LOS INVITADOS DE PIEDRA 24
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El goteo parecía un metrónomo, marcando los segundos en el fondo del pozo.

Una gota. Pausa. Otra gota.

El hombre abrió los ojos. La oscuridad era tan absoluta que, por un instante largo y aterrador, creyó que se había quedado ciego. Intentó levantar la cabeza y un clavo de hierro incandescente le atravesó la base del cráneo, bajando por la médula espinal hasta paralizarle los omóplatos.

Gritó, o al menos intentó hacerlo, pero de su garganta solo salió un silbido ronco.

Se llevó las manos a la nuca. Sus dedos, entumecidos y pegajosos, palparon un bulto del tamaño de una bola de billar sobre el hueso occipital.

El cabello estaba apelmazado con sangre seca.

No se había partido el cuello. La caída contra el escalón de hierro le había provocado una conmoción cerebral masiva, un latigazo cervical que le rasgó las fibras musculares, pero la columna seguía intacta. La mala hierba nunca muere del todo.

Rodó sobre su costado. El movimiento le provocó una oleada de náuseas tan violenta que vomitó bilis y restos de vino sobre la piedra húmeda.

El olor ácido lo obligó a moverse. Se arrastró sobre las manos y las rodillas fuera de la fosa de decantación. Su mano rozó algo rígido, envuelto en lana mojada. El abrigo del tío. El cadáver del anciano estaba frío, con el cráneo hundido, tal y como él lo había dejado.

El instinto de supervivencia, crudo y amoral, volvió a tomar el control del excompañero. Si estaba vivo, significaba que aún podía ganar. El juego no había terminado.

Se puso en pie apoyándose contra la pared de ladrillo. El laberinto daba vueltas a su alrededor. Estaba cubierto de fango, sangre ajena y vómito. El sastre italiano que le había cosido el traje lloraría al verlo, pensó con un destello de humor histérico y oscuro.

Comenzó a caminar a ciegas, arrastrando la mano por la pared para no perder el equilibrio. El silencio en las catacumbas era sepulcral. Ni siquiera se escuchaba ya la estática de los altavoces ni el crujido de las tuberías.

Tenía sed. Una sed de desierto que le secaba la lengua y le agrietaba los labios.

Caminó durante lo que le parecieron horas, trazando espirales en la negrura, tropezando con escombros y nichos vacíos.

Su mente, fragmentada por el golpe, empezó a proyectar fantasmas.

Escuchaba los pasos del anciano arrastrando el plomo detrás de él.

Veía el vestido carmesí de la antigua novia flotando en las esquinas.

Escuchaba el llanto del médico al que había hundido en el tribunal, el sonido de los sellos notariales cayendo sobre las sentencias.

—No fue mi culpa —susurraba a la oscuridad, tropezando—. Yo solo hice lo que cualquiera hubiera hecho. Sobrevivir.

Al doblar un recodo, un hilo pálido de luz cortó las tinieblas.

Provenía de la parte superior de un viejo montacargas de servicio, un túnel vertical de ladrillo que los antiguos sirvientes usaban para subir el carbón y las patatas a las cocinas.

La cabina de madera estaba destrozada en el fondo del pozo, pero los gruesos cables de acero trenzado seguían colgando desde arriba, anclados a un sistema de poleas en la planta principal.

El excompañero se asomó al hueco. La luz mortecina de arriba era su única salvación.

Agarró el cable de acero cubierto de grasa reseca. Le despellejó las palmas de las manos casi de inmediato, pero el dolor físico era preferible a la tumba del sótano. Empezó a trepar.