LOS INVITADOS DE PIEDRA 26
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El comedor parecía el escenario de un banquete romano asolado por los bárbaros.

El excompañero avanzó cojeando. Las grandes velas negras en los candelabros se habían apagado casi en su totalidad; solo quedaban un par de mechas parpadeantes que proyectaban sombras alargadas e inestables sobre la bóveda.

El silencio era absoluto. El violonchelo implacable que los había atormentado durante horas por fin había callado.

Caminó hasta la inmensa mesa de caoba. Los restos del festín se pudrían bajo la quietud de la madrugada.

La carne de jabalí tenía un color pardo y lúgubre.

En la alfombra, junto a una silla volcada, vio los fragmentos de la botella de Burdeos y los grandes charcos de sangre seca y pegajosa que había dejado la pelea entre las dos mujeres.

No había cuerpos. Ellas se habían marchado a matarse a otra parte.

El médico traidor se dejó caer en la silla de la cabecera, la única que había permanecido vacía durante toda la noche. Apoyó los antebrazos sobre la madera oscura, cuidando de no rozar la carne viva de sus palmas.

Respiró hondo. El aire olía a vino agriado y a parafina quemada.

Lo había logrado. Había superado la purga.

Una sonrisa lenta, grotesca bajo la costra de suciedad de su rostro, comenzó a formarse en sus labios.

Él era el único sentado a la mesa. Los demás habían sido débiles.

Se habían dejado devorar por sus propios secretos, por su histeria, por su incapacidad para adaptarse.

Él, en cambio, era un camaleón. Había sobrevivido al juicio, había sobrevivido al escándalo del hospital y acababa de sobrevivir al teatro de los horrores de su antiguo amigo.

Miró el sobre de papel verjurado que correspondía a la cabecera. No había nombre. Estaba vacío.

Giró la cabeza hacia las enormes puertas de roble tachonadas con hierro, las mismas por las que habían entrado al principio de la pesadilla.

El pesado cerrojo industrial ya no estaba corrido.

El pestillo de acero, que antes estaba encajado profundamente en el marco de piedra, había sido retirado. Las dos hojas de madera estaban entreabiertas unos milímetros, dejando colar una finísima franja de brisa nocturna.

El anfitrión se había marchado. El cobarde había preparado el tablero, había dejado que las piezas se destruyeran solas y luego había huido en la oscuridad, incapaz de enfrentarse al último hombre en pie. O quizás daba por hecho que todos habían muerto.

El excompañero soltó una carcajada ronca que le rasgó la garganta.

—Aficionado —croó, negando con la cabeza—. Siempre fuiste un puto aficionado.

Se puso de pie, reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban en los músculos.

No miró atrás. No le importaba dónde estaban los cadáveres de las mujeres, ni le importaba el viejo podrido en el sótano.

Iba a salir por esa puerta, iba a caminar los quince kilómetros por la grava si era necesario, y cuando llegara a la ciudad, iba a destrozar lo poco que quedaba del hombre que había organizado todo aquello.

Lo acusaría de secuestro y de homicidio múltiple.

Él sería la víctima heroica. El superviviente.

Caminó hacia las puertas dobles. El frío del exterior se filtraba por la rendija, un aire limpio y punzante que limpió sus pulmones del olor a tumba de la casa.

Apoyó el hombro sano contra el roble y empujó.

Los goznes de hierro gimieron, quejándose por el peso, pero la puerta se abrió hacia fuera.

La negrura de la noche lo recibió de golpe. No había luna. Solo el contorno de los árboles muertos en la lejanía y el descampado de grava. La brisa le golpeó el rostro ensangrentado. Era la sensación táctil de la victoria.

Dio un paso hacia el exterior. Luego otro.

Las piedras crujieron bajo sus zapatos italianos. Estaba fuera.

Entonces, desde la oscuridad que envolvía el pórtico, se escuchó un sonido.

Seco. Pausado.

Alguien estaba aplaudiendo.