Los latidos que nos quedan
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1. Heridas abiertas
«A veces, basta un instante para que el pasado se abra paso y sangre de nuevo».
En el momento en que él cruzó la puerta, supe que iba a morir.
No una muerte real, con sangre o gritos o cuchillos clavados en mi pecho, sino esa otra manera de hacerlo, silenciosa, la que ocurre cuando un recuerdo doloroso se abre camino por tu mente y atraviesa todas las murallas que has construido para mantenerte en pie, para protegerte del peligro.
Morí al reconocer su rostro endiabladamente varonil, al encontrarme con sus ojos azules que me observaron como si no me reconocieran, al escuchar el susurro de su voz. Y esa herida, que por tantos años había permanecido cerrada, comenzó a sangrar otra vez.
Matt Lancaster, el chico por el que las mujeres suspiraban en la escuela y los hombres intentaban imitar, el que fue el causante de mis peores tormentos y pisoteó mis mayores sueños, acababa de entrar en el salón donde yo daba clases de ballet.
Lo vi y recordé los años en que mi vida se movía entre el esfuerzo extremo y la soledad.
Los entrenamientos interminables, las clases y las materias académicas que a veces me resultaban imposibles de alcanzar, los amigos que no tenía y las risas burlonas que me atravesaban como cuchillas cada vez que ellos tenían la oportunidad.
Por ese entonces, era alta, delgada y llevaba tatuadas en mi cuerpo y en mis músculos las marcas por cada hora de disciplina.
A los catorce años, mientras las demás chicas lucían un escote que desviaba la atención de los muchachos, yo era plana como una tabla de planchar.
La grasa corporal de mi cuerpo era casi inexistente.
Comparada con las demás, me sentía diferente, insuficiente y vulnerable.
Pero nada de eso habría ocurrido si Matt Lancaster no se hubiese metido conmigo en el mal sentido de la palabra, porque, a esa edad, cuando estás construyéndote por dentro, las miradas y las palabras dejan una huella imborrable en tu autoestima, sea para bien o para mal. En mi caso fue lo segundo.
Matt provenía de una familia adinerada, a diferencia de la mía, que era de lo más corriente.
No nos faltaba para vivir, pero tampoco nos sobraba.
Mis padres hacían un esfuerzo enorme para pagar mis clases de ballet en la Academia Moreau de Danza Clásica, ya que, por ese entonces, yo era considerada prodigiosa, una promesa del ballet.
Y entonces llegó el accidente, el maldito accidente.
Ese instante en que un error ajeno lo cambió todo.
El error de Matt. Mis sueños se derrumbaron, y con ellos, lo que quedaba de mi autoestima.
Fueron años difíciles, reconstruyéndome, mudándonos de ciudad e intentando recomponer los pedazos.
Mi madre se culpaba por no haberlo visto, por no haberse dado cuenta de lo que yo padecía en la escuela por culpa de Matt y de sus amigos.
Yo había aprendido a vivir con esa cicatriz silenciosa.
Y ahora, ahí estaba él, frente a mí. Como si el tiempo no hubiera transcurrido y como si todas las heridas del pasado quisieran recordarme que aún dolían y que podían volver a sangrar. Sentía que él aún podía marcarme, que aún podía experimentar miedo y que aún tenía el poder de dañarme.
Ingresó en el salón con ese aire de confianza que solo los que se saben afortunados físicamente suelen tener.
Vestía un traje oscuro y costoso y tenía ambas manos dentro de los bolsillos de su pantalón.
Seguía proyectando esa actitud que atraía miradas y reflejaba poder.
Su cabello rubio y sus ojos azules eran tal como los recordaba y, a pesar de que habían pasado años, seguía manteniéndose en forma.
Matt echó un vistazo alrededor y se ubicó en un rincón donde había unas bancas dispuestas para que los padres esperaran a sus hijos mientras se ejercitaban.
Mi clase aún no comenzaba, y yo todavía no conseguía calmar los acelerados latidos de mi corazón.
Mis alumnas ya se habían ubicado en la zona de calentamiento, a la espera de mis indicaciones, pero era incapaz de pensar en nada más que en el hombre que se encontraba allí, sintiéndome en todo momento como una presa a la que acechaba su depredador.
No pude evitar preguntarme por qué estaba allí, qué era lo que quería y si su visita tendría algo que ver conmigo.
―Miss Paige, ¿se encuentra bien? ―me preguntó una de mis alumnas con expresión preocupada, devolviéndome a la realidad.
La miré a los ojos y negué con la cabeza.
Después de eso, abandoné el salón a toda prisa ante las miradas incrédulas de mis estudiantes.
No supe si él reparó en mí o si se dio cuenta de mi conmoción.
Tampoco sabía, de haberme visto, si me había reconocido.
En ese momento no era capaz de pensar en nada más que en ponerme a salvo de él, pero, aunque podía resguardarme de su presencia física, no podía hacer a un lado los recuerdos.