LOS INVITADOS DE PIEDRA 27
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El aplauso era seco. Carente de cualquier entusiasmo, espaciado con una precisión metronómica.

El excompañero detuvo su marcha sobre la grava. El viento helado de la madrugada le golpeó el rostro, pero debajo de la piel, la sangre se le heló de una manera distinta.

De entre las sombras densas que flanqueaban el pórtico, donde la luz amarillenta del comedor no alcanzaba a rozar la piedra, la figura del anfitrión dio un paso hacia adelante.

Llevaba el traje oscuro impecable, sin una sola arruga, sin una sola mancha de polvo.

Su postura era relajada. No parecía un monstruo ni un genio del crimen.

Parecía exactamente lo que era: un médico cirujano terminando su turno de guardia, observando los resultados de la última intervención.

El sonido de sus aplausos cesó. Dejó caer las manos a los lados de su cuerpo. No sonreía. Su rostro era una máscara de absoluta y desoladora calma.

El médico traidor lo miró. Intentó enderezar la espalda, intentó invocar esa superioridad fanfarrona que le había servido para pisotear a medio hospital, pero su cuerpo estaba roto y temblaba de manera incontrolable. Las manos en carne viva le ardían con la brisa.

El anfitrión ladeó ligeramente la cabeza, observando el estado deplorable de su antiguo amigo. La costra de sangre y vómito, el traje de diseño rasgado, los ojos inyectados en pánico.

—¿Ya recuerdas quién empezó todo esto? —preguntó el anfitrión. Su voz no era un trueno. Era un murmullo profundo y nivelado, que se clavó en la inmensidad del descampado como un bisturí en tejido blando.

El excompañero soltó una risa nerviosa, escupiendo un hilo de saliva manchada.

—Estás acabado —croó el colega, señalándolo con un dedo despellejado—.

Todo este teatro... tu pequeña venganza de perdedor...

no te sirvió de nada. Estoy vivo. Voy a caminar hasta la ciudad, voy a entrar en una comisaría y voy a hundirte.

¿Me oyes? Pasaste tres años planeando esto, y voy a salir de aquí para asegurarme de que te pudras en una celda de aislamiento hasta que te mueras de viejo.

El anfitrión no parpadeó. No retrocedió ante la amenaza. Simplemente lo miró con la lástima clínica que se le reserva a un paciente terminal que todavía hace planes para el verano.

—¿Teatro? —repitió el anfitrión suavemente—. No hay teatro. Y no hay celda de aislamiento esperándome. Porque yo no he cometido ningún crimen esta noche.

—¡Están todos muertos ahí dentro! —rugió el excompañero, dando un paso inestable hacia adelante—. ¡Los encerraste! ¡Los mataste!

—Yo no cerré ninguna puerta principal, Judas.

—La respuesta del anfitrión fue tan serena que detuvo al otro hombre en seco—.

El cerrojo que escucharon caer al principio de la noche fue el de las bodegas subterráneas, accionado a distancia.

Las pesadas puertas de roble por las que acabas de salir estuvieron abiertas de par en par desde el primer minuto.

Bastaba con que uno de ustedes, uno solo, girara el pomo.

Pero estaban tan asustados, tan corroídos por la paranoia de sus propias culpas, que asumieron que estaban en una jaula. El encierro fue exclusivamente mental.

El excompañero abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Miró hacia las puertas de madera a su espalda. El pestillo nunca había estado corrido. Habían pasado la noche matándose en la oscuridad, rodeados de muros invisibles, mientras la salida estaba al alcance de la mano.