LOS INVITADOS DE PIEDRA 25
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Subir diez metros por un cable oxidado con una conmoción cerebral severa era un acto de pura desesperación biológica.

Los músculos de los brazos le temblaban. Cada vez que alzaba la vista, el vértigo amenazaba con aflojarle los dedos y devolverlo a la oscuridad. El sudor le caía por la frente, escociéndole en los ojos, mezclado con la costra de sangre de su cuero cabelludo.

A mitad de camino, la fuerza le falló. Sus manos resbalaron un palmo. El cable de acero le arrancó la piel de las palmas en carne viva. Apretó los dientes, ahogando un alarido de dolor.

Allí, suspendido en el vacío del conducto, la arrogancia le salvó la vida.

Se negó a morir en un agujero. Él era el director médico.

Él era el hombre de las sonrisas en los congresos, el que cerraba los tratos en los campos de golf, el que siempre salía ileso.

No iba a dejar que un médico fracasado y un viejo loco dictaran su final.

Impulsado por el odio y la soberbia, reanudó la escalada, apretando el cable con los antebrazos y las rodillas para compensar la falta de fuerza en las manos.

Sus dedos alcanzaron el borde de piedra de la escotilla.

Hizo palanca con los codos y, en un último esfuerzo agónico, arrojó la mitad de su cuerpo sobre el suelo de la cocina.

Se quedó allí, tirado boca abajo sobre las baldosas de ajedrez, jadeando como un pez fuera del agua, con los pulmones ardiendo y el corazón golpeándole las costillas a doscientas pulsaciones por minuto.

Había salido del inframundo.

Pasaron varios minutos antes de que pudiera incorporar el torso. Miró a su alrededor.

Las antorchas en las paredes de ladrillo de las cocinas se habían apagado, dejando solo montones de ceniza y olor a humo frío. La luz provenía de las puertas dobles de vaivén que llevaban al comedor principal. Una luz tenue, amarillenta.

Se levantó con lentitud. Las piernas le temblaban. Se miró las manos; las palmas eran un amasijo de carne despellejada, supurando sangre brillante. Se las limpió en los pantalones del traje, que ya estaban arruinados.

Caminó hacia las puertas de vaivén. Empujó la madera con el hombro, esperando encontrar a alguien. A la abogada redactando un contrato en una servilleta. A la exesposa de su colega llorando. A cualquiera.

Pero el gran salón estaba desierto.