo habían trasladado a una nueva sucursal de la prestigiosa clínica veterinaria donde trabajaba, así que lo dejamos todo atrás: familiares, amigos y escuela.
Todo. Pero lo que yo más lamentaba era haber dejado mi escuela de danza, donde practicaba ballet.
Sin embargo, mis padres habían traído una carta de recomendación para que me presentara a una audición en la Academia Moreau de Danza Clásica, lo que ayudó a motivarme, ya que era una de las escuelas más reconocidas del país.
La primera vez que lo vi, a Matt Lancaster, fue en el Grant-Harper Academy, mi nueva escuela, una de las más prestigiosas de todo Seattle.
Me habían becado gracias a la ayuda de mi profesora de ballet de Filadelfia, quien había estudiado allí de niña.
De otro modo, difícilmente mis padres habrían podido pagarlo.
Era de esos colegios donde se usaba uniforme todos los días, y en el que, según me habían explicado cuando me entrevistaron, se combinaba una educación de calidad, deporte y un ambiente inspirador, preparando a los líderes del mañana. De hecho, ese era su lema.
Matt Lancaster era de esos chicos a los que les encantaba llamar la atención: rubio, de ojos azules, con un hoyuelo en la mejilla y un físico condenadamente perfecto. Era imposible quitarle los ojos de encima, y él lo sabía bien.
En mi primer día de clases me había sentado en uno de los puestos junto a la ventana, y él, al percatarse de que yo me encontraba allí, se me acercó y me hizo cambiar de lugar, siempre sonriendo y dejando claro a sus amigos que él era quien mandaba.
―Estás en mi asiento ―dijo sonriendo, y yo me sonrojé, consiguiendo que mi rostro hiciera juego con mi cabello. Soy pelirroja.
Después comprendí que solo había querido molestarme, ya que, cuando se inició la clase, él se había sentado dos puestos más allá de donde yo estaba, mientras otro muchacho ocupaba el lugar del que me había corrido.
Luego de eso, me fue imposible concentrarme y, cada vez que lo miraba, detectaba una pizca de malicia en esa sonrisa traviesa que parecía ser parte de él.
No sé si fue coincidencia o instinto de preservación, pero algo me decía que debía mantenerme lejos suyo.
Al principio, su manera de abordarme se limitaba a bromas que no pasaban a mayores, pero con el tiempo estas comenzaron a incomodarme y también a afectarme más de lo normal.
Había momentos en que, cuando estábamos a solas, me miraba y hablaba conmigo de forma natural, como si se despojara de la careta de chico popular.
Pero cuando sus amigos estaban cerca, era como si se avergonzara de mí.
Era una realidad que yo no me sentía a gusto en la escuela y casi no tenía amigos.
Así que, apenas finalizaban las clases, corría hasta la Academia Moreau de Danza Clásica, donde me dedicaba en cuerpo y alma a bailar, y donde me sentía segura y feliz.
Allí conocí a Carter Lewis, mi mejor amigo y actual dueño de la academia de danza donde imparto clases en Filadelfia: Nova Dance.
Por ese entonces, Carter era delgado, alto y bailaba como un ángel.
Tenía el cabello castaño y los ojos oscuros, y era fuerte pero estilizado.
Era imposible para mí quitarle los ojos de encima cuando giraba en relevé o realizaba un grand jeté.
Teníamos la misma edad, aunque él estudiaba en una escuela diferente.
Me habría gustado que estudiáramos juntos, ya que solía protegerme y acompañarme en los momentos difíciles, los que eran más frecuentes de los que podía soportar.
No me habría sentido tan sola y asustada en la escuela con él a mi lado.
―Es impresionante, ¿verdad? La primera vez que entré aquí también me quedé sin palabras ―me dijo Carter el primer día que entrené en la nueva academia, sonriendo, y yo de inmediato me relajé en su presencia.
Así empezó todo, con esas sencillas palabras, una amistad que perduraría a lo largo de los años y que había sido clave en mi recuperación no solo física, sino también emocional.
Carter, en un principio, no sabía lo que yo vivía en la escuela, pero con el tiempo nuestra amistad creció y poco a poco fui confiándole pequeñas cosas, como las bromas que me hacía Matt.
En una oportunidad, cuando entré en la sala de música, se me cayó la mochila al suelo y Matt se apresuró en recoger mi cuaderno antes de que yo pudiera detenerlo.
―A ver qué secretos guarda nuestra bailarina ―dijo, hojeándolo.
―Devuélvemelo, Matt ―susurré con nerviosismo.
―¡Oh, miren esto! ―dijo en voz alta, haciendo como que leía―: «A veces quisiera desaparecer». Así como estás de delgada, no te falta mucho para conseguirlo.
Me avergoncé tanto, sobre todo cuando escuché las risas detrás de mí, que tuve deseos de golpearlo, pero no podía.
Sabía que, si lo hacía, la única que saldría perjudicada sería yo.
Ese día fue la primera vez que lloré y mi amigo Carter lo notó.
Solo por eso, y porque necesitaba desahogarme, se lo conté.
―Deberías informarlo ―me dijo cuando finalicé de contarle cada una de las cosas que Matt me decía o hacía―. Los tipos como esos no se detienen hasta que alguien los enfrenta.
Pero yo no me atrevía a hacerlo. Prefería dejarlo pasar, concentrarme en mis estudios, mejorar mis notas y bailar.
Sin embargo, con cada palabra hiriente que salía de su boca, o con cada broma de la que yo era el objetivo, mi autoestima comenzaba a tambalearse.
Entonces lloraba de camino a casa y luego les decía a mis padres que tenía los ojos hinchados porque me había dormido en el autobús.
Mentiras. Solo les decía mentiras para no preocuparlos.
En resumidas cuentas, me pasaba el día intentando pasar inadvertida frente a él, y rogando para que las clases finalizaran pronto para ir a bailar.
Estar en la academia y ser alumna de Isabelle Moreau, minimizaba todas esas incomodidades que pasaba en la escuela.
Yo la admiraba y también le temía. Ella era reconocida por su carácter severo, respetada por su disciplina y temida por su exigencia y su intolerancia hacia la pereza o la falta de compromiso.
Sin embargo, sabía que a ella le gustaba mi manera de bailar.
Yo podía ser tímida, delgada y corriente; podía tener dificultades para expresar mis emociones con palabras, y podía ser solitaria y aburrida, pero cuando bailaba, era yo misma sin miedo.
No necesitaba palabras ni explicaciones; solo el movimiento bastaba para contar todo lo que guardaba en mi interior.